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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

Aprendimos a quererte
Desde la historica altura
Donde el sol de tu bravura
Le puso cerca la muerte
Aqui se queda la clara,
La entranable transparencia
De tu querida presencia
Comandante Che GuevaraVienes quemando la brisa
Con soles de primavera
Para plantar la bandera
Con la luz de tu sonrisaAqui se queda la clara,
La entranable transparencia
De tu querida presencia
Comandante Che GuevaraTu amor revolucionario
Te conduce a nueva empresa
Donde esperan la firmeza
De tu brazo libertario

Aquí se queda la clara,
La entrañable tranparencia
De tu querida presencia
Comandante Che Guevara

Seguiremos adelante
Como junto a ti seguimos
Y con Fidel te decimos
"Hasta Siempre Comandante"

Aquí se queda la clara,
La entranable transparencia
De tu querida presencia
Comandante Che Guevara

http://www.youtube.com/watch?v=SSRVtlTwFs8

por Arturo Pérez-Reverte

Acaba de cumplir dos años. Se llama Sherlock, y es un tipo duro, de Segovia. Un buen ejemplar de teckel de pelo fuerte, pardo leonado, con cejas y bigote casi rubios. Lo rubio viene de su padre, que es alemán y se llama Karsten. El pelo recio y perfecto se lo debe a la madre, Berta, que es guapa y española. Una familia, en resumen, de cazadores con larga estirpe, lo que significa muchas generaciones acosando bichos en el campo. Casta curtida, en resumen. Con unos dientes espectaculares que se pasan unos a otros, de generación en generación. Colmillos que da miedo verlos cuando les agarras la boca y se la abres mientras ellos te miran como pensando: «A ver qué carajo quiere éste». Colmillos sólidos, blancos, bien aguzados. De ésos que hacen que te alegres de no ser zorro o jabalí.

Lo crió un cazador joven que se ocupa de esta clase de perros. Un tipo experimentado, que sabe lo que hace. La camada de cinco cachorros era espléndida. Elegí a Sherlock porque era el más tranquilo de sus hermanos. Me miraba sereno, flemático, con esos ojos grandes y negros. Como preguntándome qué pasa contigo, chaval, no se trata de que tú me elijas a mí, sino también de que yo te elija a ti, así que vamos a llevarnos bien. Y fue lo que hizo: elegirme. Pasado el tiempo de cría, lo traje a casa. Y empezó a crecer. A adaptarnos el uno al otro. La vida en familia. Al cabo de un tiempo apareció su vena sentimental. Lo pasaba mal solo. Lloraba. Así que le buscamos compañera. Y llegó Rumba, toda una señorita. Pelo rizado, pizpireta, lista y destrozona como la madre que la parió. Tímida al principio -había sido maltratada-, no tardó en hacerse la reina del asunto. Sherlock, flemático, la deja hacer. Por no discutir, ni le gruñe. Ella se lo trajina bien. Le lame el pescuezo cuando está tenso, lo relaja. Lo putea, a ratos. Creo que son felices juntos.

Sin embargo, Sherlock no nació para la vida doméstica. Y se le nota. Es un buen chico en casa, adora a Rumba. Nos adora a todos. Es cariñoso de lametones y se traga Mad Men sin rechistar, acurrucado en el sofá contra mi costado, sobando plácidamente. Nada que objetar por ahí. Pero vino al mundo a cazar jabalíes. Tiene tristezas específicas, nostalgias de lo suyo, como un marino arrojado del mar o un soldado sin batallas. Lejos de la acción como vive, las aventuras de sus antepasados, inscritas en su instinto perruno, afloran en forma de singular melancolía. A veces, mientras duerme a mi lado, lo veo agitarse, mover las patas y gruñir sordamente, muy bajito, y adivino lo que tiene en la cabeza. Lo mismo ocurre cuando en ocasiones, sin motivo aparente, se aparta de mí y de todos, Rumba incluida, para ir a un rincón donde se queda quieto, hosco y solitario, mirando el vacío como Humphrey Bogart en su bar de Casablanca. Entonces sé, o creo saber, que rumia nostalgias de cazador, olor a tierra húmeda, hierba verde y rastro fresco de animales. Quizá piensa en sus hermanos, que se quedaron en el campo y ahora tendrán el hocico lleno de marcas y los colmillos desportillados de pelear. Quizá, desde el confort de la vida doméstica, Sherlock envidia sus vidas lejanas, colmadas de recuerdos apasionantes; ésos que los perros de caza se gruñen unos a otros en las noches tranquilas mientras recuerdan a los colegas -«¿Te acuerdas de Pancho, al que mató aquel jabalí, o de Chispa, que nunca salió de aquella peligrosa madriguera?»- mientras envejecen con los huesos maltrechos y el pellejo lleno de costurones, calentándose en fuegos de leña junto al amo que acaricia sus orejas deformadas por mordiscos de jabalí. Su pelaje surcado de cicatrices que Sherlock nunca tendrá.

Estoy seguro de que, cuando se aísla de todos y mira la nada, recordando lo que jamás vivió, él huele el humo de esa leña, siente la nostalgia del frío, la incertidumbre, el peligro. Segrega adrenalina, o lo que segreguen los perros. Corre con la imaginación y la memoria genética por un bosque embarrado, bajo la lluvia, junto a sus hermanos, tenaz, incansable tras el rastro de un animal salvaje. Un jabalí con el que, pese a que un teckel no levanta dos palmos del suelo, peleará a muerte, con bravura inaudita, cuando le dé alcance. O un zorro en cuya madriguera se introducirá sin dudarlo, valiente hasta la locura, para morir allí o para sacar al enemigo fuera, aferrándolo por el cuello a dentelladas, rojo el hocico de sangre propia y ajena. Como le ordena su naturaleza. Como mandan las viejas reglas.

Un tipo interesante, Sherlock. No les quepa duda. Con densidad psicológica y sólidos silencios. Comprendo a Rumba cuando se acerca a él, se tumba a su lado y le apoya la cabeza en el lomo. Si yo fuera perra, me lo follaría.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

Adolescentes como bisabuelos

por Javier Marías

A medida que uno va cumpliendo años, descubre un motivo de pesar del que nadie le habló nunca ni se suele hablar en general, y que no se cuenta, por tanto, entre las más clásicas "lacras" de la edad. Quizá se deba a que la gente va perdiendo expectativas o es olvidadiza o va cambiando en exceso, y a que deja de desear lo que ansió en su juventud, lo cual daría la razón a ese viejo dicho cuya formulación no recuerdo, pero cuyo sentido viene a ser: "Quien es un revolucionario en la veintena, será un conservador en la sesentena, y quien no cumpla con eso se constituirá en anomalía y carecerá de corazón primero y de razón después". Supongo que en algunos aspectos yo mismo me atengo al modelo, pero no puedo evitar deprimirme cuando veo que pasan las décadas y que ciertas cosas que uno esperaba que cambiaran o desaparecieran en el transcurso de su vida no lo hacen, sino que permanecen más o menos inalterables; o bien que retornan con fuerza hábitos y formas de pensamiento que se creían superados o periclitados. En España es especialmente fácil tener esa sensación, la de que hay un terrible sustrato que tal vez puede quedar oculto durante una temporada, pero que siempre acaba por resurgir. Los que padecimos el franquismo tendíamos a achacarle lo más lamentable de nuestra sociedad, y pensábamos que, cuando terminara, mucho mejoraría en todos los ámbitos. No voy a decir que no fuera o no haya sido así, en gran parte. La mera idea de vivir de nuevo bajo algo reminiscente del franquismo produce escalofríos de horror, y eso que el Gobierno que vamos a tener a partir de ahora se le puede asemejar a la larga, con su mayoría absolutísima y la falta de repugnancia de su partido -incluso "comprensión"- hacia uno de los periodos más criminales y sórdidos de nuestra historia. Pero, independientemente de quiénes gobiernen, en España hay cosas que siempre suben a la superficie, una y otra vez: la grosería y la zafiedad ufanas, la mala leche y el rencor, a menudo inmotivados; el temor a la Iglesia Católica y el consiguiente aprovechamiento de ésta para medrar económicamente e intervenir en las vidas privadas de los ciudadanos; la falta de piedad, la manía de echar la culpa de los propios actos y decisiones a otros y no asumir nunca una responsabilidad.

No es que me fíe de las encuestas, que casi siempre están mal hechas o son sesgadas, por no decir que nacen amañadas: las propias preguntas que se incluyen en ellas -y su formulación- bastan a menudo para que den un resultado falso y distorsionado. Teniendo todo esto en cuenta, ha habido, sin embargo, una reciente entre adolescentes que me ha dejado abatido. Las respuestas de mil y pico estudiantes de Secundaria en torno a las relaciones de pareja y los "papeles" de mujeres y hombres son tal sarta de tópicos, antigüedades y sandeces que casi explican por sí solas por qué transcurren los años y el fenómeno de la violencia machista, por ejemplo, no se mitiga en absoluto, por mucho que se llame la atención sobre el problema, se tomen mil medias preventivas y se cursen leyes para castigar duramente a los maltratadores y proteger a las maltratadas. Si un 60% de esas almas aún cándidas -esos estudiantes- suscribe que la chica debe complacer a su novio; si un 44% de las almas femeninas encuestadas cree que, para "realizarse" -signifique lo que signifique a estas alturas expresión tan hueca y necia-, "necesita el amor de un hombre"; si el 90% está de acuerdo en que "el chico debe proteger a su chica" (claro que en la investigación ni siquiera figuraba la pregunta inversa, si la chica debe proteger a su chico, ni tampoco si éste debe complacer a aquélla); si el 52% de las jóvenes opina que los muchachos son agresivos y sólo un 1,8% que son "tiernos" -signifique también eso lo que signifique-; si el 0% de los varones consultados "se identificó con ser comprensivo", como si ser eso -algo amplísimo- supusiera una merma de su virilidad o una injuria; si el 34% juzga aceptable espiar el móvil de su pareja si sospecha que ésta le es infiel, y el 65% ve en los celos una prueba de amor; si todo esto es así, cabe concluir que los adolescentes actuales no se diferencian apenas no ya de sus padres o abuelos (calculando que los primeros ronden los cuarenta años y los segundos los sesenta y cinco), sino de sus bisabuelos, esto es, de gente nacida hacia 1920, antes de la Guerra Civil y de la República, recién terminada la remota Primera Guerra Mundial. Sin duda estos adolescentes llevarán vidas muy distintas, algunos beberán y se drogarán, todos tendrán su perfil en Facebook y se sentirán desnudos sin sus móviles, y no pocos se habrán ya iniciado en el sexo con alegría y ausencia de culpa. Pero, en lo relativo a su concepción de las relaciones sentimentales o de pareja, son unas antiguallas, unos simples y unos catetos de mucho cuidado, y su visión es en esencia la misma que la que podían tener los campesinos más ignorantes y arcaicos bajo la Dictadura de Primo de Rivera, pese a que ninguno de estos chicos tendrá la menor idea de quién era este Primo de Rivera ni de qué Dictadura fue la suya. ¿Qué diablos se les enseña y transmite? Si los resultados de esta encuesta no resultan deprimentes para quienes de jóvenes creíamos que el tiempo y la extensión de la cultura pondrían fin a las más elementales sandeces y tópicos, que venga la gente de mi generación y lo vea. O incluso la de la generación anterior.

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El español Rafael Nadal (5) y el argentino Juan Martín Del Potro (7) han recortado distancias con respecto a sus rivales en el ‘top ten’ tras ganar los torneos de Sau Paulo (Brasil) y Rotterdam (Holanda) respectivamente; Federer ha perdido puntos y se aleja de Djokovic en su lucha por el número uno de la ATP.

Rafael Nadal, tras ocho meses apartado de la competición por una lesión en el tendón rotuliano de su rodilla izquierda, ha sumado 205 puntos tras conquistar el torneo de Sao Paulo que le sirven para afianzarse en el quinto puesto de la clasificación mundial con 5.755 puntos además de acercarse a su compatriota David Ferrer que acumula 6.865 puntos, los mismos que la semana pasada, y se mantiene en la cuarta plaza.

Por su parte, Juan Martín Del Potro ha recogido 200 puntos en el torneo de Rotterdam tras vencer en la final al francés Julien Benneteau con lo que se mantiene en el séptimo puesto y se acerca al checo Tomas Berdych, sexto clasificado, que ha perdido 90 puntos con respecto a la semana anterior.

El suizo Roger Federer ha sido el máximo perjudicado dentro de las diez mejores raquetas del circuito ya que ha perdido 450 puntos con respecto a la semana pasada tras caer ante Benneteau en cuartos de final del torneo de Rotterdam en el que defendía título y se sitúa en la segunda posición con 9.855 puntos alejándose así de la lucha por el número uno frente al serbio Novak Djokovic, que se mantiene a la cabeza de la clasificación con 12.960 puntos.

A pesar del baile de números en el ‘top ten’, la clasificación se mantiene sin variaciones en los 12 primeros puestos con respecto a la semana pasada.

El primer cambio en la clasificación ha sido el experimentado por el canadiense Milos Raonic (14) que, a pesar de haber ganado por tercer año consecutivo el torneo de San José (Estados Unidos), se mantiene con los mismos puntos dado que defendía título y pierde una posición que cede al francés Gilles Simon, que se sitúa en la décima tercera posición con 2.370 puntos.

Con respecto a los tenistas españoles, al margen de Rafael Nadal y David Ferrer, asentados en la cuarta y quinta posición respectivamente, y Fernando Verdasco que se mantiene en el puesto 24, Pablo Andújar (45) y Feliciano López (47) han subido una posición, Daniel Gimeno-Traver (58) dos, Roberto Bautista Agut (57) cinco y Albert Ramos (90) seis.

Por otra parte, Marcel Granollers (35) ha caído un puesto, Albert Ramos (55) tres, Guillermo García-López (84) uno y Rubén Ramírez Hidalgo cinco.

El tenista catalán Tommy Robredo se ha incorporado al ‘top 100′ de la clasificación ATP y se coloca en el puesto 95 con 545 puntos.Image

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El cortometraje "Erase una vez en Chicago" es el resultado de un proyecto que he iniciado con mis alumnos del VI-C del Liceo Cervantes de Bucarest. La tarea era realizar una película con todo lo que esto supone: guión, dirección, reparto, diálogos, trajes y maquillaje. Hablada en español, por supuesto. Perdonadles, por favor, los pocos errores que han cometido. No dejan de tener gracia, después de todo. Yo creo que lo han conseguido. En el estreno, que tuvo lugar el pasado 13 de febrero, lo disfrutaron como si hubieran logrado un Oscar.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=9RKk1LB4DTE#!

Righteous Kill es una película estadounidense de 2008, dirigida por Jon Avnet, y protagonizada por Robert De Niro, Al Pacino, John Leguizamo, Carla Gugino, Donnie Wahlberg y Curtis "50 Cent" Jackson en los papeles principales.

Argumento

Después de 30 años como compañeros, los condecorados detectives Tom "Turk" Cowan (Robert De Niro) y David "Rooster" Fisk (Al Pacino) se acercan a la jubilación, aunque ninguno de los dos está aún preparado para ello. Antes de que "cuelguen" sus placas, son llamados para investigar el asesinato de un conocido proxeneta, que parece estar ligado a un caso resuelto por ellos en el pasado. Igual que en el crimen de entonces, la víctima es un presunto delincuente, y sobre el cuerpo se ha encontrado un poema de cuatro líneas que justifica el asesinato. Cuando los crímenes del presunto criminal comienzan a sucederse, se ve con claridad que los detectives se enfrentan a un asesino en serie, cuyo objetivo son aquellos criminales que se han escabullido entre las grietas del sistema judicial. Su misión, al parecer, es hacer lo que la policía es incapaz de hacer, sacar al culpable de las calles para siempre.

http://peliculas21.biz/asesinato-justo-righteous-kill.html

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...contagio universal, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura

Javier Marías

Es sabido que en una situación de miedo, susto, angustia, tristeza, odio, abatimiento o cualquier otra cosa desagradable que se les pueda ocurrir, caben dos actitudes principales, grosso modo. Una es someterse al contagio, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura, el pánico o la agresividad colectivas y por tanto a las mayores atrocidades. No son pocas las guerras y persecuciones, los exterminios que han empezado así, por contagio. A veces la infección se origina en unos cuantos individuos nada más, que inexplicablemente, sin embargo, suelen tener influencia y poder. De éstos se valen para extenderla a una inmensa parte de la población, que no sólo no se opone al esparcimiento de la enfermedad, sino que la abraza con entusiasmo, tentada por el precipicio y por la cómoda simplificación. La otra actitud consiste en sobreponerse al miedo, el susto, la angustia y demás, precisamente por ver al vecino poseído y atenazado por ellos. Sirva un ejemplo inocuo: los que lo pasamos mal en los aviones tememos y deseamos a la vez que en el asiento contiguo nos toque un pasajero aún más aterrorizado, incapaz de disimular su aprensión. Uno de esos hombres o mujeres que se santiguan antes del despegue, más por superstición que por devoción; que clavan las garras en los brazos de la butaca y desde el primer instante nos transmiten su tensión; que pasan nerviosamente las páginas de un diario, un libro o una pantalla sin lograr leer una línea; que se sobresaltan al menor ruido nuevo y escrutan las expresiones de las azafatas en busca de indicios de anomalía o de normalidad. Puede que su palpable pánico nos contagie y aumente nuestra natural inquietud, y que acabemos el vuelo con la ropa tan arrugada y tan despeluchados como nuestro vecino o vecina: las medias con carreras, la corbata torcida y desanudada, la falda en el ombligo, el pelo como si hubiéramos viajado en un descapotable a toda velocidad. Pero también cabe que, al ver a alguien más despavorido que nosotros, nuestro temor amaine por contraste; que su comportamiento nos parezca tan desmesurado que reaccionemos distanciándonos de él, haciendo acopio de serenidad y sobriedad. Ante un semejante más triste que nosotros, podemos dejarnos arrastrar por su pena y sumarnos a ella multiplicándola, o bien sentirnos impelidos a mitigársela y tratar de alegrarlo. Lo mismo con los demás sentimientos o sensaciones que he enumerado al principio.

Nunca he sido muy optimista, creo, pero en los últimos tiempos me sorprendo al verme animando a la mayoría de las personas con las que hablo. El panorama es tan oscuro que el contagio general resulta casi inevitable. La queja y la preocupación continuadas, el pesimismo insistente, la subida abusiva de los precios de todo junto a la bajada de los salarios, la huida de los jóvenes, el paro que aumenta a insoportable ritmo desde que nos gobierna Rajoy, los despropósitos de sus ministros lunáticos, las insidiosas amenazas de Mas (cuya política es tan idéntica a la del PP que no se entiende por qué quiere separarse ahora; será que se siente incómodo como los gemelos univitelinos), todo ello es sumamente contagioso, se hace arduo sustraerse a sus efluvios nocivos y no seré yo quien culpe a nadie de hundirse en la desolación. Pero es tanta la que nos rodea que, aunque sólo sea por cansancio y por preservar un poco el espíritu, de pronto uno se encuentra, quizá en contra de su proclividad, alentando a familiares, amigos, conocidos; al peluquero, a la farmacéutica, al librero, a la pastelera, al jubilado, al colega y a todo dios. Los ve tan mohínos o angustiados que, sin mucha base ni argumentos, se descubre diciéndoles una y otra vez aquello de Cervantes: “Paciencia y barajar”, que ya vendrán cartas mejores. O bien: “Ningún Gobierno es eterno, y el actual tiene ya el tiempo contado, tan mal lo está haciendo y tanto se está enajenando a los ciudadanos a fuerza de ir contra ellos y nunca a su favor. Aunque el PSOE esté para el arrastre, serán los votantes quienes lo obligarán a ponerse en pie; y si no, a otro partido, tanto dará. La gente querrá deshacerse a toda costa de estos caballos de Atila. Si ya está hasta el gorro al cabo de un año, imagínese dentro de tres más de destrozos y humillación”.

Cada vez que oigo a alguien decir que, pese a todo, le va bien en lo que sea, lejos de mirarlo con desconfianza o inquina, como hacen muchos, me dan ganas de estamparle un par de besos de gratitud. (Siempre que no sea banquero, claro.) Qué alivio escuchar eso en medio de la jeremiada nacional. El contagio es tan abrumador que casi se juzga mal –como a un irresponsable o a un desaprensivo– a quien se atreve a confesar que aún se salva de la quema; que no puede evitar no desesperarse; que, a pesar de las perspectivas, piensa que en peores circunstancias nos hemos visto (lo sabemos los que vivimos bajo el franquismo) y que de ellas nos sacaron o conseguimos salir. Para mi estupefacción, me estoy convirtiendo en uno de esos irresponsables o desaprensivos. Hablo de mi vida privada, no de las columnas que escribo aquí, que cada semana salen como salen, y a veces ni siquiera me explico que salgan. Me disculpo ante los agoreros o descorazonados, a los que no faltan motivos para serlo o estarlo. Pero mi agradecimiento, mi admiración y mi afecto se dirigen ahora hacia los valientes simpáticos que no se dejan contagiar.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Noches armadas de Reyes