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por Almudena Grandes

Hay muchas cosas buenas que salen gratis. Pasear por la mañana temprano, cuando el sol es tierno, tímido como la brisa que coquetea con las hojas de los árboles. Caminar de madrugada por calles tan llenas de gente como en los mediodías del invierno, para asombrarse de la euforia silenciosa de las parejas que se besan en los bancos, o apoyadas en los pilares de las plazas porticadas. Los que viven cerca del mar lo tienen fácil, pero también es una fiesta meter en una tartera la comida prevista para consumir en casa, despacharla sobre una manta, en la hierba de algún parque, y tumbarse después a la sombra. Asistir a los conciertos de las bandas que suelen tocar en quioscos de parques y plazas mayores los domingos por la mañana. Y frecuentar las bibliotecas públicas, mientras duren.

Hay muchas cosas buenas que salen muy baratas. Una botella de vino para beberla despacio, en casa, al atardecer y entre amigos. Un buen libro de bolsillo, que proporciona una emoción que dura más que el vino y cuesta casi lo mismo. Un cine de verano, el lugar ideal para hacer manitas. Una ración de ensaladilla rusa y dos cañas, en la terraza de un bar cualquiera, antes o después del cine de verano. Enamorarse es un milagro todavía más barato, tan caro que, sin embargo, no se puede fabricar.

El verano es el tiempo de la felicidad. Apúrenlo y no piensen en el invierno que nos espera. Porque nuestros abuelos lo tuvieron muchísimo peor que nosotros y si no hubieran vivido, si no hubieran sabido disfrutar de la vida, si no se hubieran enamorado en tiempos atroces, nosotros no estaríamos aquí. Si existe una cosa que sabemos hacer bien los españoles es ser pobres. Lo hemos sido casi siempre, pero eso no nos ha hecho más desgraciados, ni más tristes que los demás. Recuérdenlo y sean felices, porque la felicidad también es una forma de resistir.

por Juan José Millás

De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, lo coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no?

por Arturo Pérez-Reverte

Me envía la fotografía mi amigo Jorge Ginés, que la hizo el otro día en una calle de Gijón. Y al primer vistazo, la imagen no tiene nada de particular: en el Muro, frente a la playa, una señora está sentada en un poyete junto a una maleta abierta y un tenderete improvisado en el suelo, vendiendo cosas. Jorge iba caminando con su cámara en la bolsa, advirtió la escena e hizo la foto casi sin detenerse. Clic. Reflejos automáticos de buen fotógrafo. De buen cazador de imágenes, de vida, de condición humana. Luego siguió camino, reflexionando sobre la imagen. Analizando despacio lo que había fotografiado. Dándose cuenta. Y es lo que me ocurre a mí en este momento. Tengo la foto delante, impresa. Y el comentario de Jorge: «Vi en ella a mi abuela, a mi madre, a la madre de cualquier amigo».

Yo también. Así que maldita sea su estampa. Maldito sea Jorge, que de ese modo, sin que yo se lo pida -buenas dosis llevo ya en el cuerpo, con sesenta tacos de almanaque y exactamente mil artículos escritos en esta página- me inyecta tristeza y me hace compartir su desolación. Que me implica y remueve, con su puñetera foto, más de lo que en los últimos meses ha conseguido la retórica injustificable de los incompetentes, la torpeza de los estúpidos, la demagogia de los oportunistas, la contumacia de los canallas. Con sólo una cámara, unos minutos de su tiempo y el acto responsable de darla a conocer. El acto de buen fotógrafo y de ciudadano decente; de los que todavía -y me pregunto cuánto tiempo durarán esas cosas- se agita sincero y se pregunta cómo ayudar. Cómo no sentirse indiferente, al menos, ante la desgracia ajena. Sabiendo, como escribió aquel fulano inglés que hacía versos, que ningún ser humano es una isla; y que cuando las campanas doblan por alguien, lo hacen por todos. Por unos más que por otros, es cierto. Pero siempre por todos.

Claro que podría ser su madre. O la mía. En realidad, la mujer a la que Jorge fotografió es la madre, la abuela de cualquiera. De usted mismo. Tiene un aire digno, resignado y triste. Va bien vestida, su pelo es gris, viste pantalones y chaquetón, y con las manos cruzadas entre las rodillas espera, con aspecto de no albergar excesivas esperanzas, a que algún transeúnte compre algo de lo que vende. Y lo que vende es, precisamente, lo que a Jorge, y a mí que miro la foto, nos pone un nudo en la garganta: ropa de niña pequeña. De la maleta, la señora ha sacado una docena de prendas que ha expuesto sobre el poyete. Es ropa infantil muy bonita, de colores vivos, que a todas luces pertenece a la misma persona: un vestido marinero, otro de florecitas, faldas y blusas de tallas correspondientes a una niña de entre cuatro y seis o siete años. Hay armonía entre las prendas; salta a la vista que no se trata de ropa amontonada de cualquier manera, sino de un guardarropa infantil completo, ordenado. Con calidad y buen gusto. De ésos que los padres conservan para otros hijos, o las abuelas para otros nietos. O que permanecen guardados en un armario con el simple objeto de recordar la carne tibia, la risa, la vocecita, el olor a calor y fiebre del cuerpecillo dormido.

Delante de toda esa ropa, alineados al pie de las prendas expuestas, están los juguetes. Y eso quizás es lo peor. Lo más amargo de mirar. Algunos de ustedes me leen desde hace veinte años y saben que no soy un fulano con biografía de lágrimas fáciles; pero esos juguetes junto a la ropa de niña pequeña me han obligado a respirar un par de veces, hondo, y aclararme los ojos antes de apartar la vista de la foto y seguir dándole a la tecla. Casi todos son peluches, evidentemente de la misma niña que poseyó los vestidos: un conejito, un perro, una muñeca, un osito, un pato de plástico. Por su aspecto deben de tener unos veinte años. Parecen en buen estado, usados pero casi nuevos. No es difícil imaginar que en otro tiempo animaron una habitación infantil, una cama, una jovencísima vida. Que después, una abuela o una madre los guardaron con la ropa de su propietaria, que ahora tendrá veintitantos años. Y que, si dejamos tristemente libre la imaginación, quizá la niña que durmió abrazada a esos peluches esté hoy buscándose la vida en países de lenguas y climas extraños, con la maleta llena de melancolía y sueños olvidados. Lejos -no sé si felizmente o no- de esta España tan a menudo infame, que parece abonada en permanencia a la indignidad, la esclavitud, la incultura y la vileza. Y en ausencia de aquella niña en cierto modo muerta para siempre, esa madre o abuela, quizá con un marido u otros hijos en paro, sin recursos ni futuro, se ha visto obligada a vaciar el armario de la infancia y los recuerdos, el santuario de la hija o de la nieta, para meterlo todo en una maleta y salir a la calle a ofrecer, a quien quiera comprarlos, esos pobres jirones de su vida.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

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El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

Miguel Delibes

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Ingredientes:

200 gr. de chocolate sin leche
10 cl. de nata líquida
1 palito de vainilla
30 gr. de mantequilla
5 cucharadas de cacao amargo

Preparación:

Partir el chocolate en trocitos y colocarlos en un bol.
Con un cuchillo, cortar a lo largo el palito de vainilla y raspar con una cucharita el interior.
En una cacerola, poner la nata y la vainilla y hervir.
Verter la crema en el centro de un bol con el chocolate y mezclar.
Añadir la mantequilla y mezclar con una cuchara de palo.
Colocar la mezcla en la nevera para que se solidifique.
Verter las 5 cucharadas de cacao en un cuenco, sacar la pasta de chocolate de la nevera y, con una cucharita, hacer bolitas con esta pasta.
Envolver las bolitas en el cacao.

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Hemos dedicado la sesión de hoy a la lectura de artículos. Estos son los resúmenes que los alumnos han hecho.

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TARTA SAN MARCOS

Una tarta muy, suave y rica, que queda jugosa, y que con la nata de trufa (con cacao) y la nata blanca junto con la yema le hace que sea exquisita, unas de las mas ricas

Ingredientes

  • Para el bizcocho
  • 4 huevos
  • 60 gr de harina de maíz(maicena)
  • 30 gr de harina de trigo
  • Para el almíbar
  • 150 ml. de agua
  • 150 gr. de azúcar
  • 50 ml de Kirsch (licor de cerezas) o el que os guste
  • Para el relleno
  • 3/4 de nata para montar
  • 3 sobres de estabilizantes
  • 5 cucharadas de azúcar glass
  • 2 cucharadas de cacao puro
  • Para la yema
  • 8 yemas
  • 150 gr de azúcar
  • 150 ml de agua

Preparación

En un bol poner los huevos y el azúcar, batir hasta que haya triplicado su volumen y se hagan montanistas que no bajen, le añadimos las harinas tamizadas con movimientos envolventes para que no nos bajen lo huevos,si el molde es de silicona, no necesitamos hacerle nada, si es de metal, le pasamos mantequilla con una brocha y espolvoreamos con harina sacudiendo la sobrante, metemos en el horno precalentado a 170º y en unos 40 minutos o antes depende del horno se cuece, este bizcocho es mejor hacerlo el día antes.
Ponemos al fuegos el agua junto con el azúcar y cocemos unos 5 minutos a fuego suave, le añadimos el licor y que cueza un par de minutos mas retiramos del fuego, para que se enfrié.
En un bol muy frió, se le puede meter 1/2 hora en el frigorífico, echamos la nata también muy fría así nos montar mejor, batimos con varillas 2 minutos y le echamos los sobres de estabilizantes, seguimos batiendo y cuando estén montadas le añadimos el azúcar glass, cucharada a cucharada, separamos dos partes de nata montada y dejamos en el frigorífico, y al resto le añadimos el cacao puro y batimos un poco mas hasta que quede bien integrado, y también dejamos reposar en el frigorífico un 1/4 de hora.
Cortamos el bizcocho en tres discos, ponemos un disco y le emborrachamos con el almíbar un poco y ponemos una buena capa de la nata con el cacao, sobre el disco,tapamos con otro disco, y le ponemos el almíbar, y una buena capa de nata, y tapamos con el tercer disco que volvemos a emborrachar, guardamos en el frigorífico.
Preparamos un almíbar con el agua y el azúcar cocemos a fuego moderado 15 minutos retiramos del fuego y dejamos enfriar un poco, las yemas las colamos para que estén limpias de claras y le vamos añadiendo el almíbar a la vez que batimos sin parar, ponemos las yemas al fuego muy bajo y sin parar de mover con una cuchara de madera,hasta que espesen un poquito pero cuidado que se pegan enseguida, si no hacerlas al baños maría y así no hay problema, las dejamos que pierdan un poco calor.
Cubrimos la parte de arriba de la tarta con la yemas, y los laterales con nata, y dejamos reposar en el frigorífico, para mi es una de las tartas mas ricas, espero que os guste besos.

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