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Lo que los fundadores de Twitter no tuitean

Los creadores de la red social que ha revolucionado el mundo de la comunicación no son muy dados a airear su vida personal en ningún medio

Los fundadores de Twitter, Biz Stone, Jack Dorsey y Evan Williams. / flickr.com/photos/jackdorsey/

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En marzo de 2006 Jack Dorsey, Biz Stone y Evan Williams transformaron la forma tradicional de comunicarse y de acceder a la información con la creación de Twitter. Más allá de su reconocimiento unánime como visionarios de la era digital y de sus distintos cambios de rol en la cúpula directiva la red social, apenas se conoce nada de la vida personal de sus fundadores. Los tres, siguiendo el ejemplo de otros precursores de Internet, han optado por mantener un perfil social bajo y escribir su historia parapetándose tras el éxito de la compañía en lugar de resumirla en 140 caracteres, como muchos de sus usuarios.

Pocos saben que Dorsey, el cerebro creador de Twitter, aspira a convertirse en alcalde de Nueva York —ha mantenido conversaciones con su actual regidor, Michael Bloomberg, al respecto—; o que durante un año se inscribió a un curso de masaje y terapia; o que invirtió otro año en tomar clases de diseño. De hecho, él mismo ha elaborado una falda pitillo y es un devoto amante de los vaqueros, en particular de los creados por Scott Morrison, de quien es socio en una de sus tiendas del SoHO de Nueva York.

En 2000, Dorsey decidió abandonarlo todo para dedicarse a la ilustración botánica

Sin duda, el carácter ascético e introvertido de Dorsey, de 35 años, no ayuda a que se conozcan estos aspectos de su vida privada. Últimamente, se prodiga más en los medidos debido a la promoción de Square, su nuevo proyecto empresarial que compagina con su puesto como presidente ejecutivo de Twitter, cargo que ocupa desde 2010. Dorsey siempre se ha considerado a sí mismo un artesano antes que un empresario y cuando lanzó Twitter prefirió ceder las funciones de mayor responsabilidad y visibilidad a sus cofundadores. De hecho, en 2008, cuando la red social se empezó a consolidar como uno de los fenómenos de Internet con mayor influencia política y social, Dorsey abandonó su puesto de consejero delegado, que asumió Williams.

Otro ejemplo de la excesiva austeridad del fundador de Twitter es que, pese a ser uno de los hombres más ricos del planeta –Forbes ha valorado sus participaciones en la red social y en Square en 1.085 millones de dólares-, su apartamento de San Francisco está prácticamente vacío, según han reiterado en varias entrevista sus amigos los actores Ashton Kutcher y Alyssa Milano. “Él nunca dice a qué se dedica, siempre tengo que ser yo la que alardee en su nombre”, reconoció la intérprete hace un año a la revista Vanity Fair.

Williams ha reconocido que el hecho de tener niños le ha vuelto más complicado compatibilizar su vida laboral con la familiar

Dorsey, admirador de Steve Jobs y, como este, un ferviente devoto de la filosofía oriental, parece haber cedido en los últimos meses a esa reticencia al lujo. En junio de este año adquirió por 10 millones de dólares una mansión escondida en la bahía de San Francisco con vistas al Golden Gate; a mediados de 2011 se compró un BMW Z-3, “porque admira su diseño”, y últimamente se ha decantado por los trajes de Prada, negros, a juego con la corbata, y los Rolex, “porque la casa de relojes fabrica sus propias piezas”, de acuerdo con un artículo publicado por Vanity Fair hace un año.

Más allá de estas concesiones a la ostentación, poco más se sabe del carácter de Dorsey. En octubre de este año, con ocasión de la entrega al joven del León de Oro de Cannes al Personaje mediático del año, The New York Times publicó que el “mal humor de Dorsey” era el motivo de que estuviera más centrado en Square que en Twitter, algo que este mismo desmintió en su blog.

La vida personal de los otros dos fundadores de Twitter, Biz Stone, de 38 años, y Evan Williams, de 40, también esta eclipsada por su actividad empresarial. Ambos se han embarcado en un nuevo proyecto, Medium, otra plataforma digital. Poco dados a hablar de su vida privada -aunque Williams se presenta en su perfil de Twitter como padre y esposo-, durante una entrevista concedida a Hunter Walk, reconocieron que el hecho de tener niños les ha vuelto más complicado compatibilizar su vida laboral con la familiar, pero que habían aprendido a manejar mejor los calendarios para poderse ocupar de sus retoños. “Yo ya no piso los bares”, reconoció Williams

El antiguo consejero delegado de Twitter, abandonó el cargo en 2010 para dirigir el departamento de desarrollo de la red social, vive con su mujer, Sara Morishige, y sus dos hijos en la bahía de San Francisco y es vegetariano. Su colega Stone, director creativo de Twitter, además de vegetariano es vegano, de acuerdo con un reportaje publicado por The New York Times en 2009, una opción que decidió adoptar tras visitar una ONG que defiende los derechos de los animales.

Yo comencé como pintor y artista gráfico, la tecnología llegó después un poco por accidente, así que pienso en mí mismo primero como arista y después como empresario"

Biz Stone

Stone está acostumbrado a copar las listas de los hombres más influyentes, pero también está muy comprometido con otras causas un poco más alejadas del mundo virtual, como la pobreza, la defensa del medio ambiente o la educación. Precisamente a luchar por la mejora y consecución de estos dos objetivos está destinada la fundación Biz y Livia Stone, que dirige junto a su esposa, Livia, son la que reside en California.

Como Dorsey, Stone tiene otras inquietudes artísticas además de las redes sociales o la caridad. “Yo comencé como pintor y artista gráfico, la tecnología llegó después un poco por accidente, así que pienso en mí mismo primero como arista y después como empresario”, reconoció en una entrevista con el director de cine Ron Howard, con quien participó en un proyecto de cortos y fotografía, rodando su propio film.

Dorsey, Williams y Stone, como todos, también tienen una vida privada, pero a diferencia de muchos de los usuarios de Twitter, ellos no acostumbran a tuitearla demasiado.

Yo me divertiré. Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías.

Javier Marías

Ya he hablado aquí de doña Carmen García del Diestro o más bien la señorita Cuqui, mi profesora de literatura en el colegio "Estudio" de Madrid. Hoy nonagenaria, me ha pedido unas líneas para el discurso que pronunciará en la reunión de fin de curso del profesorado actual. Le he escrito mejor una carta, y me voy a permitir resumirla porque acaso sea un homenaje no sólo a ella, sino a toda una generación de enseñantes, y porque quizá algún párrafo pueda aplicarse a cualquier profesión.

Y esto le he dicho a la señorita Cuqui:

"Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías. Y así, se les permite siempre menos el uso de la imaginación y más les son impuestos el mimetismo y la uniformidad. Habrá quienes se sientan felices por ello. En todo oficio hay y ha habido gente rutinaria y perezosa, que prefiere saber a qué atenerse, no ya a diario, sino en su entera vida. Gente que sólo busca su seguridad y jamás aventura; reiteración y no riesgo; cómodas cortapisas y reglas que descarten el traicionero entusiasmo con que a veces se acometían las tareas en el pasado.

Quizá he errado el tiempo verbal, ojalá. El número va menguando, pero aún quedan personas que sí afrontan con imaginación y entusiasmo su trabajo cotidiano, y aun su vida entera que no quieren conocer ni vislumbrar así, entera, de antemano. Personas que recibirán las sorpresas con gusto, aun sí no son muy buenas, antes que sentirse programadas hasta la eternidad. Tengo para mí que ese entusiasmo -que a menudo flaquea, cómo no- y esa imaginación -basta una modesta, un grano de sal- son especialmente necesarios en la enseñanza. No ayudan los tiempos, que poco alientan y recompensan a los docentes, en lo político, lo económico y lo social. Pero aun así, el primer precepto de un profesor para consigo mismo ha de ser: YO ME DIVERTIRÉ. Eso creo, y esa fue mi divisa durante los pocos años en que, como un impostor accidental, di clases en Oxford, en Massachusetts, en Madrid. Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también. Se intrigaban, se preguntaban, se paraban a pensar, esperaban que al final de la hora -como en un relato- se produjera una revelación, una deducción, una conclusión no insignificante; la respuesta a un enigma, o, lo que es lo mismo, el logro de un conocimiento. Poco importaba que al sonar la campana nada de eso tuviera lugar; lo importante era su espera, su confianza en ello, su atención al proceso de la transmisión de un problema o un saber. La existencia y visión fugaz del espejismo.

Creo que eso es lo fundamental: enseñar a pensar, a interesarse, a intrigarse, y eso puede conseguirse hasta con la más árida o menos práctica materia, con las matemáticas y con el latín. Pero creo también que eso sólo puede lograrse con la diversión -y por tanto con la alegría, por momentánea que sea, aunque sólo dure la duración de una clase- del que conduce ese pensamiento, ese interés, esa intriga.

Usted, desde luego, y muchos otros profesores y sobre todo profesoras de "Estudio", fueron quienes me convencieron de lo que ahora afirmo. Fueron magistrales en todo eso, y no me crea tan ingenuo para no saber, al cabo del tiempo, que para muchos de ustedes enseñar en un colegio significaría al principio abandonar aspiraciones en teoría más altas, o la resignación y la renuncia, bajo una dictadura que se dedicaba a arrancar de cuajo las ilusiones y esperanzas de muchos españoles. No, no creo que todos ustedes tuvieran eso ya antiguo, vocación. Seguro que muchos no. Y los hubo, sin duda, que se encararían con aquellos alumnos como quien arrastra una penitencia. Y sin embargo en la mayoría, y por supuesto en usted, señorita Cuqui, se impuso sobre cualesquiera reveses, sinsabores o abandonos el deseo vehemente de su propia diversión. Y así, fueron imaginativos y alegres, arriesgados y sorprendidos, irónicos y en general risueños. Una suerte para nosotros, desde luego para mí. Y sé por eso que un mundo en el que tras una mesa o ante una pizarra no hubiera ya profesores como los que vi y escuché a lo largo de tantos años, sería mucho más triste, menos atractivo y más bobo que el que me tocó descubrir. Y como los maestros y profesores, estén considerados como lo estén hoy, lo que hacen más que ninguna otra cosa -más incluso que transmitir saber- es configurar personas, su tarea sigue siendo una de las más importantes en cualquier lugar. Así que por el bien de todos, confío en que jamás falten docentes con ese lema y que sigan el ejemplo que usted nos dio: YO ME DIVERTIRÉ. " Que tenga muy feliz y divertida reunión.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Noches armadas de Reyes, Contra el contagio universal (El País)

Hay un ejercicio fascinante, a medio camino entre la literatura y la vida, que muchos de ustedes habrán practicado alguna vez: visitar lugares leídos antes en libros y proyectar en ellos, enriqueciéndolos con esa memoria lectora, las historias reales o imaginarias, los personajes auténticos o de ficción que en otro tiempo los poblaron y que de algún modo siguen ahí, apenas disimulados a poco que uno se fije. Para quienes gozan de ese privilegio extraordinario, esto sitúa los lugares con bagaje histórico o literario en un contexto singular que los hace aun más atractivos. Ciudades, hoteles, calles, paisajes, cuando te acercas a ellos con lecturas previas en la cabeza, adquieren un grato carácter personal; un sabor intenso. Cambia mucho las cosas, en ese sentido, visitar Palermo habiendo leído El gatopardo, o pasear por Buenos Aires con Borges y Bioy Casares en la recámara. Tampoco es lo mismo bajar del autobús turístico en Hisarlik, Turquía, para hacerte una foto mientras el guía cuenta que allí hubo una ciudad llamada Troya, que caminar por esa llanura con viejas lecturas y traducciones en la cabeza, comprobando cómo el paso del tiempo no secó el río Escamandro, pero alejó la orilla del mar color de vino con sus cóncavas naves; sentir los gritos de guerra de hombres cubiertos de bronce -cayó, y resonaron sus armas-, o ser consciente de que tus zapatos llevan el mismo polvo por el que Aquiles arrastró el cadáver de Héctor atado a su carro.

Si eso ocurre con los libros leídos, calculen lo que ocurre cuando los escribe uno mismo. Cuando durante semanas, meses o años, pueblas determinados paisajes con tu propia imaginación. A mí me ocurre con frecuencia, pues localizo los pasajes de casi todas mis novelas en sitios reales: viajo allí, tomo fotografías y notas, leo cuanto puedo encontrar sobre el asunto. Pocas sensaciones conozco tan agradables como caminar con maneras de cazador y el zurrón abierto; entrar en un bar, un restaurante, tomar asiento en una terraza y decidir: este sitio me sirve, lo meto en la novela. Y luego, recreándote en el placer que eso depara, imaginar a tus personajes moviéndose por el lugar, sentados donde estás, bebiendo lo que bebes, mirando lo que tú miras. Comparado con el acto de escribir, con el momento de darle a la tecla, esta fase previa es superior, mucho más excitante y mágica. Para individuos como yo -sólo soy un escritor profesional que cuenta cosas, no un artista ni un yonqui de las palabras-, lo de escribir después la novela no es más que un trámite necesario y a menudo ingrato: un acto casi burocrático que justifica que inviertas tiempo y esfuerzos previos cuando todo es aún posible. Cuando te acercas a la novela por escribir sabiendo que está por hacer y quizá esta vez consigas que sea perfecta, aunque tu instinto te diga que nunca lo será. Acercándote a cada nueva historia con la misma curiosidad y cautela con las que te acercarías a una mujer hermosa de la que te acabases de enamorar.

Volví a la Costa Azul hace unos días. Parte de mi última novela transcurre allí en 1937. Y la sensación fue extraña. Agridulce. Durante los dos últimos años me estuve moviendo por ese paisaje, primero con la expectación de una novela por escribir, y luego para trabajar en determinados pasajes a medida que la historia progresaba en mi cabeza y en la pantalla del ordenador. Vivía rodeado de cuadernos de apuntes, mapas, libros ilustrados, guías antiguas y viejas fotos que me permitieron reconstruir los lugares como el relato exigía, y mover con seguridad a mis personajes: saber lo que veían sentados en tal o cual sitio, describir la luz de un atardecer en la bahía de los Ángeles o las palmeras de Matisse vistas desde la ventana del hotel Negresco, con sus copas vencidas bajo la lluvia. Ahora he vuelto a pasear por el barrio viejo de Niza, por los pinares próximos a Antibes, junto al mar. He salido del hotel de París, en Montecarlo, y cruzado la plaza frente al Casino para sentarme en la terraza de enfrente, como hace Max Costa, el protagonista masculino de El tango de la Guardia Vieja. Y he vuelto a detenerme en el recodo de la carretera donde él y Mecha Inzunza conversan de noche, en la oscuridad, nueve años después de su primer encuentro. Todo eso me era familiar antes de escribir la novela; pero ahora lo conozco de modo muy distinto. Demasiado íntimo, tal vez. Demasiado personal. Ya no podré volver a esos lugares sin amueblarlos con mi propia historia y personajes; sin verlos de otro modo que a través de la novela que yo escribí. Y no estoy seguro de que eso sea del todo bueno. Mi imaginación se apropió de ese mundo para siempre, y ya nunca podré mirarlo con la inocencia de unos ojos libres.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

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Ya no importa la hora, que yo estoy aquí,
Entre las cuatro paredes de mi habitación,
Y es importante al menos decirte
Que esto de tu ausencia duele
Y no sabes cuánto.

Ven, aparece, tan sólo comunícate,
Que cada hora es un golpe de desolación
Es demasiado aburrido no estar a tu lado...

Ven que mi alma no quiere dejarte ir,
Que los minutos me acechan, aquí todo es gris
Y alrededor todo es miedo y desesperanza.
Ven que nunca imaginaba cómo era estar sola
Que no es nada fácil cuando te derrotan,
Que no sé qué hacer y aquí no queda nada de nada.

(Coro)
No me enseñaste cómo estar sin ti
Y qué le digo yo a este corazón?,
Si tú te has ido y todo lo perdí,
Por dónde empiezo si todo acabó?
No me ensañaste cómo estar sin ti,
¿Cómo olvidarte? si nunca aprendí.

Llama y devuélveme todo lo que un día fui;
Esta locura de verte se volvió obsesión,
Cuando me invaden estos días tristes,
Siempre recuerdo, mi vida, yo como te amo.

Ven que mi cuerpo la pasa extrañándote,
Que mis sentidos se encuentran fuera de control,
Es demasiado aburrido no estar a tu lado...
Ven que nunca imaginaba cómo era estar sola
Que no es nada fácil cuando te derrotan,
Que no sé qué hacer que aquí no queda nada de nada.

(Coro x2)

No me enseñaste cómo estar sin ti
Y qué le digo yo a este corazón,
Si tú te has ido y todo lo perdí,
Por dónde empiezo si todo acabo?
Cómo olvidarte? si nunca aprendí
No me enseñaste amor, cómo lo hago sin ti!?

No me ensañaste cómo estar sin ti.

Y qué le digo yo a este corazón,
Si tú te has ido y todo lo perdí,
Por dónde empiezo? si todo acabó
¿Cómo olvidarte? si nunca aprendí.

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por Madre Superviviente

El otro sábado una amiga me invitó a comer a su casa, y cuando estábamos en ese maravilloso aperitivo de cocina, esas cervecitas mientras se pocha la cebolla, la llamó una amiga que trabaja en el instituto.

- Joder, Marta faltó ayer toda la mañana a clase –dijo cuando colgó.

Justo en ese momento, la susodicha apareció por la puerta con toda la pinta de acabar de levantarse.
- ¿Qué tal lo pasaste ayer? –le preguntó mi amiga malhumorada.
Marta, quince años, la miró con ojos de vaca y se quitó los auriculares que llevaba en las orejas.
- ¿Qué?
- ¡Que estás castigada sin ipod!

La hija se negó con una seguridad que me hizo pensar que siempre se sale con la suya. Y a continuación se lanzó a abucharar a su madre con explicaciones farragosas, preguntas, promesas, excusas y amenazas; y ambas se enzarzaron en una estéril pelea. La niña consiguió darle la vuelta a la tortilla y, al final, se marchó de la cocina poniéndose los auriculares en las orejas con santa indignación.
Mal, muy mal.

No podemos exigir a los hijos que sean responsables de sus actos cuando nosotros no lo somos de los nuestros. Si le decimos que está castigado sin ipod, tenemos que tener claro que no puede irse sin dárnoslo. Y sí, a veces hay que montarles el pollo y gritar y hasta arrancarle los auriculares de las orejas. Pero muchas veces no hace falta llegar a eso. Basta utilizar el sentido común:

1.- No empezar la conversación con una amenaza que no vas a cumplir (“te voy a quitar el ipod”), sino con el motivo de tu preocupación (“me he enterado de que ayer no fuiste a clase ¿dónde estuviste?”)

2.- No entrar al trapo del adolescente. Son muy hábiles provocando broncas que distraen a los padres de su objetivo, es mejor dejar que gaste toda su munición de explicaciones farragosas, justificaciones, juramentos, promesas y rasgamiento de vestiduras. No olvides en ningún momento que, te cuente lo que te cuente, el hecho es que ha faltado a clase. Y que tu obligación es sancionar ese comportamiento.

3.- Cuando el adolescente termina de montar su numerito, extender la mano y decir, ahora sí: “Dame tu ipod”.

4.- Fin de la conversación

- ¡No es tan fácil! –dice alguien al fondo de la sala.

No, no lo es. Y si en tu casa tus hijos están acostumbrados a salirse con la suya, te costará mucho que respeten tu autoridad. No se consigue en un día, ni en dos.
Por eso esto es una serie. En el próximo capítulo, continuaremos ahondando en el tema.