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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

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Miguel Pérez de Lema

El Libro. El Libro se fomenta como si fuera un reconstituyente universal. Nueve de cada diez expertos recomiendan que lea libros. Mas libros: más libres, dicen. Todos con el libro. El libro ha muerto: Viva El Libro. Ponga un libro en su vida. No ya hay caja de ahorros o ayuntamiento que no apoye El Libro. Lo sospechoso de estos mensajes es que nunca dicen de qué libro hablan. Y es que lo importante ya es El Libro en sí, el objeto, el fetiche. Ni mi libro ni tu libro, sino El Libro. Somos fetichistas de El Libro y hemos hecho de él nuestro símbolo. Llegados a este punto de sublimación ¿para qué leerlo?.

Te regalan un libro y debes de alegrarte como si te regalaran un perfume, cuando lo que se supone que hacen al darnos un libro es ponernos en el compromiso de leerlo, decirnos qué tenemos que hacer, meterse en nuestros asuntos. Por suerte, gracias a su transformación en fetiche, esta parte engorrosa se da por olvidada y podemos regalarnos libros unos a otros despreocupadamente, desinteresadamente, sin el menor riesgo de vernos impelidos a conocer su contenido ni de instar a los demás a que hagan lo propio. El Libro es el beso que se echa a volar con la palma de la mano. El Libro es un gesto, una acción, un síntoma de civismo. Es común y es bueno.

El libro ideal debería ser liviano y transparente. Un libro son todos lo libros. Prueba a regalar otro objeto sin elegirlo cuidadosamente y podrás disgustar a tu amigo. Pero con El Libro siempre aciertas. El Libro no pesa, es un ritual mágico porque hemos renegado de la hosca ilustración, que dejó al hombre sin fe, sin esperanza y sin caridad, y nos hemos convertido en supersticiosos felices y beatos sin martirio. El Libro, ese libro único que se promociona y se ensalza, es una participación ganadora, un boleto premiado de antemano porque ha adquirido la esencia angélica de lo completamente accesorio. El pintor Ives Klein se adelantó a nuestro tiempo vendiendo el vacío. Llenó una galería alemana de “sensibilidad de artista”. La sensibilidad se vendía en participaciones de un metro cúbico, acreditándose la propiedad al comprador mediante un documento firmado por el pintor. Sólo se aceptaba el pago en oro.

Vemos en todo esto que El Libro nos ensalza. Un concejal siempre parece más alto si se fotografía junto a El Libro. El Libro hace a la mujer más bella, al hombre más egregio, al cadáver más alegórico. A las personas que pergeñan las campañas a favor de El Libro no les preocupa que la gente lea más libros, quizá ni siquiera desean que la gente posea más libros. Lo que les preocupa en el fondo es la salvación de su propia alma y por eso asocian su sello al de un bien en sí mismo como El Libro. Hay que visitar a los enfermos desahuciados en los hospitales, regalar caramelos a los niños, desear paz y felicidad a tus conciudadanos y dar una muestra de que eres una parte de las potencias positivas del universo uniendo tu sello al de El Libro. Cualquier libro. El Libro y basta.

Si las personas que pergeñan estas campañas tuvieran el propósito de convencernos para que leyéramos más libros harían lo contrario de lo que hacen. Pongan un cartel de 30 metros cuadrados sobre la fachada de un edificio céntrico con la portada de un libro –de cualquier libro- y la frase: “No lea este libro”, y la gente correrá en estampida a buscarlo. Si la frase dijera “Este libro provoca cáncer”, no habría imprentas suficientes para satisfacer la demanda .

El Libro es pues un signo estético, es abstracto y conceptual, es la belleza de la forma, y todo debe acompañarlo. El Libro en su proceso debe ir arropado por bellas acciones que lo ensalcen, que lo honren. Y así, es honroso pagar a un pobre desgraciado para que escriba un libro y no lo firme. Pagar a un pobre desgraciado para que escriba pero no firme un libro no es un acto cruel, sino un arreglo de las imperfecciones de la naturaleza. La persona que pondrá luego su firma tiene muchas más condiciones para que El Libro sea un hermoso acontecer. El pobre desgraciado que escribe y no firma carece habitualmente de la donosura, la voz timbrada y el vestuario apropiado para representarlo y el contenido, como prueban los próceres del arte contemporáneo, es sólo contingente, mientras que el contenedor es lo verdaderamente necesario.

Algunos desaprensivos dicen hacer listas en función del contenido de los libros y esos sí debieran de ser reprendidos. Al final del año sacan una lista en la que eligen, por ejemplo, las 10 mejores novelas. Es una falacia. Nadie puede leer todas las novelas, ni siquiera la mayoría de las novelas, ni aún un porcentaje relevante de ellas.

“Las 10 mejores novelas que nosotros hemos leído” sería un encabezamiento más honesto para esa lista pero tampoco sería cierto, pues en la lista de cada de uno de los que votan es seguro que aparece algún título que muchos de los demás votantes no han leído. Lo que se intenta explicar con esto es que el criterio es inversamente proporcional al número de publicaciones, y que éstas siguen una progresión geométrica que ha hecho matemáticamente imposible que los críticos sepan de qué están hablando. La sabiduría popular ya previene del peligro de que los árboles te impidan ver el bosque. Y Platón nos explicó mucho antes que vivíamos confinados en una caverna. Ante este panorama, El Libro es lo que nos queda. El Libro, ese Libro, nuestro Libro, el de todos y quien esté “libro” de culpa que tire la primera piedra, ponga una vida en su libro, y con la compra de dos libros El Libro de regalo, yo he venido aquí a hablar de mi libro.

El Libro como suposición, El Libro como grimorio, El Libro como amuleto. Sólo nos queda dar un paso más en la deconstrucción de nuestra sensibilidad y llegar por fin a la consumación del símbolo, al ideal del analfabetismo por decreto, al hombre contenedor.

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esos putos rumanos

Google AdSense me censura este post avisándome de que su contenido es ofensivo. Lo entiendo perfectamente, sin embargo su contenido procede de otro que no me pertenece ni a mí ni a aquellos con quienes trabajo.

"Me cago en esos putos rumanos" es una canción española sobre los rumanos. Ha reunido un gran número de comentarios de protesta por parte de mis alumnos. He tenido que borrar o censurar los demasiado ofensivos. Los he dejado expresar su enfado porque así me lo han pedido ellos y para que aprendieran a defenderse de los insultos en castellano.

Enlazo un breve contexto a un artículo en El País con el título ofensivo completo pero que lleva por delante unos signos artográficos y una cifra que no entiendo lo que son "No paraban de gritar 'puto rumano".

Hoy quiero hablaros de algo,
y es de esa plaga que va en aumento,

Hoy quiero hablaros de algo,
y es de esa plaga que va en aumento,

son esos putos rumanos,
ohh que encima también trabajan los días de fiesta,
son esos putos rumanos
los que te miran en discotecas y si encima vas y les pegas,
ohh van y encima te denuncian ellos a ti

[ ESTRIBILLO ]

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

me cago en esos putos rumanos,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

Ehh esos que también van de chulos,
que trabajan en restaurantes me cago en su raza,
en sus muertos y en todo su país.

Ehh esos siempre llevan gorra
se la hago tragar entera
le meto una ostia así lo mando de vuelta a su país.

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

por Arturo Pérez-Reverte

El avión inclina un poco un ala y pierde altura, mientras la línea de la costa se advierte más allá de la ventanilla. Es un día luminoso y azul, aunque un fuerte mistral salpica el mar de borreguillos blancos y marca de oleaje la orilla lejana. Cierras el libro que has estado leyendo y observas el paisaje. Te gusta hacer eso cuando conoces la costa y las aguas próximas, reconociendo desde arriba lo que otras veces has navegado abajo: cabos, ensenadas, playas, puertos, se ofrecen a la vista como en un portulano o un mapa. Y una vez más no puedes menos que admirar a los hombres sabios y tenaces que, en siglos pasados, cuando no existían los satélites ni los aviones, consiguieron a base de compás, cañonazo, reloj, lápiz y papel, levantamientos cuyo trazado exacto, en buena parte de los casos, apenas se han visto modificados por las cartas náuticas modernas.

El avión desciende un poco más y las salpicaduras blancas se vuelven más visibles y precisas, hasta el punto de que puede apreciarse el movimiento de las grandes olas que hay allá abajo, la lenta ondulación del agua que el viento empuja en dirección paralela a la costa. Isobaras apretadas como sardinas en lata, piensas mientras por costumbre imaginas la intensidad del viento allá abajo. Beaufort fuerza 8, por lo menos. Eso significa temporal de 34 a 40 nudos, con el agravante de que el viento corre veloz, por un mar libre de obstáculos, desde muchos cientos de millas; y esa fuerza incide en la altura de las olas, que son majestuosamente alargadas y de cuyas crestas blancas, a medida que el avión sigue bajando, parecen desprenderse rociones de espuma.

El avión sigue virando despacio para enfilar la aproximación al aeropuerto, cuando adviertes algo allá abajo: un pequeño barco deja tras de sí una línea de espuma blanca y casi recta, muy visible aunque barrida pronto por las olas que corren hacia su popa. Es un velero, sin duda. Debe de tener entre doce y quince metros, y mantiene el rumbo hacia la costa, de la que lo separan todavía unas diez millas, ciñendo el viento. Eso puede suponer, con ese temporal y esa mar ondulada que lo mismo impulsa que frena, un mínimo de dos horas de navegación infernal, todavía. Por el rumbo que trae, es posible suponer que el velero lleva al menos catorce horas navegando, que al menos la mitad de ese tiempo lo ha hecho de noche, y que, en el mejor de los casos, el viento duro empezó a castigarlo un poco antes del alba.

Sabes lo que es, claro. Todo el que pasa algún tiempo en un barco lo sabe. Por eso, desde la cabina del avión, mirando la estela del velero que avanza obstinado en busca de refugio -esa tierra próxima que tú alcanzas a ver, pero él no-, sientes un estremecimiento de orgullo solidario. De admiración por ese hermano desamparado, cuya situación puedes imaginar. Observas que navega amurado a babor, consciente de la costa próxima, buscando la protección del puerto cercano, o de al menos una punta de tierra donde fondear a resguardo. Seguramente ciñe el viento con una trinquetilla y dos rizos en la mayor, dando fuertes machetazos en las olas, con su patrón amarrado en la bañera y atento al timón para no atravesarse a la mar, el tambucho cerrado y la tripulación trincada a las líneas de vida o abajo en la camareta, sentada en el suelo, la espalda apoyada en un mamparo, a mano el cubo de achicar por si el mareo juega malas pasadas. Puedes imaginar los rociones que saltan sobre su cubierta, la bandera aleteando a popa con violencia, el aullar de cuarenta nudos en la jarcia y el palo sobre el que el molinillo del anemómetro gira enloquecido. Las miradas entre inquietas y resignadas del patrón a los instrumentos de la bitácora para comprobar la posición, el abatimiento, las rachas del viento.

Que llegues a puerto, compañero, piensas conmovido mientras el solitario velero y su estela desaparecen bajo el ala del avión. Que aguante el barco y quienes lo tripulan. Y mientras miras el mar y la costa cercana, que desde abajo no se ve, piensas en todos los pequeños barquitos desamparados y valientes que ahora navegan acortando vela, ciñendo vientos duros sin otro socorro que su serenidad y su coraje. En busca de un sitio donde echar el ancla y descansar quienes, tras largas horas de pelea, puedan arrebatarle al mar ese derecho. Porque, aunque solemos olvidarlo cuando pisamos tierra firme o sopla brisa suave, navegar, como vivir -y poco va de una cosa a otra-, nunca fue un asunto fácil.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

Dedican esta canción a los moldavos que viven en su casa y a los que se han alejado de ella por ese puto mundo en busca de trabajo o de quién sabe qué. Marchosa y un poco triste a la vez, canción italiana a la moldava o moldava a la italiana, no se sabe. Pues eso...

http://www.youtube.com/watch?v=M8_C2xSssmk

por Arturo Pérez-Reverte

Hace sol, es primavera y la cuesta Moyano está espléndida. Transcurre uno de esos días azules y luminosos de Madrid, que son paisaje perfecto para las casetas con sus tenderetes afuera, los compradores que curiosean, los montones de libros viejos y de segunda mano esperando que alguien los rescate del olvido para devolverles la libertad y la vida. Camino despacio, con ojos atentos y cautela de cazador. Pese a que miro más que toco, tengo ya los dedos polvorientos de muchos libros, las gafas para leer de cerca siempre a mano, a fin de comprobar un autor, un título, una fecha de edición. De mi hombro izquierdo cuelga la mochila donde llevo el botín de la jornada: una primera edición de las Memorias de César González Ruano, el Epistolario de Luisa de Carvajal y Mendoza, un libro sobre Gracián y la novela de David Divine, publicada en la antigua colección policíaca de la editorial Plaza, en que se basó la película homónima La sirena y el delfín; aquella buena historia de arqueólogos buceadores en Grecia, con Alan Ladd y Clifton Webb, que a todos los niños varones de mi generación dejó estupefactos al ver salir del agua, en las primeras secuencias, a Sophia Loren con la blusa gloriosamente mojada. Lo de la estupefacción incluye, por cierto, a Javier Marías; que en materia de señoras de cine, e incluso sin cine de por medio, suele ser muy poco británico.

Contemplo con melancolía una de mis novelas, puesta allí a la venta. Es una quinta edición deLa carta esférica, ajada por el uso; y verla me hace pensar, de nuevo, que una librería de viejo es, entre otras cosas interesantes, una buena cura de humildad para cualquiera. A alguien no le gustó tu libro, o una vez leído lo regaló a quien no llegó a apreciarlo como él; o tal vez las vueltas y revueltas de la vida, traslados, necesidades, fallecimientos, dieron con ese ejemplar, entre otros restos de naufragios, en el lugar donde ahora está. El precio es lo que más llama tu atención: seis euros, la tercera o cuarta parte de lo que cuesta en librerías. Junto a él hay otros -eso alivia un poco tu amor propio lastimado- todavía más baratos: tres euros, con oferta de dos por cinco euros. Y no son malos títulos. Con un vistazo rápido localizas cosas de John le Carré, una Regenta, el Gran Hotel de Vicky Baum, El Gatopardo y la estupenda novela náutico-aventurera El cazador de barcos. Echando cuentas, compruebas que por lo que cuestan un par de desayunos en una cafetería de Madrid, puedes irte de aquí con tres o cuatro buenos libros en el zurrón. O con más. Para que luego diga la peña que no lee porque los libros son caros. Que por eso prefiere babear ante la tele, pendiente del bañador de Falete.

Sin embargo, pese al día magnífico y los precios razonables, pocos frecuentan este lugar privilegiado. Por eso alegra la mañana que unos profesores de primaria -dos mujeres y un hombre, maestros que lo reconcilian a uno con la profesión más hermosa y útil del mundo- pastoreen por el lugar a una veintena de críos de seis o siete años. Van en doble fila, niños y niñas, cogidos de la mano. Supongo que vienen del Prado o el Reina Sofía, y que el autobús de vuelta al colegio aguarda junto a la verja del Retiro. Pero, en vez de pasar de largo calle arriba, los maestros se detienen a explicar a los niños qué lugar es éste, qué son libros de viejo, y cómo allí se pueden comprar obras muy baratas. Historias interesantes, apunta una maestra. Cosas que seguramente no encontraréis en casa ni en la tele.

Me quedo en las inmediaciones, atento a lo que dicen. La mayor parte de los pequeños cabroncetes miran distraídos a todos lados, se impacientan. Otros atienden muy serios. Acabada la explicación, los profesores conducen al grupo calle arriba, vigilando que no haya rezagados. La última caseta está especializada en historietas y cómics, y tiene expuestos álbumes de Tintín, de Astérix, de Mortadelo y Filemón. El grupo de niños se aleja con sus profes, pero dos de ellos se quedan atrás, atraídos por ese último puesto. Uno es rubio y otro mulato, o magrebí. Me paro junto a ellos, observándolos. Miran lo expuesto sin atreverse a tocarlo, pese a la sonrisa benévola del librero. En ese momento, al ver que se han quedado atrás, el maestro viene hacia ellos. Creo que va a reprenderlos, pero me equivoco. Se queda a poca distancia, paciente, sin meterles prisa. Tras un instante su mirada se encuentra con la mía y la del librero, y sonreímos los tres como intercambiando un signo masónico de solidaridad y esperanza. Y en ese momento, como si acabara de intuir lo que ocurre entre los tres adultos, el niño rubio pasa el brazo, en ademán de camaradería, sobre los hombros de su compañero.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

por Arturo Pérez-Reverte

Tengo un amigo que regenta un pequeño comercio tradicional en el centro antiguo de Madrid. Un barrio viejo, castizo, donde la crisis económica, como en todas partes, ha golpeado fuerte en los últimos años, dejando, como paisaje después de la batalla -una batalla que está lejos de terminar-, innumerables tiendas cerradas a modo de cadáveres. Jalonando así años de imbécil incompetencia oficial y también, a veces, de imbécil irresponsabilidad ciudadana particular. Como la mayor parte de sus colegas de la zona, mi amigo se lamenta cada vez que entro en su tienda y pregunto cómo van las cosas. A veces se limita a señalar la tienda vacía de clientes, los escaparates de los comercios vecinos que ofrecen saldos desesperados, o con el cartel Se traspasa muestran estantes vacíos y cristales polvorientos. Mi amigo, que era votante de izquierdas, acabó votando a la derecha en los últimos años del Pesoe y ahora ya no sabe a quién diablos votar. Son todos igual de hijos de puta, me dice. La totalidad del arco parlamentario y la madre que lo parió. Luego cuenta que hace tiempo que no puede pegar ojo por las noches. Tengo cincuenta y cuatro años, subraya. Mucha tela por delante. Y sólo esta tienda para vivir y dar de comer a mi familia. Y por primera vez en mi vida me preocupa la vejez. No sé cuánto tiempo podré aguantar así. Hoy sólo han entrado tres personas en la tienda y ninguna compró nada. Estoy asustado. Te lo juro. Tengo verdadero miedo.

Le comento que el sábado pasado vine a comprar algo para un regalo, y la tienda estaba cerrada. «Es que los sábados por la tarde cierro», dice. Le pregunto por qué lo hace, si precisamente ese día es cuando más gente se mueve por el centro de la ciudad. Cuando más público pasa por delante de su tienda. Y su respuesta me deja pensativo: «Es que yo también tengo derecho». Derecho a qué, pregunto tras unos segundos para digerirlo. «A descansar como todo el mundo -dice-. El mismo que tienes tú». Le respondo que, en primer lugar, yo trabajo de ocho a diez horas diarias todos los días de la semana, pero que ésa no es la cuestión. El asunto es que hay quienes pueden permitirse no trabajar día y medio a la semana, si quieren; pero ése no es su caso. No, desde luego, en la angustiosa situación que me describe cada vez que entro en la tienda. No con la crisis, la escasez de clientes, la necesidad urgente, en tiempos como éstos, de romperse los cuernos para arañar sustento a la vida.

Le digo todo eso, más o menos. Con términos adecuados para un amigo. Y añado que las palabras «tengo derecho» pueden ser engañosas. Uno tiene derecho a todo, naturalmente. Pero sólo cuando puede permitírselo. Cuando está a su alcance. Yo también tengo derecho a pasar un año leyendo y viendo pelis, navegar el Mediterráneo sin dar golpe, tener una villa en la Toscana o moverme por Madrid en un Rolls Royce con chófer. Pero no me lo puedo permitir, así que me olvido de ello. Todos tenemos derecho a pasar unas vacaciones en el Caribe, a una segunda casa en la playa, a una Harley Davidson, a cenar en Le Grand Véfour con George Clooney o Mónica Bellucci. Pero de ahí a poder media un trecho. Y en tu caso, le digo a mi amigo, tal y como están las cosas, tu derecho a cerrar la tienda los sábados por la tarde, en una calle peatonal y justo a quinientos metros del Corte Inglés, resulta más difícil de ejercer. «Pues abre tú la tienda», responde, algo picado. Yo no tengo tienda que abrir un sábado por la tarde, respondo. Pero tú sí la tienes, y vives de ella. Y ese día eliges descansar. Eres muy dueño. Pero en tal caso deberías matizar la queja. Por otra parte, añado, no eres el único. Prueba a encontrar, por ejemplo, un quiosco de prensa abierto un domingo a partir de medio día. Verás qué risa. ¿Y sabes lo que te digo? Si esta infame crisis hubiera estallado en tiempos de nuestros padres, que ésa sí fue una generación lúcida, sacrificada y admirable, ellos habrían tardado poco en mandarnos a trabajar a la pescadería de la esquina, para llevar dinero a casa. Y por cierto -recuerdo, de pronto-. Tienes un hijo, ¿verdad? Un mocetón de veinticuatro tacos que aún no ha terminado la carrera, y que cuando la termine irá directamente al paro. Vive en tu casa, come y duerme en ella. ¿Por qué no le dices que venga los sábados por la tarde y se encargue de la tienda?... «La tienda no le gusta -responde mi amigo-. Además, si lo planteo, mi mujer me mata». Me lo quedo mirando, encojo los hombros y sonrío, convencido. Pues eso mismo, comento. Pues eso.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

The Contract (en Argentina: El contrato, en España: The Contract) es una película estadounidense dramática y de suspenso de 2006, cuya fecha de estreno en España fue el 4 de abril de 2008. La película está dirigida por Bruce Beresford y escrita por Stephen Katz. En el reparto destaca la presencia del ganador de un premio Oscar Morgan Freeman y John Cusack.

Argumento

Frank Carden (Morgan Freeman) es un asesino a sueldo a quien le han encargado eliminar al multimillonario Lydell Hammond, no obstante, sus planes se tuercen al tener un grave accidente. El agente Ray Keene (John Cusack) y su hijo (Jamie Anderson) que se encontraban en la zona mientras iban de excursión, encuentran el coche accidentado de Frank. Cuando logran rescatarle se dan cuenta de que se trata de un asesino y deciden llevarlo ante la justicia, aunque Frank no estará dispuesto a aceptar tal desenlace al tener un contrato por cumplir.

http://www.youtube.com/watch?v=typLB42n7aA