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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

 

Los tres finalistas al Balón de Oro de la FIFA 2012 ganan millones, tienen varios negocios fuera del fútbol y marcan tendencia con sus casas y automóviles.

[foto de la noticia]

La FIFA ha desvelado en São Paulo el nombre de los tres finalistas a ganar el Balón de Oro 2012, un premio que se entregará el 7 de enero en Zúrich. Los elegidos son Leo Messi, Cristiano Ronaldo y Andrés Iniesta, tres de los mejores jugadores de fútbol en la actualidad, aunque muy diferentes entre sí.

Por un lado están el argentino y el portugués, las dos mayores estrellas de este deporte, dos iconos que marcan tendencia a escala global, lo que les da una ayuda extra (aunque no la necesiten) para obtener este tipo de galardones. Su forma de ser es, eso sí, muy distinta. Cristiano es impetuoso y extrovertido, mientras que Messi es tímido y reservado, salvo con un balón en los pies.

En este sentido, Messi se parece a Iniesta, un hombre de fútbol de los de antes, de los que se sienten más cómodos en un segundo plano. Su presencia es un premio a su trabajo silencioso en el Barcelona y en la Selección Española, con la que se proclamó campeón de Europa este verano. Pero ese mismo carácter es el que ha hecho que el manchego no consiga explotar su imagen de estrella mundial al nivel de sus dos contendientes (no está entre los 100 deportistas con más ingresos, mientras que Cristiano es el noveno y Messi el undécimo, según Forbes).

LEO MESSI

Sueldo: 10,5 millones de euros netos.

Patrocinadores: Adidas, PepsiCo, Herbalife, EA Sports, Chery, Audemars Piguet, Dolce & Gabanna y Lays, entre otros.

Negocios: Es copartícipe, junto a su padre, de la empresa Limecu (compra, venta y alquiler de terrenos rústicos y urbanos). Además, su familia explota su imagen a través de Leo Messi Management S.L.

Casa: Un dúplex, valorado en tres millones de euros, en el barrio de Pedralbes (Barcelona).

Seguidores: 39,4 millones en Facebook.

Coches: Dodge Charger STR, Audi R8 y Q7, Maserati MC Stradale, Porsche Panamera Turbo S y Ferrari F430 Spider.

CRISTIANO RONALDO

Sueldo: 10 millones de euros netos al año.

Patrocinadores: Nike, Armani, Castrol, Konami, Banco Espirito Santo, Clear, Time Force y Toyota, entre otros.

Negocios: Tiene una discoteca (Seven) en El Algarve y posee varias tiendas de ropa bajo el nombre CR7.

Casa: Vive en La Finca (Pozuelo de Alarcón, Madrid), en un chalé de 871 metros cuadrados y 3.000 de parcela valorado en 5 millones de euros.

Seguidores: Más de 14,6 millones en Twitter y 51,4 millones en Facebook.

Coches: Lamborghini Aventador, Ferrari 599 GTB Fiarano, Bentley Continental GTC, Audi R8, Audi A8, Audi Q7, Audi RS6, Aston Martin DB9, McLaren MP4-12C y Bugati Veyron, entre otros.

ANDRÉS INIESTA

Sueldo: 8,5 millones de euros netos.

Patrocinadores: Nike, Kalise, GolTV y BBVA, entre otros.

Negocios: Es el máximo accionista del Albacete Balompié y tiene una empresa de vinos: Bodegas Iniesta. Además, posee Andrés Iniesta Construcciones, una empresa dedicada al negocio del ladrillo.

Casa: El manchego tiene un chalé en Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) y otra casa en su pueblo de Albacete (Fuentealbilla).

Seguidores: Más de 11 millones en Facebook y casi 5 millones en Twitter.

Coches: No le van los deportivos. Tiene un Audi Q7 y un BMW X5.

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El padre más decepcionado del mundo dice la verdad a sus hijos

El airado correo de un padre decepcionado ha dado la vuelta al mundo. (Corbis)

 

 
Hay muchas maneras de arreglar los conflictos familiares pero, desde luego, hacerlos públicos no es una buena idea. Quizás Nick Crews, un oficial en la reserva de la armada británica que hasta hace poco capitaneaba uno de los submarinos nucleares de Reino Unido, no contaba con el hecho de que, hoy en día, cualquier correo electrónico puede compartirse, y hay gente muy cotilla por el mundo. Quizás de haberlo sabido no habría escrito por correo a sus tres hijos para decirle que está harto de su actitud: “Es obvio que ninguno de vosotros tiene la menor idea de la amarga decepción que nos habéis causado. Estamos viendo la miserable agonía del cuarto de vuestros matrimonios, al mismo tiempo que vemos cómo llega un quinto.”

“Me pregunto si os dais cuenta de cómo nos sentimos”, afirma Crews, cuya decepción no parece tener límites. “Después de ocuparnos de vosotros lo mejor que hemos podido –probablemente de forma equivocada– esperábamos veros hacer lo mismo, asumiendo vuestras responsabilidades para proporcionar a vuestros hijos un hogar feliz. Tener un trabajo basado en la educación que habéis recibido podría haberos ayudado, pero hasta ahora ninguno de vosotros es lo que podríamos llamar autosuficiente. ¿Quién de vosotros, con esposo o sin él, puede hacerse cargo de sus familias, financiar su casa y proporcionarse una pensión para cuando sea mayor?”

Y por si no ha quedado claro, después de acusar a sus hijos de ser unos ineptos y de preocuparse solo por copular, Crews asegura que no quiere volver a oír nada de ellos hasta que logren tener éxito o, al menos, puedan contarle “un plan REALISTA (sic) para asegurar el sustento y felicidad de sus familias”. Firmado: un padre muy, pero que muy, decepcionado.

El misil de Crews

Crews es, tal como le ha bautizado la prensa anglosajona, el padre más decepcionado del mundo. El correo que ha mandando a sus hijos ha dado la vuelta al mundo cuando una de sus hijas, que no ha dudado en airear el asunto en el Daily Mail, lo ha hecho público con la intención de promocionar un libro que está traduciendo. En declaraciones al rotativo británico, Emily, que trabaja como traductora en Francia, le quita hierro al asunto: “Lo que dice es lo que mucha gente de su edad, género y clase social, quisiera decirle a sus hijos pero nadie se ha atrevido”. Pese a esto, Emily reconoce que ha sido horrible recibir un correo así de su padre. Aunque no le haya importado hacerlo público.

Lejos de criticar la virulencia del correo, muchas personas han visto reflejado en él sus inquietudesDesde su publicación en la prensa, el e-mail se ha convertido en un fenómeno viral en Gran Bretaña y amenaza con arrasar también en Estados Unidos. Los ingleses han bautizado el correo como “el misil de Crews”, en referencia a su experiencia con los submarinos. Pero quizás lo más sorprendente es que, lejos de criticar la virulencia del correo, muchas personas han visto reflejado en él sus inquietudes. El veterano periodista del New York Times, David Brooks, lo tiene claro: “Muchos padres están aparentemente encantados con que alguien por fin haya tenido el coraje de dar una patada en el culo a esta panda de holgazanes mimados”. Pese a que, asegura, todo esto no haga más que empeorar la situación: “La gente no se comporta mal porque no tenga suficiente información sobre sus deficiencias. Se comporta mal porque cae en patrones de comportamiento destructivos de los que son incapaces de escapar”.

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Mi burrito sabanero

A mis alumnos del VI-C les propongo este villancico para las Fiestas Navideñas que se van acercando. ¡Que lo disfruten cantando y bailando!

Con mi burrito sabanero voy camino de Belén(x2)

Cu măgărușul meu din savană mă îndrept spre Betleem

Si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x2)

Dacă mă vedeți, dacă mă vedeți, mă îndrept spre Betleem

El lucerito mañanero ilumina mi sendero(x2)

Luceafărul de dimineață, îmi luminează calea

si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x2)

con mi cuatrico voy cantando, mi burrito va trotando(x2)

Cu măgărușul meu cănt, măgărușul meu tropăie

si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x2)

tuquituquituqui, tuquituquita

con mi burrito sabanero voy camino de Belén(x2)
si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x4)

apurate mi burrito que ya vamos a llegar
Grăbește-te măgărușul meu, curănd ajungem

tuquituquituqui, tuquituquitu

apurate mi burrito que vamos a ver a Jesús

Grăbește-te măgărușul meu, îl vom vedea pe Isus

con mi burrito sabanero voy camino de Belén(x2)
si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x2)

el lucerito mañanero ilumina mi sendero(x2)
si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x2)

con mi cuatrico voy cantando, mi burrito va trotando(x2)
si me ven, si me ven, voy camino de Belén(x2)

tuquituquituqui, tuquituquita
apurate mi burrito que ya vamos a llegar

tuquituquituqui, tuquituquitu
apurate mi burrito que vamos a ver a Jesús

Wang Junxia, una de las atletas más deslumbrantes de la historia, narra que dejó de correr con 23 años por amenazas del tiránico y célebre técnico Ma Junren

 

 

Pocas historias hay en el atletismo tan fugaces y dolorosas, y tan rodeadas de misterio, como la de Wang Junxia, plusmarquista mundial de 3.000 y 10.000 metros desde septiembre de 1993. Tenía entonces 20 años. Tres años más tarde, después de proclamarse campeona olímpica de 5.000 metros y subcampeona de 10.000 en los Juegos de Atlanta, Wang desapareció del mapa. Dejó el atletismo completamente.

De Wang, nacida en China en 1973, no se supo más hasta hace unos meses. Se supo que estaba viva porque la IAAF la seleccionó para su Salón de la Fama. Fue como la señal de la vuelta a la vida, o a la actualidad, como ella misma reconoció el lunes, charlando en una cafetería de Madrid, donde está unos días de turismo junto a su marido, visitando a su amiga Liu Dong, quien vive en la capital desde que se casó con el técnico Luis Miguel Landa. Junto a todos, y con su colaboración, contó su historia.

“Vivíamos sin radio, tele, periódicos... no sabíamos que creían que nos dopábamos”

Su vida, su carrera, siempre se han contado como un pequeño apéndice de una historia más grande, la de Ma Junren, el tiránico entrenador, vilipendiado por la prensa occidental, que le acusó abiertamente de dopar a sus atletas, el famoso Ejército de Ma que revolucionó el fondo mundial aquel 1993, y también ridiculizado en Europa y en Estados Unidos cuando hablaba de que su secreto era la sangre de tortuga y sopa de caparazón y caldo de crestas de gallo.

“Pero el secreto no era otro que el entrenamiento”, dice Wang, traducida por su marido, Huang Tianwen, con quien vive en Denver (Estados Unidos) desde 2008. “Estuve tres años con Ma, de los 18 a los 21, y lo único que hacía era entrenarme. Nada más: dormir, correr, entrenarme, dormir, competir. Una vida muy sencilla, un entrenamiento de caballos, y mucho frío. Nos entrenábamos hasta lesionadas. Sufríamos todos los días”.

La atleta china, en los Mundiales de 1993. / Getty

Una vida que comenzaba a las cinco de la mañana, cuando empezaba a correr 30 kilómetros en ayunas —“y corriendo de verdad, no rodando, sino corriendo a tope, luchando, luchando desde la salida”, precisa— y continuaba con otros 20 kilómetros por la tarde. Todos los días. Una vida que alcanzó todo su esplendor en 1993, el año increíble que desafía toda la lógica. Quizás solo el gran Paavo Nurmi pueda en la historia haber hecho tanto y tan distinto un mismo año. En abril corrió un maratón en 2h 24m, récord asiático; en agosto, ganó en Stuttgart el Mundial de 10.000 metros; entre el 8 y el 13 de septiembre fue capaz de lo siguiente: correr un 1.500 en 3m 51,92s, la cuarta mejor marca de la historia actualmente, batir en dos ocasiones el récord de los 3.000 metros (lo dejó en 8m 6,11s, una marca a la que nadie se ha acercado desde entonces a menos de 6s) y batir también el récord mundial de los 10.000 (29m 31,78s, la segunda mejor marca conocida es 22s más lenta), y en octubre corrió otro maratón por debajo de 2h 30m.

“No sabía que nadie había sido capaz de hacer eso nunca. En aquel momento yo no pensaba en cómo me miraba la gente, si era una sorpresa o sospechaban, pero ahora mismo, 20 años después, yo también me sorprendo y pienso ¿Dios mío, cómo podía correr tan rápido?”, dice. “No nos enterábamos de nada. No sabíamos que pensaban fuera que todo era dopaje, porque solo nos entrenábamos y entrenábamos. Vivíamos en una residencia cerrada, sin música, sin periódicos, sin radio, sin televisión, no sabíamos nada”.

Su marido no resiste e interviene. “Wang nació para correr. Era feliz corriendo, el sufrimiento era por otra cosa. Ella corría con la cabeza, no con las piernas”, dice. “El entrenamiento era importante, pero el milagro lo hacía su naturaleza. Ella es un milagro”.

“Nos entrenábamos hasta lesionadas, 50 kilómetros diarios, 30 en ayunas”

Wang es un milagro de la naturaleza que soporta los castigos de Ma —“les pegaba”, dice su marido, “pero no por entrenarse mal, sino por otras cosas, por pintarse, por dejarse el pelo largo, por usar sujetador... Era como el ejército”— pero no eternamente. En diciembre de 1994 lidera un motín: todas las atletas salvo Qu Yunxia, aún plusmarquista mundial de 1.500, huyen de Ma.

¿Por qué? “No lo puedes saber ahora. Estamos escribiendo un libro. Ahora no lo quiero decir. Compra el libro y lo sabrás todo”, responde sin tapujos. No confirma si es, como se publicó en su momento, porque Ma se quedó con sus premios, porque, como alguien dijo, se quedó con el Mercedes que le dieron por ganar el Mundial de Stuttgart y lo estrelló adrede, para hacer daño. Es todo. “Es una larga historia, una acumulación de pequeños detalles. No solo una cosa, muchas...”.

“Su técnico le pegaba por llevar el pelo largo, usar sujetador...”, recuerda su marido

Con un nuevo entrenador, Mao Dezheng, Wang se prepara para los Juegos de Atlanta, el principio de su final. Wang cuenta cómo Ma le amenazaba, llamaba a su familia, que vivió tan angustiada como ella, temiendo por su vida. “Conseguí llegar y ganar los 5.000 metros y ser segunda en los 10.000, pese a que los corrí debilísima, enferma de diarrea, con migrañas, con fiebre y sin fuerzas. No pude ni calentar”, dice Wang. “Lo peor ocurrió después”.

“Ma, que era el director de atletismo”, toma el relevo el marido de Wang, “se vengó prohibiéndole comer en el centro de atletas, le dejó sin dinero, sin lugar para entrenarse, sin entrenador. Le obligó a retirarse. Otras mujeres, otra gente, dijeron que trató de matarla, otra gente”.

“Ma era muy fuerte en China entonces, tenía mucho poder y dijo en público que si yo volvía a correr, me rompería las piernas o me cortaría la cabeza, o a mi familia. Por eso lo dejé todo, porque mi madre me lo suplicó. ‘No corras más, que te van a matar’, me dijo”, recuerda Wang. “Yo sufrí una crisis de depresión, tristeza y estrés”.

“Cambié de técnico y Ma, muy poderoso en China, dijo que me rompería las piernas”

Wang salió de la crisis. Se casó. Tuvo un hijo. Mendigó al Gobierno —“ya que no me dejáis correr, dejadme salir al extranjero”— y le permitieron ir a estudiar inglés a Boulder, en Estados Unidos, en 1998. “Allí la conocí en 1999, en una recepción por la visita del primer ministro chino”, dice su marido, su segundo marido. “Luego ella volvió a China y estudió Derecho en Pekín. Y volvió a correr en 2000, enseñando a la gente cómo mejorar su salud. En 2008 volvimos a encontrarnos en Shanghái. Nos casamos en el año olímpico en China y nos fuimo
s a vivir a Denver, donde trabajo. Tenemos una hija”.

“Yo solo soy ama de casa, ayudo a mi marido”, dice Wang. “Quiero olvidar el atletismo, pero no puedo. No quiero correr más. Y mi hija, si quiere ser atleta, que lo sea, como si quiere ser cantante. Quiero que haga lo que le haga más feliz”.

“Wang hizo lo que quería, lo que le hacía feliz, y por eso batió récords, no es que corriera para batirlos, sino para ser feliz”, resume su marido. “No le gustaba entrenarse, sino correr. Se retiró joven y podría haber batido más récords. Se retiró porque quería proteger su vida. Porque en vez de batir (break, en inglés) récords, le habrían roto (break) las piernas”.

Lo que los fundadores de Twitter no tuitean

Los creadores de la red social que ha revolucionado el mundo de la comunicación no son muy dados a airear su vida personal en ningún medio

Los fundadores de Twitter, Biz Stone, Jack Dorsey y Evan Williams. / flickr.com/photos/jackdorsey/

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En marzo de 2006 Jack Dorsey, Biz Stone y Evan Williams transformaron la forma tradicional de comunicarse y de acceder a la información con la creación de Twitter. Más allá de su reconocimiento unánime como visionarios de la era digital y de sus distintos cambios de rol en la cúpula directiva la red social, apenas se conoce nada de la vida personal de sus fundadores. Los tres, siguiendo el ejemplo de otros precursores de Internet, han optado por mantener un perfil social bajo y escribir su historia parapetándose tras el éxito de la compañía en lugar de resumirla en 140 caracteres, como muchos de sus usuarios.

Pocos saben que Dorsey, el cerebro creador de Twitter, aspira a convertirse en alcalde de Nueva York —ha mantenido conversaciones con su actual regidor, Michael Bloomberg, al respecto—; o que durante un año se inscribió a un curso de masaje y terapia; o que invirtió otro año en tomar clases de diseño. De hecho, él mismo ha elaborado una falda pitillo y es un devoto amante de los vaqueros, en particular de los creados por Scott Morrison, de quien es socio en una de sus tiendas del SoHO de Nueva York.

En 2000, Dorsey decidió abandonarlo todo para dedicarse a la ilustración botánica

Sin duda, el carácter ascético e introvertido de Dorsey, de 35 años, no ayuda a que se conozcan estos aspectos de su vida privada. Últimamente, se prodiga más en los medidos debido a la promoción de Square, su nuevo proyecto empresarial que compagina con su puesto como presidente ejecutivo de Twitter, cargo que ocupa desde 2010. Dorsey siempre se ha considerado a sí mismo un artesano antes que un empresario y cuando lanzó Twitter prefirió ceder las funciones de mayor responsabilidad y visibilidad a sus cofundadores. De hecho, en 2008, cuando la red social se empezó a consolidar como uno de los fenómenos de Internet con mayor influencia política y social, Dorsey abandonó su puesto de consejero delegado, que asumió Williams.

Otro ejemplo de la excesiva austeridad del fundador de Twitter es que, pese a ser uno de los hombres más ricos del planeta –Forbes ha valorado sus participaciones en la red social y en Square en 1.085 millones de dólares-, su apartamento de San Francisco está prácticamente vacío, según han reiterado en varias entrevista sus amigos los actores Ashton Kutcher y Alyssa Milano. “Él nunca dice a qué se dedica, siempre tengo que ser yo la que alardee en su nombre”, reconoció la intérprete hace un año a la revista Vanity Fair.

Williams ha reconocido que el hecho de tener niños le ha vuelto más complicado compatibilizar su vida laboral con la familiar

Dorsey, admirador de Steve Jobs y, como este, un ferviente devoto de la filosofía oriental, parece haber cedido en los últimos meses a esa reticencia al lujo. En junio de este año adquirió por 10 millones de dólares una mansión escondida en la bahía de San Francisco con vistas al Golden Gate; a mediados de 2011 se compró un BMW Z-3, “porque admira su diseño”, y últimamente se ha decantado por los trajes de Prada, negros, a juego con la corbata, y los Rolex, “porque la casa de relojes fabrica sus propias piezas”, de acuerdo con un artículo publicado por Vanity Fair hace un año.

Más allá de estas concesiones a la ostentación, poco más se sabe del carácter de Dorsey. En octubre de este año, con ocasión de la entrega al joven del León de Oro de Cannes al Personaje mediático del año, The New York Times publicó que el “mal humor de Dorsey” era el motivo de que estuviera más centrado en Square que en Twitter, algo que este mismo desmintió en su blog.

La vida personal de los otros dos fundadores de Twitter, Biz Stone, de 38 años, y Evan Williams, de 40, también esta eclipsada por su actividad empresarial. Ambos se han embarcado en un nuevo proyecto, Medium, otra plataforma digital. Poco dados a hablar de su vida privada -aunque Williams se presenta en su perfil de Twitter como padre y esposo-, durante una entrevista concedida a Hunter Walk, reconocieron que el hecho de tener niños les ha vuelto más complicado compatibilizar su vida laboral con la familiar, pero que habían aprendido a manejar mejor los calendarios para poderse ocupar de sus retoños. “Yo ya no piso los bares”, reconoció Williams

El antiguo consejero delegado de Twitter, abandonó el cargo en 2010 para dirigir el departamento de desarrollo de la red social, vive con su mujer, Sara Morishige, y sus dos hijos en la bahía de San Francisco y es vegetariano. Su colega Stone, director creativo de Twitter, además de vegetariano es vegano, de acuerdo con un reportaje publicado por The New York Times en 2009, una opción que decidió adoptar tras visitar una ONG que defiende los derechos de los animales.

Yo comencé como pintor y artista gráfico, la tecnología llegó después un poco por accidente, así que pienso en mí mismo primero como arista y después como empresario"

Biz Stone

Stone está acostumbrado a copar las listas de los hombres más influyentes, pero también está muy comprometido con otras causas un poco más alejadas del mundo virtual, como la pobreza, la defensa del medio ambiente o la educación. Precisamente a luchar por la mejora y consecución de estos dos objetivos está destinada la fundación Biz y Livia Stone, que dirige junto a su esposa, Livia, son la que reside en California.

Como Dorsey, Stone tiene otras inquietudes artísticas además de las redes sociales o la caridad. “Yo comencé como pintor y artista gráfico, la tecnología llegó después un poco por accidente, así que pienso en mí mismo primero como arista y después como empresario”, reconoció en una entrevista con el director de cine Ron Howard, con quien participó en un proyecto de cortos y fotografía, rodando su propio film.

Dorsey, Williams y Stone, como todos, también tienen una vida privada, pero a diferencia de muchos de los usuarios de Twitter, ellos no acostumbran a tuitearla demasiado.

Yo me divertiré. Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías.

Javier Marías

Ya he hablado aquí de doña Carmen García del Diestro o más bien la señorita Cuqui, mi profesora de literatura en el colegio "Estudio" de Madrid. Hoy nonagenaria, me ha pedido unas líneas para el discurso que pronunciará en la reunión de fin de curso del profesorado actual. Le he escrito mejor una carta, y me voy a permitir resumirla porque acaso sea un homenaje no sólo a ella, sino a toda una generación de enseñantes, y porque quizá algún párrafo pueda aplicarse a cualquier profesión.

Y esto le he dicho a la señorita Cuqui:

"Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías. Y así, se les permite siempre menos el uso de la imaginación y más les son impuestos el mimetismo y la uniformidad. Habrá quienes se sientan felices por ello. En todo oficio hay y ha habido gente rutinaria y perezosa, que prefiere saber a qué atenerse, no ya a diario, sino en su entera vida. Gente que sólo busca su seguridad y jamás aventura; reiteración y no riesgo; cómodas cortapisas y reglas que descarten el traicionero entusiasmo con que a veces se acometían las tareas en el pasado.

Quizá he errado el tiempo verbal, ojalá. El número va menguando, pero aún quedan personas que sí afrontan con imaginación y entusiasmo su trabajo cotidiano, y aun su vida entera que no quieren conocer ni vislumbrar así, entera, de antemano. Personas que recibirán las sorpresas con gusto, aun sí no son muy buenas, antes que sentirse programadas hasta la eternidad. Tengo para mí que ese entusiasmo -que a menudo flaquea, cómo no- y esa imaginación -basta una modesta, un grano de sal- son especialmente necesarios en la enseñanza. No ayudan los tiempos, que poco alientan y recompensan a los docentes, en lo político, lo económico y lo social. Pero aun así, el primer precepto de un profesor para consigo mismo ha de ser: YO ME DIVERTIRÉ. Eso creo, y esa fue mi divisa durante los pocos años en que, como un impostor accidental, di clases en Oxford, en Massachusetts, en Madrid. Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también. Se intrigaban, se preguntaban, se paraban a pensar, esperaban que al final de la hora -como en un relato- se produjera una revelación, una deducción, una conclusión no insignificante; la respuesta a un enigma, o, lo que es lo mismo, el logro de un conocimiento. Poco importaba que al sonar la campana nada de eso tuviera lugar; lo importante era su espera, su confianza en ello, su atención al proceso de la transmisión de un problema o un saber. La existencia y visión fugaz del espejismo.

Creo que eso es lo fundamental: enseñar a pensar, a interesarse, a intrigarse, y eso puede conseguirse hasta con la más árida o menos práctica materia, con las matemáticas y con el latín. Pero creo también que eso sólo puede lograrse con la diversión -y por tanto con la alegría, por momentánea que sea, aunque sólo dure la duración de una clase- del que conduce ese pensamiento, ese interés, esa intriga.

Usted, desde luego, y muchos otros profesores y sobre todo profesoras de "Estudio", fueron quienes me convencieron de lo que ahora afirmo. Fueron magistrales en todo eso, y no me crea tan ingenuo para no saber, al cabo del tiempo, que para muchos de ustedes enseñar en un colegio significaría al principio abandonar aspiraciones en teoría más altas, o la resignación y la renuncia, bajo una dictadura que se dedicaba a arrancar de cuajo las ilusiones y esperanzas de muchos españoles. No, no creo que todos ustedes tuvieran eso ya antiguo, vocación. Seguro que muchos no. Y los hubo, sin duda, que se encararían con aquellos alumnos como quien arrastra una penitencia. Y sin embargo en la mayoría, y por supuesto en usted, señorita Cuqui, se impuso sobre cualesquiera reveses, sinsabores o abandonos el deseo vehemente de su propia diversión. Y así, fueron imaginativos y alegres, arriesgados y sorprendidos, irónicos y en general risueños. Una suerte para nosotros, desde luego para mí. Y sé por eso que un mundo en el que tras una mesa o ante una pizarra no hubiera ya profesores como los que vi y escuché a lo largo de tantos años, sería mucho más triste, menos atractivo y más bobo que el que me tocó descubrir. Y como los maestros y profesores, estén considerados como lo estén hoy, lo que hacen más que ninguna otra cosa -más incluso que transmitir saber- es configurar personas, su tarea sigue siendo una de las más importantes en cualquier lugar. Así que por el bien de todos, confío en que jamás falten docentes con ese lema y que sigan el ejemplo que usted nos dio: YO ME DIVERTIRÉ. " Que tenga muy feliz y divertida reunión.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Noches armadas de Reyes, Contra el contagio universal (El País)

Hay un ejercicio fascinante, a medio camino entre la literatura y la vida, que muchos de ustedes habrán practicado alguna vez: visitar lugares leídos antes en libros y proyectar en ellos, enriqueciéndolos con esa memoria lectora, las historias reales o imaginarias, los personajes auténticos o de ficción que en otro tiempo los poblaron y que de algún modo siguen ahí, apenas disimulados a poco que uno se fije. Para quienes gozan de ese privilegio extraordinario, esto sitúa los lugares con bagaje histórico o literario en un contexto singular que los hace aun más atractivos. Ciudades, hoteles, calles, paisajes, cuando te acercas a ellos con lecturas previas en la cabeza, adquieren un grato carácter personal; un sabor intenso. Cambia mucho las cosas, en ese sentido, visitar Palermo habiendo leído El gatopardo, o pasear por Buenos Aires con Borges y Bioy Casares en la recámara. Tampoco es lo mismo bajar del autobús turístico en Hisarlik, Turquía, para hacerte una foto mientras el guía cuenta que allí hubo una ciudad llamada Troya, que caminar por esa llanura con viejas lecturas y traducciones en la cabeza, comprobando cómo el paso del tiempo no secó el río Escamandro, pero alejó la orilla del mar color de vino con sus cóncavas naves; sentir los gritos de guerra de hombres cubiertos de bronce -cayó, y resonaron sus armas-, o ser consciente de que tus zapatos llevan el mismo polvo por el que Aquiles arrastró el cadáver de Héctor atado a su carro.

Si eso ocurre con los libros leídos, calculen lo que ocurre cuando los escribe uno mismo. Cuando durante semanas, meses o años, pueblas determinados paisajes con tu propia imaginación. A mí me ocurre con frecuencia, pues localizo los pasajes de casi todas mis novelas en sitios reales: viajo allí, tomo fotografías y notas, leo cuanto puedo encontrar sobre el asunto. Pocas sensaciones conozco tan agradables como caminar con maneras de cazador y el zurrón abierto; entrar en un bar, un restaurante, tomar asiento en una terraza y decidir: este sitio me sirve, lo meto en la novela. Y luego, recreándote en el placer que eso depara, imaginar a tus personajes moviéndose por el lugar, sentados donde estás, bebiendo lo que bebes, mirando lo que tú miras. Comparado con el acto de escribir, con el momento de darle a la tecla, esta fase previa es superior, mucho más excitante y mágica. Para individuos como yo -sólo soy un escritor profesional que cuenta cosas, no un artista ni un yonqui de las palabras-, lo de escribir después la novela no es más que un trámite necesario y a menudo ingrato: un acto casi burocrático que justifica que inviertas tiempo y esfuerzos previos cuando todo es aún posible. Cuando te acercas a la novela por escribir sabiendo que está por hacer y quizá esta vez consigas que sea perfecta, aunque tu instinto te diga que nunca lo será. Acercándote a cada nueva historia con la misma curiosidad y cautela con las que te acercarías a una mujer hermosa de la que te acabases de enamorar.

Volví a la Costa Azul hace unos días. Parte de mi última novela transcurre allí en 1937. Y la sensación fue extraña. Agridulce. Durante los dos últimos años me estuve moviendo por ese paisaje, primero con la expectación de una novela por escribir, y luego para trabajar en determinados pasajes a medida que la historia progresaba en mi cabeza y en la pantalla del ordenador. Vivía rodeado de cuadernos de apuntes, mapas, libros ilustrados, guías antiguas y viejas fotos que me permitieron reconstruir los lugares como el relato exigía, y mover con seguridad a mis personajes: saber lo que veían sentados en tal o cual sitio, describir la luz de un atardecer en la bahía de los Ángeles o las palmeras de Matisse vistas desde la ventana del hotel Negresco, con sus copas vencidas bajo la lluvia. Ahora he vuelto a pasear por el barrio viejo de Niza, por los pinares próximos a Antibes, junto al mar. He salido del hotel de París, en Montecarlo, y cruzado la plaza frente al Casino para sentarme en la terraza de enfrente, como hace Max Costa, el protagonista masculino de El tango de la Guardia Vieja. Y he vuelto a detenerme en el recodo de la carretera donde él y Mecha Inzunza conversan de noche, en la oscuridad, nueve años después de su primer encuentro. Todo eso me era familiar antes de escribir la novela; pero ahora lo conozco de modo muy distinto. Demasiado íntimo, tal vez. Demasiado personal. Ya no podré volver a esos lugares sin amueblarlos con mi propia historia y personajes; sin verlos de otro modo que a través de la novela que yo escribí. Y no estoy seguro de que eso sea del todo bueno. Mi imaginación se apropió de ese mundo para siempre, y ya nunca podré mirarlo con la inocencia de unos ojos libres.

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