Skip to content

About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

La Novena Compañia (2005)

La novena compañía es una película rusa sobre la guerra de Afganistán. Tremenda, realizada a partir de hechos reales, donde los actores, unos chavales entre 18 y 22 años interpretan a personajes que murieron o que han sobrevivido al infierno y llegaron a contarlo. No es candidata al Oscar ni lo va a ser nunca, aunque se merece por lo menos un par de estatuillas doradas.

Cuando la vi me acordé de lo que me contaban amigos de la infancia, mayores que yo, que habían sido enviados allí, o compañeros de la facultad que estuvieron en el frente afgano. Nos enseñaban también fotos, rostros risueños que reflejaban serenidad y sensatez propias de personas que saben apreciar la camaradería, el pestañeo de unos ojos de mujer o un simple día con sol. El brindis preferido de estos chicos en las innumerables juergas que montábamos casi a diario era el invariable: Por seguir estando vivos. ...continue reading "La novena compañia"

6

por Almudena Grandes

Cuando lo vio entrar por la puerta, no supo qué pensar.

Lo conocía desde hacía más de veinte años, y desde entonces le caía gordo, aunque no había podido evitarlo porque estaba casado con la hermana mayor de su mujer. Si hubiera sido por él, habría limitado el contacto a las cenas de Nochebuena y los cumpleaños de sus hijos, pero a su mujer le encantaba ir a su casa, que salieran los cuatro de vez en cuando, y pasar unos días cada verano en su chalet de la playa. Aquella afición, fuente de innumerables broncas, había estado a punto de dar al traste con su propio matrimonio. Porque a Pascual le gustaba mucho su mujer, siempre se habían llevado muy bien, pero no podía soportar que admirara tanto a aquel cretino con dinero, que no fuera capaz de ver su arrogancia, su petulancia, que le comparara en silencio con él a todas horas. Pascual era una buena persona, un hombre honesto que trabajaba como una mula en su bar, un local que abría casi de sol a sol, desde la hora del desayuno hasta la de la cena. Así había podido salir adelante, sacar adelante a su familia, tener todas las deudas pagadas y hasta ahorrar un poco. Antes de la crisis pensaba destinar sus reservas a la compra de un chalet en la playa, no tan grande, ni con tanto jardín, ni tan cerca del mar como el de su cuñado, un simple adosado, capaz sin embargo de satisfacer el más antiguo de los deseos insatisfechos de su pareja. No lo había hecho. Los tiempos no estaban para dispendios, y aquel colchón le había permitido capear el temporal sin despedir a nadie, sin reducir turnos ni bajar los sueldos. Tampoco había podido subirlos, pero sus empleados se daban con un canto en los dientes.

Como tantos españoles, Pascual se había acostumbrado a la crisis, a comprar lo justo, a no acumular pedidos, a llenar las vitrinas de la barra con las tapas que podía vender y ni una más, a mimar a sus clientes. Y no le iba mal. Estaba empezando a pensar que le iba incluso bien la noche que su cuñado escogió para llamarle por teléfono. Siempre llamaba un instante después de que él se dejara caer en el sofá, reventado tras una jornada entera de pie, detrás de la barra, cuando todavía no había terminado de llenar la copa de vino tinto con la que se premiaba antes de tomar un bocado viendo una película empezada en la televisión. Siempre llamaba en ese momento, pero esta vez el tono era distinto. No iba a proponerle un negocio estupendo, ni iba a hacerle un favor contándole lo bien que se llevaba con el director de su sucursal bancaria, ni quería convencerle de que sacara a los niños del instituto para llevarlos al colegio al que iban los suyos, ni contarle que le había comprado a Pili unas perlas muy buenas y muy bien de precio, y “quería decirte dónde las he conseguido”, por si le interesaba quedar bien con su mujer… No, nada de eso. “Si te viene bien, mañana me gustaría pasarme por el bar para hablar un rato contigo”. Eso fue lo que le dijo, y al día siguiente, al verle entrar por la puerta, Pascual no supo qué pensar, porque no supo quién era el hombre que venía a visitarle.

Por fuera todo era igual. Un abrigo de pelo de camello sobre los hombros, un traje azul, impecable, una corbata con la marca en el estampado, y todo tan bien planchado como el pelo canoso, ondulado sobre su cráneo. Por fuera sí, pero por dentro todo había cambiado. Lo vio en sus ojos extrañamente huidizos, en el temblor de sus labios al saludarle, en la insistencia con la que enrollaba y desenrollaba entre los dedos una tira de papel desde que se sentaron juntos a una mesa.

–¿Qué quieres tomar?

Primero hizo un gesto de desgana universal, como si no le apeteciera ninguna de las cosas de este mundo. Luego pidió una cerveza, pero apenas se mojó los labios con la espuma.

–Verás, Pascual… Yo he venido a pedirte un favor.

La cerveza le resultó útil sólo para mirarla, para tocarla, para darle vueltas al vaso sobre la mesa mientras hablaba sin levantar la vista hacia su interlocutor, que escuchó en silencio un discurso ordenado y fluido, tan bien trabado como si su cuñado lo hubiera ensayado minuciosamente ante el espejo. Y ni aun así se creyó lo que acababa de oír.

–Pero, hombre… ¿Qué trabajo le voy a ofrecer yo a tu hija? Aquí, ya ves, o servir mesas o estar en la cocina haciendo tapas, y una chica como ella, con carrera y varios idiomas y…

Su cuñado no le dejó seguir. También se había preparado esa réplica. Cuando terminó, Pascual se miró por dentro, se preguntó a sí mismo si se podía ser más tonto, y contestó que bueno, que la esperaba el día siguiente a las ocho en punto de la mañana.

www.almudenagrandes.com

elpaissemanal@elpais.es

Volar a mi aire

Mi vida es esto.
Buscar a dios en los rayos de sol que calientan mi terraza.
En los trinos de los pájaros.
En el ladrido del perro que, a lo lejos, arruina la siesta de algún vecino
En el jaleo de las palmas que acompañan a la guitarra que Paco de Lucía
toca mientras yo escribo,
Quién estuviera ahora en Cádiz, con este whisky frente al Atlántico.
Quién pudiera volver a amarte con aquella furia salada.
.

Mi vida es esto.
Tomar decisiones y buscar en el espejo
las manchas que han parido sobre mi piel.
Cada arruga es una cicatriz de guerra
que no quiero ocultar.
Mi cara es el espejo de mi alma,
y la llevo lavada, descubierta, desnuda para ti.

Volar, volar, volar
ay, volar yo sólo quiero volar,
yo sólo quiero vivir a mi aire.

por Sergiu Lozinski, del V C

Una noche Juan paseaba por el pantanal en una barca. De repente vio unos ojos brillantes y oyó un croar y una voz ronca que decía:

- ¿Te puedo ayudar?

- ¿Quién ha dicho esto?

- Yo.

- No te veo.

- Estoy en la roca, delante de ti

- ¿Quién eres tú?

- Soy el Sapo de la Sabiduría y mi deber es responder a las preguntas de la gente.

-¿Me puedes decir cómo puedo salir del pantanal?

- Sí, gira a la derecha, tras el tronco hueco y sigue todo recto a lo largo de las charcas apestosas.

- Gracias. ¿Quieres venir a mi casa para ayudarme con los deberes?

-¿Tienes agua en casa?

-Sí. Puedes vivir en la bañera.

- Muy prometedor. Pero quiero unas pequeñas cosas.

- ¿Qué quieres?

- Un poco de fango, dos o tres nenúfares y una piedra redonda.

- Puedo darte todo eso pero ¿qué alimentos prefieres?

- Puedo sobrevivir sólo con moscas y cucarachas.

- Bien, buscaré en el jardín. Allí seguro los tengo.

El sapo saltó en la barca y fueron juntos a casa.

Es una especie de espectáculo por internet donde los alumnos del Liceo Cervantes van a presentar sus números artísticos. Los temas son libres. Pueden organizarse en equipos o lo pueden montar solos. Lo más importante es que todo lo que hagan lo pongan en español.

Un saludo.

Unos ojos verdes una muchacha de ojos verdes
Unos ojos verdes: muchacha de ojos verdes fată cu ochi verzi

Unos ojos verdes

Eran verdes... Y él nunca había visto unos ojos así, del mismo tono que las hojas de un árbol tierno. Erau verzi... Iar el nu mai văzuse pâna atunci astfel de ochi, cu aceeaşi nuanță a frunzelor unui copac tânăr.

colores y tonos culori şi nuanțe: marrones maro, cafenii, verdoso verzui, castaño căprui /şaten, aceitunado de culoarea măslinei/măsliniu (aceituna măslină), azul albastru

...continue reading "Unos ojos verdes"

Vivir fuera ("Todo el mundo necesita verse desde fuera para saber quién es")

Vivir fuera. Todo el mundo necesita verse desde fuera para saber quién es
Vivir fuera por Javier Cercas

Hace un cuarto de siglo viví fuera de España durante dos años, en Estados Unidos, no lejos de Chicago. Por entonces yo era muy joven y quería ser norteamericano; mejor dicho: quería ser un escritor norteamericano; mejor dicho aún: quería ser un escritor norteamericano postmoderno. Vivir fuera me enseñó algo importante: que yo era español –o al menos esa mezcla de extremeño y catalán que quizá sólo se puede llamar español– y que en consecuencia tenía que resignarme a ser un escritor español. Fue una decepción tremenda, de la que intenté vengarme entregándome con entusiasmo a las cosas que se supone que hacemos los españoles: comer a las tres de la tarde, dormir la siesta, hablar a grito pelado y demás salvajadas por el estilo. He vuelto a hacerlo. Quiero decir que he vuelto a vivir fuera, esta vez en Berlín, donde he pasado cuatro meses en la Universidad Libre, hablando de Borges. Por cierto que sólo ahora he descubierto que yo no era tan original como me creía, y que, para saber quién es, todo el mundo necesita verse desde fuera. Borges, sin ir más lejos, necesitó vivir siete años en Europa, cuando era apenas un chaval, para descubrir que era argentino, y por eso (o porque decidió hacer de la necesidad virtud) su primer libro se tituló Fervor de Buenos Aires, igual que los herederos legítimos de Borges tuvieron que querer ser escritores franceses o norteamericanos y tuvieron que vivir varios años en Europa para descubrir que eran latinoamericanos. Uno no vive fuera para descubrir a los demás, sino para descubrirse a sí mismo.

No sólo para eso, claro. A veces hay que vivir fuera para ganarse la vida; a veces dan ganas de hacerlo para aliviarse de las neurosis nacionales, o porque a uno le vence la sensación de vivir en un país frío y feroz, moralmente abyecto. Un país donde va a la cárcel quien roba diez euros y no quien roba diez millones. Donde la vida pública parece un estercolero en el que hozan sinvergüenzas especializados en dar lecciones de ética y mentirosos disfrazados de paladines de la verdad. Donde la televisión da asco y pena, mientras que las escuelas, las universidades y las librerías sólo dan pena...  el país semanal

¿Por qué nos marchamos?