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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

Noches armadas de Reyes. Pérez-Reverte me está armando. Literalmente.

Javier Marías

Pérez-Reverte me está armando. Literalmente. Me está llenando la casa de armas, y la cosa, poco a poco, me va trayendo consecuencias. Para que nadie se escandalice con el puritanismo habitual de esta época, aclararé que se trata de réplicas inofensivas, pero tan bien hechas que parecen de verdad. Desde hace siete años, adoptó la amable costumbre de regalarme algo cada Navidad, quizá a raíz de la consulta que hube de hacerle sobre el funcionamiento de una vieja pistola Llama, para una de mis novelas. Él, ya saben, anduvo una larga temporada como corresponsal bélico, y entiende de estas herramientas. De hecho, por las descripciones que he leído en entrevistas, su casa debe de parecer, a estas alturas, un anexo del Museo de la Guerra. Así que, como casi todo coleccionista, me va inculcando su afición a golpe de cuchillos –moneda siempre por medio– y pistolas. La primera pieza, con todo, fue sólo un complemento: un bonito y favorecedor casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Zululandia y en otros lugares, que se unió al salacot que ya tenía, heredado de mi padre. Como imaginarán, es imposible disponer de algo así sin caer en la tentación de ponérselo de vez en cuando. En una ocasión una periodista extranjera me pilló con el casco en la cabeza, le abrí la puerta sin acordarme de que me lo había encasquetado hacía un rato. “De expedición, veo”, no pudo resistirse a decirme. Luego vino una bayoneta de Kalashnikov, y a continuación un puñal Fairbairn-Sykes, inspirado en los de los gangsters chinos de los años 30 y que fue el utilizado por los comandos británicos de la Segunda Guerra Mundial. Y después otro, el de los marines americanos (los dos últimos de hoja pavonada, para que no reluzca en la oscuridad y delate al que los empuña). Y ahora llevamos tres Navidades con armas de fuego: primero un Colt, yo diría que el modelo de 1873, pero que Jacinto Antón no me haga caso. Le siguió una Webley & Scott de 1915, también británica, con su correa y todo, y que no desentona lo más mínimo con el casco colonial (llamémoslo así) que inició esta tradición.

No hace falta decir que le correspondo con alguna antigüedad, si la encuentro: un larguísimo catalejo que perteneció a un ballenero de Hull, un abrecartas forjado por un soldado de la Primera Guerra Mundial, pone “Yser”, así que debió de hacerlo alguien que detuvo a los alemanes en ese río, en octubre de 1914. Como ven, mis regalos son más civiles. Pero claro, a medida que se ha producido la escalada armamentística en mi piso, noto que Aurora, mujer alegre y encantadora que viene a trabajar tres mañanas por semana, me mira de vez en cuando con una mezcla de preocupación y lástima. Como es también muy discreta, nunca me ha dicho nada ni me ha preguntado por la paulatina proliferación, pero, según crece el arsenal aparente, debe de pensar: “¿Pero qué le está pasando a este hombre? Si antes era de lo más apacible”. En cuanto a Mercedes, asimismo encantadora y que trabaja conmigo otras tres mañanas, advierto que a veces lanza miradas aprensivas, primero a mí, luego a las armas expuestas sobre una mesa, luego a mí de nuevo, como si temiera que un día me voy a abalanzar sobre ellas y a organizar un estropicio. Y cuando viene la risueña Carme unos días, ella sí enterada de la procedencia, cada vez que descubre una nueva le entra un ataque de risa y no puede evitar burlarse: “Pero dónde vas con tanta pistola. Sólo te faltan unas cartucheras cruzadas y un sombrero en la nuca para parecer Pancho Villa”. En suma, me he convertido en motivo de preocupación, temor y befa para quienes me rodean. No quiero ni imaginarme cuál será el veredicto de los periodistas que por aquí aparecen. Concluirán que soy un fanático.

El Capitán Alatriste ha echado por tierra el poco respeto que pudieran tenerme mis colegas académicos

Este año ha tocado una Luger, la icónica pistola alemana de 1908, y a Arturo no se le ocurrió otra cosa que llevármela hace cuatro jueves a la Real Academia Española. Aprovechando el “recreo” –el intervalo entre sesiones, en el que nuestros colegas departen civilizadamente en la Sala de Pastas–, nos fuimos a un pasillo alejado para que me enseñara el funcionamiento. Así que allí estábamos los dos, jugando con la réplica de la Luger y probándola como críos (“¿Te imaginas que hubiéramos tenido una tan perfecta de niños?”, me decía Pérez-Reverte, y yo le contestaba: “Habríamos tenido que esconderla, nos la habrían confiscado”), cuando hubo un inesperado desplazamiento de venerables –bueno, la mayoría–, y nos pillaron con las manos en la masa, apuntando a los techos, amartillando y dándole una y otra vez al gatillo. Algunos nos miraron con reprobación (los más pacifistas), otros con severidad (filólogos y lingüistas sobre todo, varios no suelen estar para bromas), otros con sobresalto (los más aprensivos, debieron de creer que era de verdad la pistola y que podíamos soltar un tiro en la docta casa, profanándola), y unos pocos se acercaron a participar del juego. El Profesor Rico, para variar, nos soltó una impertinencia: “¿Leoncitos a mí?”, nos dijo. “Vaya par de macarras estáis hechos, tratando de amedrentar a las lumbreras”. En fin, no sólo ha fomentado el Capitán Alatriste la desconfianza de mis allegados en casa, no sólo ha conseguido que los periodistas me tengan por un maniaco, sino que ha echado por tierra el poco respeto que pudieran dispensarme mis colegas académicos, que ya me verán para siempre como a un pueril irresponsable, un inconsciente. Eso sí, las armas son todas preciosas.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Contra el contagio universal (El País)

por Arturo Pérez-Reverte

Tengo la foto delante, mientras tecleo esto. Y me encanta. Ha sido tomada en una calle de Atenas, pero podría haber ocurrido en cualquier lugar de Europa; o, al menos, en no importa qué lugar de la Europa indignada, furiosa, que en los últimos tiempos, harta de tanto cuento, tanto recorte y tanta indecencia oficial, se echa a la calle, cada vez con más energía, para ajustar cuentas, o intentarlo, con la clase política y financiera: con los responsables últimos -los primeros, tampoco hay que olvidarlo, somos nosotros mismos- de la trampa siniestra en la que desde hace tiempo estamos metidos. Para escupir con dureza en la cara de esa casta desvergonzada, intocable en sus infames privilegios, que ha hecho de nuestras vidas su negocio y de Bruselas su criminal coartada.

La imagen tiene mucha fuerza. Muestra la primera línea de una manifestación violenta, de ésas con lanzamiento de piedras, barricadas y contenedores de basura incendiados. Está tomada de frente, desde el lado de la policía, abarcando el despliegue de manifestantes que se enfrentan a los antidisturbios: pañuelos cubriendo la cara, pasamontañas, cascos de motorista, sudaderas de felpa con la capucha subida. Algunos, prevenidos hasta lo profesional, llevan máscaras antigás, y al fondo tremolan algunas banderas rojas. El suelo entre ellos y los policías está alfombrado de piedras y trozos de ladrillo que acaban de volar por los aires. En realidad es una foto de guerra, pienso al mirarla. De esta otra guerra cercana, fruto natural de tantas mentiras, incompetencia, latrocinios e injusticias, que hace tiempo estalló en nuestras ciudades y corazones, y que canallas encorbatados se esfuerzan en negar, en desmentir, con sonrisas hipócritas, retórica imbécil y palabras huecas que a pocos lúcidos engañan.

El perro está en esa primera línea. Es un chucho de pelaje dorado y hocico flaco, y sin duda su amo es alguno de los manifestantes que, más próximos a él, se enfrentan a los policías: no sé si el que lleva puesto un casco de motorista o el que, a la izquierda de la imagen, se mueve medio agachado con una máscara antigás ocultándole el rostro y una bandera roja recogida en la mano. El perro está casi entre ambos, también en movimiento, abiertas las patas para plantarlas con coraje en el suelo, algo adelantada una de ellas, subidas las orejas por efecto de la acción. Le ciñe el cuello algo oscuro, que parece un collar o uno de esos pañuelos perroflautas tipo John Wayne. Y mira con resuelta atención hacia donde miran los hombres que están a su lado, entreabierta la boca como para un gruñido o un ladrido de cólera. No parece asustado en absoluto por el tumulto, ni intimidado con el estruendo de los pelotazos de la policía y los gritos de los manifestantes. Está allí, valeroso, firme, corriendo leal junto a su amo, dando la cara en plena refriega como dispuesto, también él, a abalanzarse contra las barreras de la ley y el orden establecidas por los de siempre.

Uno tiene el lacrimal reacio, a estas alturas. Sin embargo, o quizá por eso, consuela comprobar que todavía hay cosas que te remueven otras cosas por dentro. La estampa de ese perro decidido, fiel, enfrentado a la policía sin abandonar a su amo en plena refriega, es una de ellas. Lo miro en la foto y, mientras sonrío, se me ocurre que quizá no esté ahí sólo por eso. A su manera, sin saberlo, puede que ese chucho también libre su propia guerra antisistema. Batiéndose no sólo por su amo, sino por sí mismo. Por sus colegas: cachorrillos regalos de Navidad que meses más tarde acabarán abandonados en una cuneta; por los perros maltratados, apaleados hasta morir por canallas sin conciencia; por los que acaban ahorcados en el monte cuando son viejos, arrojados vivos a un pozo o liquidados de un escopetazo; por los que enloquecen amarrados con dos metros de cadena o mueren de hambre y sed; por los que son sacrificados sin necesidad pudiendo salvarse; por los que nadie reclama y acaban deslizando su sombra por el corredor de la muerte; por los que infames sin escrúpulos utilizan en peleas clandestinas donde se juegan enormes cantidades de dinero; por esos perrillos drogados que, ante la pasividad de las autoridades, algunos mendigos utilizan para mover a piedad y luego se desembarazan oscuramente de ellos... Y sí. Miro la foto del perro antisistema que se enfrenta a la policía en una calle de Atenas y concluyo que tal vez también él tenga cuentas propias que ajustar. Y que todo será más noble y luminoso mientras junto a un hombre que lucha haya un buen perro valiente.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

 

Hoy, con el VII C, vamos a hablar de Andalucía. Cada alumno va a buscar material, lo va a publicar en la página del blog y lo va a comentar.

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Estamos trabajando en él ahora. Ya tenemos material que los alumnos están publicando en el blog.

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¿Qué es el encierro?

16 Junio 2009

El encierro es el acto más conocido y más celebrado de las Fiestas de San Fermín de Pamplona. Su fama es mundial, y anualmente miles de personas de todas las partes del mundo acuden a Pamplona a disfrutar de los sanfermines y la más conocida carrera de toros. En el encierro, cientos de personas corren delante de seis toros bravos por las calles en un recorrido vallado por el casco antiguo de la capital navarra.

¿Cuándo se celebra?
El encierro se celebra cada año del día 7 al 14 de julio, a las 8:00 de la mañana. Son por tanto 8 encierros en total cada año.

El día 6 de julio, inicio de los sanfermines, no hay encierro, ya que el inicio de las fiestas es a mediodía.

El día 15, una vez finalizadas las fiestas, hay una pequeña parodia del encierro, más conocido como “encierro de la villavesa o “encierro del día 15″, a cargo de los últimos jueguistas, que se resisten a dar las fiestas por terminadas.

¿De dónde proceden los corredores del encierro?
El encierro es, cada vez más, un evento internacional. Ni toda la gente de Pamplona corre el encierro, ni todos los corredores del encierro son de Pamplona. El número de corredores experimentados que no son de Pamplona crece añoa a año. Vascos, madrileños, catalanes, australianos, nórdicos, americanos, … Los encierros no entienden de nacionalidades.

¿Cuánto dura el encierro?
Un encierro sin complicaciones suele durar sólo unos 2 ó 3 minutos. Si algún toro resbala y queda rezagado, la carrera puede complicarse y durar más.

¿Qué longitud tiene el recorrido del encierro?
El recorrido tiene algo más de 800 metros, con un tramo inicial en pendiente ascendente algo pronunciada y el resto de los tramos con una leve pendiente ascendente. Los tramos del encierro son: Santo Domingo,Plaza del Ayuntamiento, Mercaderes, Estafeta, Telefónica, Callejón y Plaza de Toros.

¿Qué requisitos hay para correr en el encierro?
Básicamente, ninguno, más allá de cumplir una serie de básicas normas para correr el encierro. Para participar no hay que apuntarse en ningún sitio (es gratuito, sí). El acceso se realiza por los lugares señalados (Plaza del Mercado y Plaza del Ayuntamiento). Si respetas las normas y eliges un tramo adecuado, disminuirás el riesgo de tener algún percance.

¿Qué cantan los corredores antes del encierro?
Poco antes del comienzo del encierro, los mozos que correrán en el tramo de Santo Domingo, se encomiendan a la imagen del patrón colocada en una hornacina y adornada con los pañuelos de las peñas. cántico a San Fermín se repite por tres veces, solicitando al santo su protección durante la inminente carrera.

¿Qué significan los cohetes que se tiran durante el encierro?
Un primer cohete anuncia la apertura de la puerta y el inicio de la carrera de los toros. Enseguida, un segundo cohete indica que todos los toros están ya en la calle. El encierro está lanzado. Cuando todos los toros alcanzan la plaza, se lanza un tercer cohete. El cuarto y último cohete indica que todos los toros han entrado en los corrales de la plaza, y el encierro ha terminado.

¿Cuántos toros corren el encierro?
Seis toros seis, como te dijimos antes. Los mismo que se lidiarán en la corrida de la tarde.

¿Cómo son los toros?
Grandes. Y peligrosos. Y ojo: no siempre son negros. Pesan alrededor de 600 kilos y sus cuernos impresionan. Suelen ser negros, pero no son extraños los toros castaños (marrones) o casi blancos. No te confíes y los vayas a confundir con los cabestros (o mansos).

¿Qué son los cabestros?
Los cabestros, también llamados mansos, conducen y arropan a los toros durante el encierro, abriendo y cerrando la manada. Se distinguen por su morfología, pero también por el cencerro que llevan colgado del cuello. Los bueyes del encierro conocen el recorrido porque lo repiten cada mañana. Marcan un ritmo sostenido de la manada, ayudan a despejar el camino (especialmente en los días en los que existe gran densidad de corredores) y probablemente con su lenguaje y comportamiento ayuden a tranquilizar los nervios de unos toros asustados. Al final de la manada, dos o tres cabestros escoba “barren” el recorrido con el objetivo de recoger a los toros que pudieran haber quedado descolgado de la manada como consecuencia, generalmente, de alguna caída.

¿Cómo se denomina el encierro en otros idiomas?
En inglés se le llama habitualmente running of the bulls, si bien se utilizan también a veces los términos running with the bulls y bull running. En francés, el encierro es conocido como course de taureaux o como course de taureaux dans les rues.

http://www.youtube.com/watch?v=RjzJtiWURc8

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Restaurante dentro de la escuela

Pongo el montaje de nuestra actividad sobre la cocina espanola. Toni preparo tapas, paella y un poco de sangria para los adultos. Las chicas ayudaron al chef a servir las tapas. El Jefe II (deWOLDEMAR I) tosto el pan. El Cubanito Jon Jay no hizo nada especial, Boca Junior se burlo de las camareras, el Roberton jugo con el movil. En general todos lo pasaron fenomenal. La comida de Toni salio buenisima y lo disfrutamos todos.

http://www.youtube.com/watch?v=OND_FF2OTaQ