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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

defenderse de insultos

por Robert Lozinski

Desgraciadamente una de las entradas que más comentarios "ha cosechado" es "Me cago en esos putos rumanos". Se trata de un tema compuesto por un artista español moderno. Sus razones tendría ese artista. Visto así, yo también tengo mis motivos de aligerarme en su puta madre. Empatados. Y ahora vamos a ver. He dejado a mis alumnos que se expresen libremente al respecto, que se defiendan, que den rienda suelta a su, a mi juicio, legítimo enfado. Así aprenden a expesarse en el castellano vulgar, cada vez más blogalizado. Que no se queden cortos, vamos.

¡Ojo! He dicho "dejado" no "animado".  Para que no digan luego que el profe que han tendido ni siquiera les ha enseñado a defenderse de los insultos. La cosa parece ser muy necesaria teniendo en cuenta la cantidad de improperios que fluyen a chorros en una lengua tan hablada como es el español.

Pero también para ofender hay que tener cabeza y criterio. Una retahíla de tacos sin pies ni cabeza simplemente aburre. Así que, los que se dan una vuelta por nuestro patio, que dejen de dar la lata con cosas sin sentido. Por favor.

por Robert Lozinski

También se aprende con los temas musicales. El caso es que hay que ponerles temas que ellos prefieren. A su edad se va más por el ritmo que por la letra pero, si les ayudas a descifrar la letra la canción, les acaba gustando más y se la pasan de uno a otro con entusiasmo. Pongo abajo unos temas que mayor impacto han tenido

Musica:Emanero: Más tenemos, más queremos

Calle 13 – Muerte En Hawaii

Me gustas Tu- Manu Chao

Juanes – La camisa negra

Manu Chao – Clandestino

Jarabe de Palo – La Flaca

Jarabe de Palo- El Lado Oscuro

Depende-Jarabe de Palo

Funky – Ella Quiere Que La Miren.

Jarabe de Palo – Agua

Bienvenidos a mi Mundo- Nova y Jory, Syko & Cosculluela

Manu Chao – Si me das a elegir

Somos Pacifico -ChocQuibTown

Anúnciate: Aviso a los Tuquis 5: Mi Burrito Sabanero. Interpretan Los Tuquis del VI-C:Los Gipsy Kings y Los Tuquis: Los peces en el río

Blog el maestro II

por Robert Lozinski

Cuando trabajamos en Punto y aparte son los alumnos los que crean sus propios contenidos y los comentan luego. Pueden ser relatos cortos, artículos con temas que les interesan, cuentos sobre la vida. Escriben en su casa y yo los corrijo desde mi ordenador o en la clase con la corrección inmediata y el comentario de errores. A continuación pongo unos cuantos.

Espectacular: Copos de Nieve (de un alumno del VII, Stefan Boca, estreno periodístico en el Blog)

Punto y aparte: La vida

Punto y aparte: Fuerza de la Palabra

Punto y aparte: El periódico “Las chiquitas”

Punto y aparte: Poema

Punto y aparte: Los creps

Punto y aparte: tus sueños por Ana Bulgaru olé

Punto y aparte: Poema de amor(comida)

Punto y aparte: Cuento Navideño

por Arturo Pérez-Reverte

 

El otro día, en Twitter, un bobo escribió algo que me tiene caliente: «La cultura debe ser de acceso libre y gratuita». El fulano criticaba un artículo de Javier Marías en el que éste, con argumentos de peso y conocimiento del asunto, señalaba el grave perjuicio económico que para editores, libreros y autores supone la piratería electrónica en España: uno de los países europeos donde, con desvergonzado beneplácito gubernamental, más impunemente se piratea literatura en la red; hasta el punto de que las ventas cayeron el año pasado hasta el 70% del anterior, con el desastre que eso supone para cuantos viven de la industria del libro.

Y ya que hablamos de desvergüenza y gobiernos, palabras sinónimas, no estaría de más recordar que Ignacio de Luzán, literato aragonés, escribió en el siglo XVIII: «Sólo un Estado organizado y fuerte, liberal y protector con sus artistas, pensadores y científicos, es capaz de proveer al progreso material y moral de la Nación». Dejando aparte el toque absolutista propio de su tiempo, la idea básica sigue siendo válida, y explica muchos males de ahora. Sin cultura no hay educación, sin ésta no hay futuro, y los gobiernos -en democracia, con la colaboración de los ciudadanos responsables- deben garantizar su desarrollo y beneficios generales.

En España ocurre todo lo contrario, y sobre todo con el gobierno de Mariano Rajoy -tan aficionado, por otra parte, al fútbol y al ciclismo- que en materia de cultura hace que Zapatero y su chusma de iletrados e iletradas parezcan la escuela de Atenas. En vez de garantizar la cultura y proteger a sus creadores, esta pandilla desprecia todo lo relacionado con ella, y lo hace de un modo tan infame que acabas preguntándote si tiene cuentas por saldar. En un país donde un producto cultural tiene el mismo trato fiscal que una camiseta de Zara; donde a un director de cine, a un músico o un novelista el ministerio de Hacienda los mete en el mismo grupo que a actrices porno, futbolistas o pedorras de la telebasura, el ministro Montoro encabeza, desde el primer día de gobierno del Pepé, una campaña de acoso e intimidación fiscal nunca antes vista a cuanto tiene que ver con la cultura. Exprimirla sin miramientos, es la idea. Pero a nadie, ni en este miserable Gobierno ni en el anterior, se le ocurre nunca proteger sus derechos. Su trabajo. Su futuro.

Lo contaba Javier Marías en el artículo que mencioné antes. Dos años de esfuerzo en una novela obtienen a cambio el 10% sobre su precio. Si la novela se vende a 20 euros, el beneficio para el autor son 2 euros por cada libro: 10.000 ejemplares vendidos supondrán 20.000 euros de salario por dos años, lo que no es demasiado, sobre todo si se tiene en cuenta que cuando alguien invierte dos años de su vida en escribir una novela, nada le garantiza que ésta vaya a venderse. Eso, sin contar viajes, materiales, inversiones previas necesarias para escribir la obra. En cuanto al libro electrónico legal, si el precio es de 8 euros, el beneficio para el autor será de 0,80 euros. Eso significa que cada lector que baje por la patilla esa novela de la red le estará robando a Javier, a mí, a quien se dedique a esto, entre 0,80 y 2 euros, según el soporte. Lo que significa que 5.000 lectores piratas, a cambio de libros gratis que quizás ni lean, habrán robado al autor entre 4.000 y 10.000 euros. Sin contar el daño hecho a editores y libreros, y a quienes para ellos trabajan. Porque no hablamos sólo de autores, sino de toda una compleja industria y de los miles de personas, empleados y sus familias, que viven de ella.

Algo semejante ocurre con músicos y cineastas. Por eso se desploma el mercado de la cultura, entre quienes la consumen menos y quienes no pagan por ella. Hay esfuerzos y gastos previos imposibles si la rentabilidad es poca. Fabricar cultura es un trabajo como cualquier otro, y exige una remuneración adecuada, sobre todo si ese trabajo es tu medio de vida. Además, un escritor o un artista suelen tener fecha de caducidad, como los yogures, y tal vez esa persona aún deba vivir muchos años de lo que ganó en un momento de éxito. Creer que la cultura es algo que los autores fabrican en ratos libres, por diversión y sin esfuerzo, es una estupidez en la que incurren muchos. Así que calculen lo que pasa cuando las ventas legales caen en picado. Y si eso sucede con autores superventas, que aún se las apañan, consideren lo que espera a los autores modestos. Quién podrá permitirse, de aquí a nada, dedicar dos años a crear algo sabiendo que después no cobrará por ello. Imaginen a un abogado, un arquitecto, un fontanero, a los que no pagaran sino tres de cada diez clientes. Si este trabajo lo quieres gratis, dirían, que lo haga tu puta madre.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

por Robert Lozinski

Me doy cuenta de que los alumnos me necesitan cada vez menos. Tienen a Google, el profesor  universal, al que acuden con un solo clic y les contesta en seguida a cualquier pregunta, por "cursi" que sea sin poner cara de vinagre ni preguntarles ¿cómo es posible que no lo sepas? ¿Qué le vamos a hacer? Así son son los tiempos. Pizarras listas por encerados, tabletas por cuadernos, teclados por lápices. En unas palabras, tecnologías por personas. A ellos parece encantarles estos cambios. La pregunta es cómo transformarlos en herramientas de aprendizaje.

Pronto se van a cumplir dos años desde que El Blog de Los Cervantinos funciona. Lo utilizo en clase para trabajos on line que son los que más les van. Ellos comentan alguna noticia o escriben y publican un artículo mientras que yo, como editor, los corrijo en seguida y les indico los errores. Es la parte que más me gusta también a mí porque tiene dinámica y es muy divertida. Mientras redactan algo, lo que sea, me preguntan palabras o cómo expresar mejor en español esto o aquello. El ambiente es de ruidosa empresa. Las categorías más utilizadas fueron En clase y Punto y aparte. En clase es donde les pongo tareas en vivo. En Punto y aparte escriben relatos que yo corrijo luego. Con satisfacción he observado que el nivel de muchos alumnos ha mejorado. Para algo ha servido todo este esfuerzo.

Hemos desarrollado sesiones con tema común. Es decir, les pongo una entrada (un relato, la letra de una canción, un artículo). Los alumnos la leen, se apuntan las palabras o expresiones desconocidas y luego hacen sus comentarios que yo corrijo sobre la marcha. Es cómoda para el profesor porque los tiene mejor controlados.  Al final los dejo que se comenten entre ellos algo que al parecer les gusta mucho. Pongo aquí unas cuantas.

En clase: Encierro San Fermín (para el VII C)

El padre más decepcionado del mundo dice la verdad a sus hijos(el confidencial)

En clase (hijos adolescentes)

Noches armadas de Reyes. Pérez-Reverte me está armando. Literalmente.

Javier Marías

Pérez-Reverte me está armando. Literalmente. Me está llenando la casa de armas, y la cosa, poco a poco, me va trayendo consecuencias. Para que nadie se escandalice con el puritanismo habitual de esta época, aclararé que se trata de réplicas inofensivas, pero tan bien hechas que parecen de verdad. Desde hace siete años, adoptó la amable costumbre de regalarme algo cada Navidad, quizá a raíz de la consulta que hube de hacerle sobre el funcionamiento de una vieja pistola Llama, para una de mis novelas. Él, ya saben, anduvo una larga temporada como corresponsal bélico, y entiende de estas herramientas. De hecho, por las descripciones que he leído en entrevistas, su casa debe de parecer, a estas alturas, un anexo del Museo de la Guerra. Así que, como casi todo coleccionista, me va inculcando su afición a golpe de cuchillos –moneda siempre por medio– y pistolas. La primera pieza, con todo, fue sólo un complemento: un bonito y favorecedor casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Zululandia y en otros lugares, que se unió al salacot que ya tenía, heredado de mi padre. Como imaginarán, es imposible disponer de algo así sin caer en la tentación de ponérselo de vez en cuando. En una ocasión una periodista extranjera me pilló con el casco en la cabeza, le abrí la puerta sin acordarme de que me lo había encasquetado hacía un rato. “De expedición, veo”, no pudo resistirse a decirme. Luego vino una bayoneta de Kalashnikov, y a continuación un puñal Fairbairn-Sykes, inspirado en los de los gangsters chinos de los años 30 y que fue el utilizado por los comandos británicos de la Segunda Guerra Mundial. Y después otro, el de los marines americanos (los dos últimos de hoja pavonada, para que no reluzca en la oscuridad y delate al que los empuña). Y ahora llevamos tres Navidades con armas de fuego: primero un Colt, yo diría que el modelo de 1873, pero que Jacinto Antón no me haga caso. Le siguió una Webley & Scott de 1915, también británica, con su correa y todo, y que no desentona lo más mínimo con el casco colonial (llamémoslo así) que inició esta tradición.

No hace falta decir que le correspondo con alguna antigüedad, si la encuentro: un larguísimo catalejo que perteneció a un ballenero de Hull, un abrecartas forjado por un soldado de la Primera Guerra Mundial, pone “Yser”, así que debió de hacerlo alguien que detuvo a los alemanes en ese río, en octubre de 1914. Como ven, mis regalos son más civiles. Pero claro, a medida que se ha producido la escalada armamentística en mi piso, noto que Aurora, mujer alegre y encantadora que viene a trabajar tres mañanas por semana, me mira de vez en cuando con una mezcla de preocupación y lástima. Como es también muy discreta, nunca me ha dicho nada ni me ha preguntado por la paulatina proliferación, pero, según crece el arsenal aparente, debe de pensar: “¿Pero qué le está pasando a este hombre? Si antes era de lo más apacible”. En cuanto a Mercedes, asimismo encantadora y que trabaja conmigo otras tres mañanas, advierto que a veces lanza miradas aprensivas, primero a mí, luego a las armas expuestas sobre una mesa, luego a mí de nuevo, como si temiera que un día me voy a abalanzar sobre ellas y a organizar un estropicio. Y cuando viene la risueña Carme unos días, ella sí enterada de la procedencia, cada vez que descubre una nueva le entra un ataque de risa y no puede evitar burlarse: “Pero dónde vas con tanta pistola. Sólo te faltan unas cartucheras cruzadas y un sombrero en la nuca para parecer Pancho Villa”. En suma, me he convertido en motivo de preocupación, temor y befa para quienes me rodean. No quiero ni imaginarme cuál será el veredicto de los periodistas que por aquí aparecen. Concluirán que soy un fanático.

El Capitán Alatriste ha echado por tierra el poco respeto que pudieran tenerme mis colegas académicos

Este año ha tocado una Luger, la icónica pistola alemana de 1908, y a Arturo no se le ocurrió otra cosa que llevármela hace cuatro jueves a la Real Academia Española. Aprovechando el “recreo” –el intervalo entre sesiones, en el que nuestros colegas departen civilizadamente en la Sala de Pastas–, nos fuimos a un pasillo alejado para que me enseñara el funcionamiento. Así que allí estábamos los dos, jugando con la réplica de la Luger y probándola como críos (“¿Te imaginas que hubiéramos tenido una tan perfecta de niños?”, me decía Pérez-Reverte, y yo le contestaba: “Habríamos tenido que esconderla, nos la habrían confiscado”), cuando hubo un inesperado desplazamiento de venerables –bueno, la mayoría–, y nos pillaron con las manos en la masa, apuntando a los techos, amartillando y dándole una y otra vez al gatillo. Algunos nos miraron con reprobación (los más pacifistas), otros con severidad (filólogos y lingüistas sobre todo, varios no suelen estar para bromas), otros con sobresalto (los más aprensivos, debieron de creer que era de verdad la pistola y que podíamos soltar un tiro en la docta casa, profanándola), y unos pocos se acercaron a participar del juego. El Profesor Rico, para variar, nos soltó una impertinencia: “¿Leoncitos a mí?”, nos dijo. “Vaya par de macarras estáis hechos, tratando de amedrentar a las lumbreras”. En fin, no sólo ha fomentado el Capitán Alatriste la desconfianza de mis allegados en casa, no sólo ha conseguido que los periodistas me tengan por un maniaco, sino que ha echado por tierra el poco respeto que pudieran dispensarme mis colegas académicos, que ya me verán para siempre como a un pueril irresponsable, un inconsciente. Eso sí, las armas son todas preciosas.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Contra el contagio universal (El País)