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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

Righteous Kill es una película estadounidense de 2008, dirigida por Jon Avnet, y protagonizada por Robert De Niro, Al Pacino, John Leguizamo, Carla Gugino, Donnie Wahlberg y Curtis "50 Cent" Jackson en los papeles principales.

Argumento

Después de 30 años como compañeros, los condecorados detectives Tom "Turk" Cowan (Robert De Niro) y David "Rooster" Fisk (Al Pacino) se acercan a la jubilación, aunque ninguno de los dos está aún preparado para ello. Antes de que "cuelguen" sus placas, son llamados para investigar el asesinato de un conocido proxeneta, que parece estar ligado a un caso resuelto por ellos en el pasado. Igual que en el crimen de entonces, la víctima es un presunto delincuente, y sobre el cuerpo se ha encontrado un poema de cuatro líneas que justifica el asesinato. Cuando los crímenes del presunto criminal comienzan a sucederse, se ve con claridad que los detectives se enfrentan a un asesino en serie, cuyo objetivo son aquellos criminales que se han escabullido entre las grietas del sistema judicial. Su misión, al parecer, es hacer lo que la policía es incapaz de hacer, sacar al culpable de las calles para siempre.

http://peliculas21.biz/asesinato-justo-righteous-kill.html

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...contagio universal, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura

Javier Marías

Es sabido que en una situación de miedo, susto, angustia, tristeza, odio, abatimiento o cualquier otra cosa desagradable que se les pueda ocurrir, caben dos actitudes principales, grosso modo. Una es someterse al contagio, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura, el pánico o la agresividad colectivas y por tanto a las mayores atrocidades. No son pocas las guerras y persecuciones, los exterminios que han empezado así, por contagio. A veces la infección se origina en unos cuantos individuos nada más, que inexplicablemente, sin embargo, suelen tener influencia y poder. De éstos se valen para extenderla a una inmensa parte de la población, que no sólo no se opone al esparcimiento de la enfermedad, sino que la abraza con entusiasmo, tentada por el precipicio y por la cómoda simplificación. La otra actitud consiste en sobreponerse al miedo, el susto, la angustia y demás, precisamente por ver al vecino poseído y atenazado por ellos. Sirva un ejemplo inocuo: los que lo pasamos mal en los aviones tememos y deseamos a la vez que en el asiento contiguo nos toque un pasajero aún más aterrorizado, incapaz de disimular su aprensión. Uno de esos hombres o mujeres que se santiguan antes del despegue, más por superstición que por devoción; que clavan las garras en los brazos de la butaca y desde el primer instante nos transmiten su tensión; que pasan nerviosamente las páginas de un diario, un libro o una pantalla sin lograr leer una línea; que se sobresaltan al menor ruido nuevo y escrutan las expresiones de las azafatas en busca de indicios de anomalía o de normalidad. Puede que su palpable pánico nos contagie y aumente nuestra natural inquietud, y que acabemos el vuelo con la ropa tan arrugada y tan despeluchados como nuestro vecino o vecina: las medias con carreras, la corbata torcida y desanudada, la falda en el ombligo, el pelo como si hubiéramos viajado en un descapotable a toda velocidad. Pero también cabe que, al ver a alguien más despavorido que nosotros, nuestro temor amaine por contraste; que su comportamiento nos parezca tan desmesurado que reaccionemos distanciándonos de él, haciendo acopio de serenidad y sobriedad. Ante un semejante más triste que nosotros, podemos dejarnos arrastrar por su pena y sumarnos a ella multiplicándola, o bien sentirnos impelidos a mitigársela y tratar de alegrarlo. Lo mismo con los demás sentimientos o sensaciones que he enumerado al principio.

Nunca he sido muy optimista, creo, pero en los últimos tiempos me sorprendo al verme animando a la mayoría de las personas con las que hablo. El panorama es tan oscuro que el contagio general resulta casi inevitable. La queja y la preocupación continuadas, el pesimismo insistente, la subida abusiva de los precios de todo junto a la bajada de los salarios, la huida de los jóvenes, el paro que aumenta a insoportable ritmo desde que nos gobierna Rajoy, los despropósitos de sus ministros lunáticos, las insidiosas amenazas de Mas (cuya política es tan idéntica a la del PP que no se entiende por qué quiere separarse ahora; será que se siente incómodo como los gemelos univitelinos), todo ello es sumamente contagioso, se hace arduo sustraerse a sus efluvios nocivos y no seré yo quien culpe a nadie de hundirse en la desolación. Pero es tanta la que nos rodea que, aunque sólo sea por cansancio y por preservar un poco el espíritu, de pronto uno se encuentra, quizá en contra de su proclividad, alentando a familiares, amigos, conocidos; al peluquero, a la farmacéutica, al librero, a la pastelera, al jubilado, al colega y a todo dios. Los ve tan mohínos o angustiados que, sin mucha base ni argumentos, se descubre diciéndoles una y otra vez aquello de Cervantes: “Paciencia y barajar”, que ya vendrán cartas mejores. O bien: “Ningún Gobierno es eterno, y el actual tiene ya el tiempo contado, tan mal lo está haciendo y tanto se está enajenando a los ciudadanos a fuerza de ir contra ellos y nunca a su favor. Aunque el PSOE esté para el arrastre, serán los votantes quienes lo obligarán a ponerse en pie; y si no, a otro partido, tanto dará. La gente querrá deshacerse a toda costa de estos caballos de Atila. Si ya está hasta el gorro al cabo de un año, imagínese dentro de tres más de destrozos y humillación”.

Cada vez que oigo a alguien decir que, pese a todo, le va bien en lo que sea, lejos de mirarlo con desconfianza o inquina, como hacen muchos, me dan ganas de estamparle un par de besos de gratitud. (Siempre que no sea banquero, claro.) Qué alivio escuchar eso en medio de la jeremiada nacional. El contagio es tan abrumador que casi se juzga mal –como a un irresponsable o a un desaprensivo– a quien se atreve a confesar que aún se salva de la quema; que no puede evitar no desesperarse; que, a pesar de las perspectivas, piensa que en peores circunstancias nos hemos visto (lo sabemos los que vivimos bajo el franquismo) y que de ellas nos sacaron o conseguimos salir. Para mi estupefacción, me estoy convirtiendo en uno de esos irresponsables o desaprensivos. Hablo de mi vida privada, no de las columnas que escribo aquí, que cada semana salen como salen, y a veces ni siquiera me explico que salgan. Me disculpo ante los agoreros o descorazonados, a los que no faltan motivos para serlo o estarlo. Pero mi agradecimiento, mi admiración y mi afecto se dirigen ahora hacia los valientes simpáticos que no se dejan contagiar.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Noches armadas de Reyes

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En el universo de Valentino, la belleza nunca puede ser problemática, mucho menos política, y la perfección estética es el único valor moral absoluto. Al percatarse de que en su sofá está sentada una hereje desaliñada con una visión del mundo distinta a la suya, parece algo desconcertado pero curioso. Al final, para nuestra mutua sorpresa, una de mis preguntas atrae su interés: «¿Qué piensa de la campaña para excluir de los desfiles a las modelos peligrosamente delgadas?». A lo que él responde: «Siempre se ha hablado de ello, luego la prensa ha insistido para que no volvieran a aparecer chicas así, que no pesan nada y que, a su modo, les falta sustancia. Tratamos, bueno, yo no... Otros trataron de que desfilaran modelos más metidas en carnes». Se interrumpe con una expresión de disgusto, como un niño obligado a comerse unas acelgas. Y continúa: «No puede funcionar. ¿Sabe por qué? Porque cuando muestras por primera vez un modelo con tu creación, con tu mente, quieres hacer realidad vestidos, no sentirte obligado a proceder de una determinada manera. Si lo haces para un cuerpo más lleno, no puedes expresarte como deseas. Si quieres añadir algo en un lado o cambiar un detalle en el otro y el cuerpo no es... [dibuja un palo invisible con las manos] nada, no se puede hacer. Ese es el motivo. Cuando muestras una creación por primera vez, la chica debe ser como un sueño. Debes poder permitirte todo: lazos, fruncidos, volantes... ¡Todo! A las chicas les encanta ver desfiles porque pueden admirar un sueño sobre la pasarela, y un vestido es como un sueño. Eso es lo que he creado toda mi vida, lo que he absorbido desde siempre. Y así es como me convertí en un perfeccionista. En mi trabajo, en las casas de moda, en todo, no querer ver más que belleza. Soy así».

Lugares donde leí

para Arturo Pérez-Reverte el lugar donde leyó un libro es otro libro aún no escrito.

Ordeno mi biblioteca. Y abriendo libros al azar encuentro huellas olvidadas, recuerdos de momentos y lugares donde fueron leídos por última vez. Escribí alguna vez que atribuyo a los libros un carácter particular; una vida propia que espero sobreviva a la mía y continúe en otras manos, enriqueciendo y consolando a quienes los posean en el futuro. Si no ocurre así, y mi biblioteca, como tantas otras cosas que he visto desaparecer, está condenada a las ratas, el agua, el fuego y la destrucción, tampoco pasa nada: nadie podrá arrebatarme lo ya leído. En cualquier caso, debido a mi certeza de que toda posesión es temporal, y también por la melancolía que me suscita encontrar en libros que llegan a mis manos huellas de vidas anteriores, procuro que los míos estén desprovistos de detalles que puedan identificarme en el futuro. No quiero que nadie compadezca los restos de mi naufragio en un tenderete de rastro o en una librería de viejo. Así que, en cada revisión para ordenarlos o limpiarlos, aprovecho para borrar la huella que a veces, por descuido, dejé en ellos.

Esta vez también ocurre: tarjetas de embarque de líneas aéreas, postales con notas al dorso, acreditaciones de prensa. Casi todo fue utilizado a modo de señal de lectura: medio teletipo con una crónica de 1976 sobre el Líbano -Beirut, de nuestro enviado especial A.P.-R.-, un recibo de taxi de Buenos Aires con fecha de 1982, una factura de restaurante de Damasco... De la mayor parte olvidé su oportunidad y sentido. Otros me permiten recordar muy bien el momento en que los puse ahí: la lectura de ese libro, el lugar, las circunstancias. También encuentro otra clase de huellas: marcas antiguas deliberadas o involuntarias, subrayados, notas que a veces nada tienen que ver con la materia del libro -esas hojas blancas de respeto al principio y al final, tan útiles cuando no había papel a mano-, huellas de suciedad, quemaduras o ceniza de cigarrillos, manchas de lluvia o agua salada, café, aceite de latas de sardinas, tierra rojiza de África, mosquitos aplastados, restos de arena de una playa o un desierto. Incluso posibles dramas olvidados. Hasta en la página de título de uno de ellos -Memorias de La Rochefoucauld-, impresa con deliberada nitidez, hay una huella dactilar de color pardo, que supongo será mía. Una huella de sangre de la que nada recuerdo; ni siquiera si es propia o ajena.

Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía. Hojeándolos mientras ordeno los estantes, compruebo que muchos de esos lugares y momentos los olvidé; pero otros siguen claros en mi cabeza: salpicaduras de agua de mar en varios volúmenes de la serie náutica de Patrick OBrian, incluida una que emborrona levemente la tinta de la dedicatoria autógrafa del autor; el tomo II de las obras completas de Thomas Mann, que durante veintiún años viajó en mi mochila y fue leído tanto junto a mesillas de noche de hoteles de lujo como a la luz de una vela o una linterna en lugares olvidados de la mano de Dios; las Vidas paralelas de Plutarco en un solo volumen que conserva entre sus páginas tierra y suciedad de hace treinta y cinco años, en Eritrea; la edición compacta y viajera de Moby Dick, de la que una vez alcé los ojos para ver, resoplando muy cerca, ballenas azules al sur del cabo de Hornos; El amante sin domicilio fijo, que leí sentado en la punta de la Aduana de Venecia, cuando allí aún no iba nadie, antes de que fastidiaran el lugar con la estúpida escultura del niño y la rana; la Eneida que cada noche me consolaba, a modo de analgésico, en una habitación sin cristales del hotel Holiday Inn de Sarajevo; el Quijote anotado a lápiz que me acompañó cuando recorría La Mancha por pueblos y ventas, pisando la huella de sus personajes; el Lord Jim que fue mi única compañía durante un ataque de malaria que estuvo a punto de despacharme al otro barrio, mientras temblaba tirado como un perro en un hotelucho infecto de Nairobi; el Stendhal de La Pleiade que estaba en mi mochila cuando entré con los guerrilleros en el búnker de Somoza, en Managua; la biografía de Hemingway y Scott Fitzgerald leída en el hotel Hornet Dorset Primavera de Puerto Rico, ante una playa sobre la que planeaban los pelícanos mientras las mujeres más hermosas del mundo se recortaban saliendo del agua en el contraluz rojizo del atardecer... Sitios amueblados por la biblioteca que ahora me rodea; libros que, con sus marcas y cicatrices propias, tallaron las mías. Soy lo que viví, naturalmente. Pero también lo que leí, y dónde lo leí. Sin esa geografía de páginas vinculadas a lugares y recuerdos, nada de cuanto veo al mirar atrás tendría sentido.

Arturo Pérez-Reverte Sobre lugares y libros

Pon sobre el mapa las provincias de España. Intenta sacar el mayor número de puntos. Puntuación máxoma 520

http://serbal.pntic.mec.es/ealg0027/esprovin1e.html

Era sólo una perra (Arturo Pérez-Reverte)

Era sólo una perra. Una galga flaca y asustada, como las que ahorcan algunos cazadores cuando ya son viejas e inútiles, con tal de ahorrarse un cartucho. Cuatro días estuvo correteando por los túneles del Metro de Madrid sin encontrar la salida. La vieron conductores, vigilantes y viajeros. Fue grabada en video corriendo despavorida por las vías, de túnel en túnel, huyendo de los trenes que pasaban a toda velocidad. Cuatro días de oscuridad, aturdimiento, soledad y angustia. De miedo atroz. Anoche vi uno de esos videos en Internet y me levanté de la silla con una desolación y una mala leche insoportables. Por esto tecleo estas líneas, ahora. Para desahogar mi tristeza y mi frustración. Mi rabia. Para ciscarme por escrito en los responsables del Metro de Madrid y en la puta que los parió.

La galga abandonada fue vista un jueves vagando por los túneles. Corría aterrada por el estruendo de los trenes, esquivándolos en la oscuridad. Al comprobar que el personal del Metro no hacía nada para rescatarla, algunos viajeros avisaron a asociaciones de protección animal, que pidieron permiso para actuar. Ya ocurrió algo semejante en Barcelona, cuando para salvar a un perro perdido en el Metro se detuvo el servicio tres horas, en un rescate en el que participaron bomberos, guardias urbanos y empleados de la perrera municipal. En Madrid, sin embargo, los responsables del transporte subterráneo se negaron a intervenir. Sólo dieron largas: se ocupaban de ello, la galga se había llevado a una protectora de animales, ya no estaba en las vías, etcétera. Enrocada en su estúpida indiferencia, la empresa municipal rechazó todas las propuestas: jaulas trampa puestas en los huecos de los túneles o los andenes, unos minutos de parada de trenes para actuar con una escopeta de dardos narcóticos. Nada de nada. Nosotros nos ocupamos, repetían. Y punto.

Pero mentían. Nadie se ocupaba de nada. La perra entró en los túneles un miércoles. Dos días después, al ser vista entre las estaciones de Sainz de Baranda e Ibiza -corría asustada bajo el andén, huyendo del tren que venía detrás-, seis asociaciones de defensa animal pidieron al Metro permiso para bajar a las vías y rescatarla. La empresa negó el permiso. El sábado a las 7 de la tarde, en la estación de Sainz de Baranda, un conductor dijo que había visto al animal tirado junto a la vía, en el túnel, a ciento cincuenta metros del andén. Rogaron los activistas que alguien bajara a la vía para ver si la perra seguía con vida, pero se les negó. Pidieron que se detuvieran los trenes durante unos minutos para proceder ellos mismos al rescate, y también se les negó. Mientras tanto, el andén se llenó de vigilantes encargados de controlar a los miembros de las asociaciones protectoras. «Vaya follón -oí decir a uno en el video de Internet- va a montar el puto perro».

Hartas de aquello, dos mujeres, Irene Mollá, de la asociación Más Vida, y Matilde Cubillo, de Justicia Animal, decidieron echarle ovarios. Mediaban 18 minutos entre el paso de cada tren, así que saltaron a las vías desoyendo las órdenes del jefe de Seguridad del Metro, para internarse en el túnel con las pantallas de sus teléfonos móviles como linternas. Al poco regresaron trayendo a la galga en brazos, tapada con una chaqueta, todavía sangrando con una pata amputada. Atropellada. Muerta. En los cuatro días transcurridos, cuando aún estaba viva y sana, ningún vigilante había acudido a rescatarla, ningún empleado se arriesgó a una sanción por parar el tren. Los convoyes, que se inmovilizan cuando caen a las vías unas llaves o un teléfono para que el personal baje a buscarlos, los conductores que si hay huelga ignoran los servicios mínimos cuando conviene al sindicato correspondiente, no pudieron detenerse unos minutos para rescatar a la galga extraviada. Habrían sido sancionados, claro. Paralizar el tráfico suburbano por una perra, nada menos. Y eso, en un Madrid donde no falta día sin que una concentración ciclista, cabalgata, procesión, verbena, manifestación autorizada o ilegal, paralice impunemente la ciudad, corte el tráfico, bloquee autobuses o taxis y causa atascos monstruosos mientras la autoridad competente, vía sufridos policías municipales, se limita a encogerse de hombros cuando le preguntas cómo carajo llegar al trabajo o a tu casa.

Y, bueno. Me cuentan que las asociaciones de defensa animal se han querellado contra los responsables del Metro de Madrid por omisión de socorro, maltrato animal o como se califique este puerco asunto. Así que desde aquí ofrezco mi firma. Espero que retuerzan el pescuezo a esos tipos. Y tipas. Ojalá, en memoria de aquella pobre perra asustada, les saquen a todos las entrañas.

El perro antisistema

Publico un poema de una alumna.

 

¿Qué está pasando?

Una pequena brisa rodea mi cuerpo

Quisiera ser su centro

Pero para mí él no tiene tiempo

 

El amor me tapa los ojos

Y en la oscuridad lloro

Esperando que en su mente esté mi rostro

Pero para mí él no tiene tiempo

 

He probado muchas drogas

Pero la suya me enamora

Soy adicta a su cuerpo

Pero para mí él no tiene tiempo

 

Decido sacarlo de mi mente

Pero él siempre aparece

Yo no puedo vivir así

Lo mejor es huir de aquí.