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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

Yo me divertiré. Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías.

Javier Marías

Ya he hablado aquí de doña Carmen García del Diestro o más bien la señorita Cuqui, mi profesora de literatura en el colegio "Estudio" de Madrid. Hoy nonagenaria, me ha pedido unas líneas para el discurso que pronunciará en la reunión de fin de curso del profesorado actual. Le he escrito mejor una carta, y me voy a permitir resumirla porque acaso sea un homenaje no sólo a ella, sino a toda una generación de enseñantes, y porque quizá algún párrafo pueda aplicarse a cualquier profesión.

Y esto le he dicho a la señorita Cuqui:

"Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías. Y así, se les permite siempre menos el uso de la imaginación y más les son impuestos el mimetismo y la uniformidad. Habrá quienes se sientan felices por ello. En todo oficio hay y ha habido gente rutinaria y perezosa, que prefiere saber a qué atenerse, no ya a diario, sino en su entera vida. Gente que sólo busca su seguridad y jamás aventura; reiteración y no riesgo; cómodas cortapisas y reglas que descarten el traicionero entusiasmo con que a veces se acometían las tareas en el pasado.

Quizá he errado el tiempo verbal, ojalá. El número va menguando, pero aún quedan personas que sí afrontan con imaginación y entusiasmo su trabajo cotidiano, y aun su vida entera que no quieren conocer ni vislumbrar así, entera, de antemano. Personas que recibirán las sorpresas con gusto, aun sí no son muy buenas, antes que sentirse programadas hasta la eternidad. Tengo para mí que ese entusiasmo -que a menudo flaquea, cómo no- y esa imaginación -basta una modesta, un grano de sal- son especialmente necesarios en la enseñanza. No ayudan los tiempos, que poco alientan y recompensan a los docentes, en lo político, lo económico y lo social. Pero aun así, el primer precepto de un profesor para consigo mismo ha de ser: YO ME DIVERTIRÉ. Eso creo, y esa fue mi divisa durante los pocos años en que, como un impostor accidental, di clases en Oxford, en Massachusetts, en Madrid. Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también. Se intrigaban, se preguntaban, se paraban a pensar, esperaban que al final de la hora -como en un relato- se produjera una revelación, una deducción, una conclusión no insignificante; la respuesta a un enigma, o, lo que es lo mismo, el logro de un conocimiento. Poco importaba que al sonar la campana nada de eso tuviera lugar; lo importante era su espera, su confianza en ello, su atención al proceso de la transmisión de un problema o un saber. La existencia y visión fugaz del espejismo.

Creo que eso es lo fundamental: enseñar a pensar, a interesarse, a intrigarse, y eso puede conseguirse hasta con la más árida o menos práctica materia, con las matemáticas y con el latín. Pero creo también que eso sólo puede lograrse con la diversión -y por tanto con la alegría, por momentánea que sea, aunque sólo dure la duración de una clase- del que conduce ese pensamiento, ese interés, esa intriga.

Usted, desde luego, y muchos otros profesores y sobre todo profesoras de "Estudio", fueron quienes me convencieron de lo que ahora afirmo. Fueron magistrales en todo eso, y no me crea tan ingenuo para no saber, al cabo del tiempo, que para muchos de ustedes enseñar en un colegio significaría al principio abandonar aspiraciones en teoría más altas, o la resignación y la renuncia, bajo una dictadura que se dedicaba a arrancar de cuajo las ilusiones y esperanzas de muchos españoles. No, no creo que todos ustedes tuvieran eso ya antiguo, vocación. Seguro que muchos no. Y los hubo, sin duda, que se encararían con aquellos alumnos como quien arrastra una penitencia. Y sin embargo en la mayoría, y por supuesto en usted, señorita Cuqui, se impuso sobre cualesquiera reveses, sinsabores o abandonos el deseo vehemente de su propia diversión. Y así, fueron imaginativos y alegres, arriesgados y sorprendidos, irónicos y en general risueños. Una suerte para nosotros, desde luego para mí. Y sé por eso que un mundo en el que tras una mesa o ante una pizarra no hubiera ya profesores como los que vi y escuché a lo largo de tantos años, sería mucho más triste, menos atractivo y más bobo que el que me tocó descubrir. Y como los maestros y profesores, estén considerados como lo estén hoy, lo que hacen más que ninguna otra cosa -más incluso que transmitir saber- es configurar personas, su tarea sigue siendo una de las más importantes en cualquier lugar. Así que por el bien de todos, confío en que jamás falten docentes con ese lema y que sigan el ejemplo que usted nos dio: YO ME DIVERTIRÉ. " Que tenga muy feliz y divertida reunión.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Noches armadas de Reyes, Contra el contagio universal (El País)

Hay un ejercicio fascinante, a medio camino entre la literatura y la vida, que muchos de ustedes habrán practicado alguna vez: visitar lugares leídos antes en libros y proyectar en ellos, enriqueciéndolos con esa memoria lectora, las historias reales o imaginarias, los personajes auténticos o de ficción que en otro tiempo los poblaron y que de algún modo siguen ahí, apenas disimulados a poco que uno se fije. Para quienes gozan de ese privilegio extraordinario, esto sitúa los lugares con bagaje histórico o literario en un contexto singular que los hace aun más atractivos. Ciudades, hoteles, calles, paisajes, cuando te acercas a ellos con lecturas previas en la cabeza, adquieren un grato carácter personal; un sabor intenso. Cambia mucho las cosas, en ese sentido, visitar Palermo habiendo leído El gatopardo, o pasear por Buenos Aires con Borges y Bioy Casares en la recámara. Tampoco es lo mismo bajar del autobús turístico en Hisarlik, Turquía, para hacerte una foto mientras el guía cuenta que allí hubo una ciudad llamada Troya, que caminar por esa llanura con viejas lecturas y traducciones en la cabeza, comprobando cómo el paso del tiempo no secó el río Escamandro, pero alejó la orilla del mar color de vino con sus cóncavas naves; sentir los gritos de guerra de hombres cubiertos de bronce -cayó, y resonaron sus armas-, o ser consciente de que tus zapatos llevan el mismo polvo por el que Aquiles arrastró el cadáver de Héctor atado a su carro.

Si eso ocurre con los libros leídos, calculen lo que ocurre cuando los escribe uno mismo. Cuando durante semanas, meses o años, pueblas determinados paisajes con tu propia imaginación. A mí me ocurre con frecuencia, pues localizo los pasajes de casi todas mis novelas en sitios reales: viajo allí, tomo fotografías y notas, leo cuanto puedo encontrar sobre el asunto. Pocas sensaciones conozco tan agradables como caminar con maneras de cazador y el zurrón abierto; entrar en un bar, un restaurante, tomar asiento en una terraza y decidir: este sitio me sirve, lo meto en la novela. Y luego, recreándote en el placer que eso depara, imaginar a tus personajes moviéndose por el lugar, sentados donde estás, bebiendo lo que bebes, mirando lo que tú miras. Comparado con el acto de escribir, con el momento de darle a la tecla, esta fase previa es superior, mucho más excitante y mágica. Para individuos como yo -sólo soy un escritor profesional que cuenta cosas, no un artista ni un yonqui de las palabras-, lo de escribir después la novela no es más que un trámite necesario y a menudo ingrato: un acto casi burocrático que justifica que inviertas tiempo y esfuerzos previos cuando todo es aún posible. Cuando te acercas a la novela por escribir sabiendo que está por hacer y quizá esta vez consigas que sea perfecta, aunque tu instinto te diga que nunca lo será. Acercándote a cada nueva historia con la misma curiosidad y cautela con las que te acercarías a una mujer hermosa de la que te acabases de enamorar.

Volví a la Costa Azul hace unos días. Parte de mi última novela transcurre allí en 1937. Y la sensación fue extraña. Agridulce. Durante los dos últimos años me estuve moviendo por ese paisaje, primero con la expectación de una novela por escribir, y luego para trabajar en determinados pasajes a medida que la historia progresaba en mi cabeza y en la pantalla del ordenador. Vivía rodeado de cuadernos de apuntes, mapas, libros ilustrados, guías antiguas y viejas fotos que me permitieron reconstruir los lugares como el relato exigía, y mover con seguridad a mis personajes: saber lo que veían sentados en tal o cual sitio, describir la luz de un atardecer en la bahía de los Ángeles o las palmeras de Matisse vistas desde la ventana del hotel Negresco, con sus copas vencidas bajo la lluvia. Ahora he vuelto a pasear por el barrio viejo de Niza, por los pinares próximos a Antibes, junto al mar. He salido del hotel de París, en Montecarlo, y cruzado la plaza frente al Casino para sentarme en la terraza de enfrente, como hace Max Costa, el protagonista masculino de El tango de la Guardia Vieja. Y he vuelto a detenerme en el recodo de la carretera donde él y Mecha Inzunza conversan de noche, en la oscuridad, nueve años después de su primer encuentro. Todo eso me era familiar antes de escribir la novela; pero ahora lo conozco de modo muy distinto. Demasiado íntimo, tal vez. Demasiado personal. Ya no podré volver a esos lugares sin amueblarlos con mi propia historia y personajes; sin verlos de otro modo que a través de la novela que yo escribí. Y no estoy seguro de que eso sea del todo bueno. Mi imaginación se apropió de ese mundo para siempre, y ya nunca podré mirarlo con la inocencia de unos ojos libres.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

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por Madre Superviviente

El otro sábado una amiga me invitó a comer a su casa, y cuando estábamos en ese maravilloso aperitivo de cocina, esas cervecitas mientras se pocha la cebolla, la llamó una amiga que trabaja en el instituto.

- Joder, Marta faltó ayer toda la mañana a clase –dijo cuando colgó.

Justo en ese momento, la susodicha apareció por la puerta con toda la pinta de acabar de levantarse.
- ¿Qué tal lo pasaste ayer? –le preguntó mi amiga malhumorada.
Marta, quince años, la miró con ojos de vaca y se quitó los auriculares que llevaba en las orejas.
- ¿Qué?
- ¡Que estás castigada sin ipod!

La hija se negó con una seguridad que me hizo pensar que siempre se sale con la suya. Y a continuación se lanzó a abucharar a su madre con explicaciones farragosas, preguntas, promesas, excusas y amenazas; y ambas se enzarzaron en una estéril pelea. La niña consiguió darle la vuelta a la tortilla y, al final, se marchó de la cocina poniéndose los auriculares en las orejas con santa indignación.
Mal, muy mal.

No podemos exigir a los hijos que sean responsables de sus actos cuando nosotros no lo somos de los nuestros. Si le decimos que está castigado sin ipod, tenemos que tener claro que no puede irse sin dárnoslo. Y sí, a veces hay que montarles el pollo y gritar y hasta arrancarle los auriculares de las orejas. Pero muchas veces no hace falta llegar a eso. Basta utilizar el sentido común:

1.- No empezar la conversación con una amenaza que no vas a cumplir (“te voy a quitar el ipod”), sino con el motivo de tu preocupación (“me he enterado de que ayer no fuiste a clase ¿dónde estuviste?”)

2.- No entrar al trapo del adolescente. Son muy hábiles provocando broncas que distraen a los padres de su objetivo, es mejor dejar que gaste toda su munición de explicaciones farragosas, justificaciones, juramentos, promesas y rasgamiento de vestiduras. No olvides en ningún momento que, te cuente lo que te cuente, el hecho es que ha faltado a clase. Y que tu obligación es sancionar ese comportamiento.

3.- Cuando el adolescente termina de montar su numerito, extender la mano y decir, ahora sí: “Dame tu ipod”.

4.- Fin de la conversación

- ¡No es tan fácil! –dice alguien al fondo de la sala.

No, no lo es. Y si en tu casa tus hijos están acostumbrados a salirse con la suya, te costará mucho que respeten tu autoridad. No se consigue en un día, ni en dos.
Por eso esto es una serie. En el próximo capítulo, continuaremos ahondando en el tema.

CHAMPIONS | City 1 - R. Madrid 1

Rocchi expulsó a Arbeloa por un penalti inexistente. (AFP)Rocchi expulsó a Arbeloa por un penalti inexistente. (AFP)

  • Gran primera mitad del Real Madrid que marcó un gol y perdonó varios
  • Resurreción y control local en el segundo acto, con Silva al mando
  • Casillas salvó una del Kun, pero encontró su gol con un penalti y expulsión inexistente de Arbeloa

 

Messi festeja uno de sus goles en el Luzhniki. (Foto: Reuters)

Messi festeja uno de sus goles en el Luzhniki. (Foto: Reuters)

 

Sobre la hierba artificial, eludiendo los respingos traviesos del balón, el Barça firmó en Moscú una primera parte estupenda. Los mejores 45 minutos desde hace bastante tiempo. Con un poderío que dejó asombrado al repleto Luzhiniki. Nada le importó recibir las mismas ocasiones de casi siempre, porque encontró el modo de transformar su primoroso toque en peligro. Llegaron ocasiones por doquier y dos goles de Messi. El pase a octavos es un hecho. Asimismo, el primer puesto del grupo, tras la derrota del Celtic en Lisbota. No se encerró el Spartak y quiso jugar de cara. El drama fue que enfrente tuvo a un Barça en plena forma, centradísimo en lo suyo. Apuraban sus opciones los chicos de Lukoil, colistas del grupo, porque ni les valía el empate. Se plantaron con orden y buscaron el modo de hacer pupa a Valdés. Desde la estrategia, con un córner mal rematado por Kallstrom, hasta las transiciones por sorpresa, aprovechando cualquier pérdida azulgrana.

Ese era el plan de Emery, tan nervioso como siempre en la banda, exigiendo concentración, alentando las carreras de Dmitri Kombarov por la izquierda, aplaudiendo las apariciones de Jurado en la mediapunta. Había que secar a un Barça con varios cambios con respecto al sábado. Mascherano en lugar de Puyol, Busquets por Song y Fábregas dando más opciones para la combinación de lo que hace Villa. Las novedades cumplieron con creces.

Demasiado perdón

Sobre todo Pedro, omnipresente con sus desmarques desde el el extremo derecho. Suya fue la primera ocasión ante Dykan, fabricada por el pase al espacio de Xavi. Un aperitivo del gol de Alves, de vuelta también al once para disgusto de Montoya. Dos fallos encadenados de las centrales fueron demasiado y el brasileño cruzó a la red, raso, con el exterior.

El primer golpe a la hinchada 'espartana'. Los rusos, como cualquiera, parecían embrujados con tanto pasecito. Para despertarse siempre les quedaba algún latigazo por sorpresa. El ya mencionado desde la esquina o un precioso contragolpe llevado por Emenike por la derecha. Suchy se había animado en el área, pero finalizó como lo que es, un central. El remate en este Spartak debía ser cosa del nigeriano, que tampoco tenía la noche.

Había anotado ya el 0-2 Messi, tras un rebote fabricado por Iniesta, cuando Emenike despilfarró la última gran ocasión local. Una gran salida desde atrás de Insaurralde más la carrera de Kombarov por la izquierda. Ante un Barça excelso, eso era perdonar demasiado. A la siguiente ratificó el pase a octavos La Pulga, agradecido por el pase de Pedro. Ya es el segundo máximo goleador de la historia de la Champions, con 56 goles, los mismos que Van Nistelrooy, a 15 del récord de Raúl.

A cinco de Müller

No hay imposibles para Leo y Tito Vilanova le mantiene en acción incluso en momentos donde la prudencia recomendaría lo contrario. No hizo cambios tras el técnico azulgrana y su equipo siguió en las mismas. Fábregas, tras las paredes de lujo con Iniesta, se quedó a un paso del 0-4. El empeño de Valdés era de distinta índole: mantener el cero en la portería. Algo le apretó el Spartak. No demasiado.

De hecho, los mayores agobios fueron para Dykan. Pudieron marcar Iniesta y tras la pifia de Makeev en un saque de banda, el propio Messi. Con seis partidos por delante en 2012, la gesta de Gerd Müller (85 tantos en un año natural) parece al alcance de la mano. He ahí la última frontera del genio.

 

por Marisol Oviaño

El gato ha cazado un pequeño murciélago. A pesar de que es un bichejo repugnante, sus quejidos lastimeros dan mucha lástima. Pero es la primera vez que mi michino caza alga de cierta envergadura, y le dejo la pieza a pesar del asco y la pena que me da. La naturaleza es cruel, me digo.

Pero no hay nada de natural en ello: mi gato caza por diversión. No tiene hambre. No tiene prisa por comerse su presa y juega con ella. No puedo evitar pensar que la clase media es ese pobre murciélago que no puede volar y se arrastra lastimeramente sobre las garras de sus alas. El gato (metáfora de los que mandan) espera a que haya avanzado un buen trecho para volver a chincharle, y así se tiran veinte minutos, en los que el murciélago no deja de llorar. En su huida, busca refugio entre la estantería de obra y la chimenea: si se muere ahí, no habrá quien lo saque. Y olerá a podrido durante mucho tiempo. De modo que me dejo de alegorías y me uno al gato y, en cuanto su víctima asoma una de las alas, cojo al bicho con la escoba y el recogedor de metal que uso para las brasas y lo echo a la terraza, para que el gato remate su tarea lejos de mí.

No tarda mucho en volver con su presa, que sigue llorando como el mamífero que es. De modo que vuelvo a coger el recogedor y la escoba, vuelvo a poner al bicho fuera del alcance del gato y lo arrojo al cielo, aun sabiendo que ya no podrá volar. Cae en picado a la calle. El gato le contempla desolado desde la terraza y me mira acusador.

- La naturaleza es cruel, gatito. Tú eres más grande que el murciélago, pero yo soy más grande que tú. Y además, comes de lo que cazo. Así que déjame escribir, que son las dos de la madrugada.

por Almudena Grandes

Hay muchas cosas buenas que salen gratis. Pasear por la mañana temprano, cuando el sol es tierno, tímido como la brisa que coquetea con las hojas de los árboles. Caminar de madrugada por calles tan llenas de gente como en los mediodías del invierno, para asombrarse de la euforia silenciosa de las parejas que se besan en los bancos, o apoyadas en los pilares de las plazas porticadas. Los que viven cerca del mar lo tienen fácil, pero también es una fiesta meter en una tartera la comida prevista para consumir en casa, despacharla sobre una manta, en la hierba de algún parque, y tumbarse después a la sombra. Asistir a los conciertos de las bandas que suelen tocar en quioscos de parques y plazas mayores los domingos por la mañana. Y frecuentar las bibliotecas públicas, mientras duren.

Hay muchas cosas buenas que salen muy baratas. Una botella de vino para beberla despacio, en casa, al atardecer y entre amigos. Un buen libro de bolsillo, que proporciona una emoción que dura más que el vino y cuesta casi lo mismo. Un cine de verano, el lugar ideal para hacer manitas. Una ración de ensaladilla rusa y dos cañas, en la terraza de un bar cualquiera, antes o después del cine de verano. Enamorarse es un milagro todavía más barato, tan caro que, sin embargo, no se puede fabricar.

El verano es el tiempo de la felicidad. Apúrenlo y no piensen en el invierno que nos espera. Porque nuestros abuelos lo tuvieron muchísimo peor que nosotros y si no hubieran vivido, si no hubieran sabido disfrutar de la vida, si no se hubieran enamorado en tiempos atroces, nosotros no estaríamos aquí. Si existe una cosa que sabemos hacer bien los españoles es ser pobres. Lo hemos sido casi siempre, pero eso no nos ha hecho más desgraciados, ni más tristes que los demás. Recuérdenlo y sean felices, porque la felicidad también es una forma de resistir.