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El español Rafael Nadal (5) y el argentino Juan Martín Del Potro (7) han recortado distancias con respecto a sus rivales en el ‘top ten’ tras ganar los torneos de Sau Paulo (Brasil) y Rotterdam (Holanda) respectivamente; Federer ha perdido puntos y se aleja de Djokovic en su lucha por el número uno de la ATP.

Rafael Nadal, tras ocho meses apartado de la competición por una lesión en el tendón rotuliano de su rodilla izquierda, ha sumado 205 puntos tras conquistar el torneo de Sao Paulo que le sirven para afianzarse en el quinto puesto de la clasificación mundial con 5.755 puntos además de acercarse a su compatriota David Ferrer que acumula 6.865 puntos, los mismos que la semana pasada, y se mantiene en la cuarta plaza.

Por su parte, Juan Martín Del Potro ha recogido 200 puntos en el torneo de Rotterdam tras vencer en la final al francés Julien Benneteau con lo que se mantiene en el séptimo puesto y se acerca al checo Tomas Berdych, sexto clasificado, que ha perdido 90 puntos con respecto a la semana anterior.

El suizo Roger Federer ha sido el máximo perjudicado dentro de las diez mejores raquetas del circuito ya que ha perdido 450 puntos con respecto a la semana pasada tras caer ante Benneteau en cuartos de final del torneo de Rotterdam en el que defendía título y se sitúa en la segunda posición con 9.855 puntos alejándose así de la lucha por el número uno frente al serbio Novak Djokovic, que se mantiene a la cabeza de la clasificación con 12.960 puntos.

A pesar del baile de números en el ‘top ten’, la clasificación se mantiene sin variaciones en los 12 primeros puestos con respecto a la semana pasada.

El primer cambio en la clasificación ha sido el experimentado por el canadiense Milos Raonic (14) que, a pesar de haber ganado por tercer año consecutivo el torneo de San José (Estados Unidos), se mantiene con los mismos puntos dado que defendía título y pierde una posición que cede al francés Gilles Simon, que se sitúa en la décima tercera posición con 2.370 puntos.

Con respecto a los tenistas españoles, al margen de Rafael Nadal y David Ferrer, asentados en la cuarta y quinta posición respectivamente, y Fernando Verdasco que se mantiene en el puesto 24, Pablo Andújar (45) y Feliciano López (47) han subido una posición, Daniel Gimeno-Traver (58) dos, Roberto Bautista Agut (57) cinco y Albert Ramos (90) seis.

Por otra parte, Marcel Granollers (35) ha caído un puesto, Albert Ramos (55) tres, Guillermo García-López (84) uno y Rubén Ramírez Hidalgo cinco.

El tenista catalán Tommy Robredo se ha incorporado al ‘top 100′ de la clasificación ATP y se coloca en el puesto 95 con 545 puntos.Image

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El cortometraje "Erase una vez en Chicago" es el resultado de un proyecto que he iniciado con mis alumnos del VI-C del Liceo Cervantes de Bucarest. La tarea era realizar una película con todo lo que esto supone: guión, dirección, reparto, diálogos, trajes y maquillaje. Hablada en español, por supuesto. Perdonadles, por favor, los pocos errores que han cometido. No dejan de tener gracia, después de todo. Yo creo que lo han conseguido. En el estreno, que tuvo lugar el pasado 13 de febrero, lo disfrutaron como si hubieran logrado un Oscar.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=9RKk1LB4DTE#!

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Righteous Kill es una película estadounidense de 2008, dirigida por Jon Avnet, y protagonizada por Robert De Niro, Al Pacino, John Leguizamo, Carla Gugino, Donnie Wahlberg y Curtis "50 Cent" Jackson en los papeles principales.

Argumento

Después de 30 años como compañeros, los condecorados detectives Tom "Turk" Cowan (Robert De Niro) y David "Rooster" Fisk (Al Pacino) se acercan a la jubilación, aunque ninguno de los dos está aún preparado para ello. Antes de que "cuelguen" sus placas, son llamados para investigar el asesinato de un conocido proxeneta, que parece estar ligado a un caso resuelto por ellos en el pasado. Igual que en el crimen de entonces, la víctima es un presunto delincuente, y sobre el cuerpo se ha encontrado un poema de cuatro líneas que justifica el asesinato. Cuando los crímenes del presunto criminal comienzan a sucederse, se ve con claridad que los detectives se enfrentan a un asesino en serie, cuyo objetivo son aquellos criminales que se han escabullido entre las grietas del sistema judicial. Su misión, al parecer, es hacer lo que la policía es incapaz de hacer, sacar al culpable de las calles para siempre.

http://peliculas21.biz/asesinato-justo-righteous-kill.html

[vimeo http://vimeo.com/38240966]

Dirigido por José Antonio Bonet y protagonizado por Roberto Álvarez, este cortometraje plantea, en clave de humor negro, lo arriesgado que puede resultar comer en un restaurante desconocido, en medio de la nada.

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...contagio universal, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura

Javier Marías

Es sabido que en una situación de miedo, susto, angustia, tristeza, odio, abatimiento o cualquier otra cosa desagradable que se les pueda ocurrir, caben dos actitudes principales, grosso modo. Una es someterse al contagio, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura, el pánico o la agresividad colectivas y por tanto a las mayores atrocidades. No son pocas las guerras y persecuciones, los exterminios que han empezado así, por contagio. A veces la infección se origina en unos cuantos individuos nada más, que inexplicablemente, sin embargo, suelen tener influencia y poder. De éstos se valen para extenderla a una inmensa parte de la población, que no sólo no se opone al esparcimiento de la enfermedad, sino que la abraza con entusiasmo, tentada por el precipicio y por la cómoda simplificación. La otra actitud consiste en sobreponerse al miedo, el susto, la angustia y demás, precisamente por ver al vecino poseído y atenazado por ellos. Sirva un ejemplo inocuo: los que lo pasamos mal en los aviones tememos y deseamos a la vez que en el asiento contiguo nos toque un pasajero aún más aterrorizado, incapaz de disimular su aprensión. Uno de esos hombres o mujeres que se santiguan antes del despegue, más por superstición que por devoción; que clavan las garras en los brazos de la butaca y desde el primer instante nos transmiten su tensión; que pasan nerviosamente las páginas de un diario, un libro o una pantalla sin lograr leer una línea; que se sobresaltan al menor ruido nuevo y escrutan las expresiones de las azafatas en busca de indicios de anomalía o de normalidad. Puede que su palpable pánico nos contagie y aumente nuestra natural inquietud, y que acabemos el vuelo con la ropa tan arrugada y tan despeluchados como nuestro vecino o vecina: las medias con carreras, la corbata torcida y desanudada, la falda en el ombligo, el pelo como si hubiéramos viajado en un descapotable a toda velocidad. Pero también cabe que, al ver a alguien más despavorido que nosotros, nuestro temor amaine por contraste; que su comportamiento nos parezca tan desmesurado que reaccionemos distanciándonos de él, haciendo acopio de serenidad y sobriedad. Ante un semejante más triste que nosotros, podemos dejarnos arrastrar por su pena y sumarnos a ella multiplicándola, o bien sentirnos impelidos a mitigársela y tratar de alegrarlo. Lo mismo con los demás sentimientos o sensaciones que he enumerado al principio.

Nunca he sido muy optimista, creo, pero en los últimos tiempos me sorprendo al verme animando a la mayoría de las personas con las que hablo. El panorama es tan oscuro que el contagio general resulta casi inevitable. La queja y la preocupación continuadas, el pesimismo insistente, la subida abusiva de los precios de todo junto a la bajada de los salarios, la huida de los jóvenes, el paro que aumenta a insoportable ritmo desde que nos gobierna Rajoy, los despropósitos de sus ministros lunáticos, las insidiosas amenazas de Mas (cuya política es tan idéntica a la del PP que no se entiende por qué quiere separarse ahora; será que se siente incómodo como los gemelos univitelinos), todo ello es sumamente contagioso, se hace arduo sustraerse a sus efluvios nocivos y no seré yo quien culpe a nadie de hundirse en la desolación. Pero es tanta la que nos rodea que, aunque sólo sea por cansancio y por preservar un poco el espíritu, de pronto uno se encuentra, quizá en contra de su proclividad, alentando a familiares, amigos, conocidos; al peluquero, a la farmacéutica, al librero, a la pastelera, al jubilado, al colega y a todo dios. Los ve tan mohínos o angustiados que, sin mucha base ni argumentos, se descubre diciéndoles una y otra vez aquello de Cervantes: “Paciencia y barajar”, que ya vendrán cartas mejores. O bien: “Ningún Gobierno es eterno, y el actual tiene ya el tiempo contado, tan mal lo está haciendo y tanto se está enajenando a los ciudadanos a fuerza de ir contra ellos y nunca a su favor. Aunque el PSOE esté para el arrastre, serán los votantes quienes lo obligarán a ponerse en pie; y si no, a otro partido, tanto dará. La gente querrá deshacerse a toda costa de estos caballos de Atila. Si ya está hasta el gorro al cabo de un año, imagínese dentro de tres más de destrozos y humillación”.

Cada vez que oigo a alguien decir que, pese a todo, le va bien en lo que sea, lejos de mirarlo con desconfianza o inquina, como hacen muchos, me dan ganas de estamparle un par de besos de gratitud. (Siempre que no sea banquero, claro.) Qué alivio escuchar eso en medio de la jeremiada nacional. El contagio es tan abrumador que casi se juzga mal –como a un irresponsable o a un desaprensivo– a quien se atreve a confesar que aún se salva de la quema; que no puede evitar no desesperarse; que, a pesar de las perspectivas, piensa que en peores circunstancias nos hemos visto (lo sabemos los que vivimos bajo el franquismo) y que de ellas nos sacaron o conseguimos salir. Para mi estupefacción, me estoy convirtiendo en uno de esos irresponsables o desaprensivos. Hablo de mi vida privada, no de las columnas que escribo aquí, que cada semana salen como salen, y a veces ni siquiera me explico que salgan. Me disculpo ante los agoreros o descorazonados, a los que no faltan motivos para serlo o estarlo. Pero mi agradecimiento, mi admiración y mi afecto se dirigen ahora hacia los valientes simpáticos que no se dejan contagiar.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Noches armadas de Reyes

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En el universo de Valentino, la belleza nunca puede ser problemática, mucho menos política, y la perfección estética es el único valor moral absoluto. Al percatarse de que en su sofá está sentada una hereje desaliñada con una visión del mundo distinta a la suya, parece algo desconcertado pero curioso. Al final, para nuestra mutua sorpresa, una de mis preguntas atrae su interés: «¿Qué piensa de la campaña para excluir de los desfiles a las modelos peligrosamente delgadas?». A lo que él responde: «Siempre se ha hablado de ello, luego la prensa ha insistido para que no volvieran a aparecer chicas así, que no pesan nada y que, a su modo, les falta sustancia. Tratamos, bueno, yo no... Otros trataron de que desfilaran modelos más metidas en carnes». Se interrumpe con una expresión de disgusto, como un niño obligado a comerse unas acelgas. Y continúa: «No puede funcionar. ¿Sabe por qué? Porque cuando muestras por primera vez un modelo con tu creación, con tu mente, quieres hacer realidad vestidos, no sentirte obligado a proceder de una determinada manera. Si lo haces para un cuerpo más lleno, no puedes expresarte como deseas. Si quieres añadir algo en un lado o cambiar un detalle en el otro y el cuerpo no es... [dibuja un palo invisible con las manos] nada, no se puede hacer. Ese es el motivo. Cuando muestras una creación por primera vez, la chica debe ser como un sueño. Debes poder permitirte todo: lazos, fruncidos, volantes... ¡Todo! A las chicas les encanta ver desfiles porque pueden admirar un sueño sobre la pasarela, y un vestido es como un sueño. Eso es lo que he creado toda mi vida, lo que he absorbido desde siempre. Y así es como me convertí en un perfeccionista. En mi trabajo, en las casas de moda, en todo, no querer ver más que belleza. Soy así».