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Unos ojos verdes una muchacha de ojos verdes
Unos ojos verdes: muchacha de ojos verdes fată cu ochi verzi

Unos ojos verdes

Eran verdes... Y él nunca había visto unos ojos así, del mismo tono que las hojas de un árbol tierno. Erau verzi... Iar el nu mai văzuse pâna atunci astfel de ochi, cu aceeaşi nuanță a frunzelor unui copac tânăr.

colores y tonos culori şi nuanțe: marrones maro, cafenii, verdoso verzui, castaño căprui /şaten, aceitunado de culoarea măslinei/măsliniu (aceituna măslină), azul albastru

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por Javier Cercas

Como siempre he sido muy pedante y muy elitista (o como no se puede leer todo), nunca me animé a leer a Stephen King, quizá el novelista vivo más popular del mundo; pero, después de devorar la entrevista que semanas atrás le hizo en este suplemento Miguel Mora, pienso corregir ese error. Leyéndola, recordé el titular que un periódico gratuito colombiano publicó al día siguiente de la elección del papa Bergoglio: “Argentino, pero modesto”. A diferencia de la mayoría de los escritores, que apenas publicamos nuestro primer relato tendemos a sentir que entre Cervantes y nosotros se abre un vacío dramático en la literatura universal, King se considera un escritor de segunda. Sorprendido por su humildad, Mora le pregunta por qué se quita importancia; la respuesta de King es contundente: “Lo contrario de eso sería llamarme Il Grande, que sería lo mismo que llamarme El Gran Gilipollas. No quiero ser eso. Quiero ser tratado como una persona normal”. Muchas de las respuestas de King están llenas del mismo buen sentido (“La popularidad no siempre significa que algo sea malo”) y en conjunto delatan a un escritor de verdad, que es aquel a quien lo que le importa es escribir, no posar de escritor. De hecho, quizá lo único sospechoso de King, o del King de la entrevista, es su considerable brillantez: mi impresión es que, por regla general, en las entrevistas los grandes escritores suelen parecer un poco grises, porque un escritor de verdad, a menos que sea Oscar Wilde, es quien pone su genio en sus libros y sólo su talento en su vida, lo que explica que su vida siempre esté por debajo de sus libros y que él mismo sea a menudo, en persona, un poco decepcionante. Aunque quizá digo lo que digo porque aún no he leído ningún libro de King.

Pero no es de eso de lo que yo quería hablar. En un momento de la entrevista cuenta King: “Esta mañana íbamos en el coche, nos paramos al lado de un autobús donde iba una mujer sentada y pensé: ‘¿Y si ahora sube un tipo y le corta el cuello?’ (…). Lo importante es esa pregunta: ¿qué pasaría si…? Ese es el motor de mis historias”. Falso: ese no es el motor de las historias de King, sino el de todas o casi todas las historias, el de todas o casi todas las novelas, desde la mejor hasta la peor. Tomemos la mejor. Un día cualquiera Cervantes se dice: “¿Qué pasaría si, en vez de haber sido yo alumno de López de Hoyos y haber vivido en Italia y haber combatido en Lepanto y haber sido cautivo en Argel y ser un poeta fracasado, un dramaturgo fracasado y un novelista fracasado, me hubiera pasado la vida sin salir de un poblachón de La Mancha y leyendo libros de caballería?”. Esa es la pregunta inicial del Quijote, en ese punto exacto empieza la novela. ¿Significa esto que Cervantes es don Quijote y que todo lo que dice don Quijote lo dice Cervantes? Sí y no: todo lo que dice don Quijote lo dice Cervantes, pero también todo lo que dicen Sancho Panza y el cura y el barbero y los demás personajes de la novela, porque lo que dice la novela es el resultado poliédrico, complejísimo y contradictorio del diálogo entre todos sus personajes, empezando por el narrador; del mismo modo, Cervantes es don Quijote y Sancho Panza y los demás personajes de la novela, todos ellos carne de su carne y sangre de su sangre, todos ellos –por usar la expresión de Milan Kundera– “yoes hipotéticos” suyos, posibilidades no realizadas de su vida, caminos que hubiera podido seguir y no siguió, igual que King hubiera podido bajarse del coche en el que aquella mañana circulaba y se hubiera podido subir al autobús en el que estaba sentada la señora y le hubiera podido cortar el cuello. No lo hizo, por fortuna. Pero algún día quizá escribirá una novela donde él será a la vez el asesino y la víctima y donde, si le sale bien, expresará a la vez su furia y su miedo, su apetencia de muerte y su terror a la muerte.

Así funcionan las novelas; tanto para quienes las escriben como para quienes las leen, eso son: vidas hipotéticas, caminos que nuestra existencia pudo seguir y no siguió o aún no ha seguido. Y para eso necesitamos las novelas: para vivir de mentira lo que no pudimos o no quisimos vivir de verdad, para enriquecer nuestras vidas, para ensayar el futuro y prepararnos para él o protegernos de él, para vivir del todo.

elpaissemanal@elpais.es

defenderse de insultos

por Robert Lozinski

Desgraciadamente una de las entradas que más comentarios "ha cosechado" es "Me cago en esos putos rumanos". Se trata de un tema compuesto por un artista español moderno. Sus razones tendría ese artista. Visto así, yo también tengo mis motivos de aligerarme en su puta madre. Empatados. Y ahora vamos a ver. He dejado a mis alumnos que se expresen libremente al respecto, que se defiendan, que den rienda suelta a su, a mi juicio, legítimo enfado. Así aprenden a expesarse en el castellano vulgar, cada vez más blogalizado. Que no se queden cortos, vamos.

¡Ojo! He dicho "dejado" no "animado".  Para que no digan luego que el profe que han tendido ni siquiera les ha enseñado a defenderse de los insultos. La cosa parece ser muy necesaria teniendo en cuenta la cantidad de improperios que fluyen a chorros en una lengua tan hablada como es el español.

Pero también para ofender hay que tener cabeza y criterio. Una retahíla de tacos sin pies ni cabeza simplemente aburre. Así que, los que se dan una vuelta por nuestro patio, que dejen de dar la lata con cosas sin sentido. Por favor.

por Arturo Pérez-Reverte

 

El otro día, en Twitter, un bobo escribió algo que me tiene caliente: «La cultura debe ser de acceso libre y gratuita». El fulano criticaba un artículo de Javier Marías en el que éste, con argumentos de peso y conocimiento del asunto, señalaba el grave perjuicio económico que para editores, libreros y autores supone la piratería electrónica en España: uno de los países europeos donde, con desvergonzado beneplácito gubernamental, más impunemente se piratea literatura en la red; hasta el punto de que las ventas cayeron el año pasado hasta el 70% del anterior, con el desastre que eso supone para cuantos viven de la industria del libro.

Y ya que hablamos de desvergüenza y gobiernos, palabras sinónimas, no estaría de más recordar que Ignacio de Luzán, literato aragonés, escribió en el siglo XVIII: «Sólo un Estado organizado y fuerte, liberal y protector con sus artistas, pensadores y científicos, es capaz de proveer al progreso material y moral de la Nación». Dejando aparte el toque absolutista propio de su tiempo, la idea básica sigue siendo válida, y explica muchos males de ahora. Sin cultura no hay educación, sin ésta no hay futuro, y los gobiernos -en democracia, con la colaboración de los ciudadanos responsables- deben garantizar su desarrollo y beneficios generales.

En España ocurre todo lo contrario, y sobre todo con el gobierno de Mariano Rajoy -tan aficionado, por otra parte, al fútbol y al ciclismo- que en materia de cultura hace que Zapatero y su chusma de iletrados e iletradas parezcan la escuela de Atenas. En vez de garantizar la cultura y proteger a sus creadores, esta pandilla desprecia todo lo relacionado con ella, y lo hace de un modo tan infame que acabas preguntándote si tiene cuentas por saldar. En un país donde un producto cultural tiene el mismo trato fiscal que una camiseta de Zara; donde a un director de cine, a un músico o un novelista el ministerio de Hacienda los mete en el mismo grupo que a actrices porno, futbolistas o pedorras de la telebasura, el ministro Montoro encabeza, desde el primer día de gobierno del Pepé, una campaña de acoso e intimidación fiscal nunca antes vista a cuanto tiene que ver con la cultura. Exprimirla sin miramientos, es la idea. Pero a nadie, ni en este miserable Gobierno ni en el anterior, se le ocurre nunca proteger sus derechos. Su trabajo. Su futuro.

Lo contaba Javier Marías en el artículo que mencioné antes. Dos años de esfuerzo en una novela obtienen a cambio el 10% sobre su precio. Si la novela se vende a 20 euros, el beneficio para el autor son 2 euros por cada libro: 10.000 ejemplares vendidos supondrán 20.000 euros de salario por dos años, lo que no es demasiado, sobre todo si se tiene en cuenta que cuando alguien invierte dos años de su vida en escribir una novela, nada le garantiza que ésta vaya a venderse. Eso, sin contar viajes, materiales, inversiones previas necesarias para escribir la obra. En cuanto al libro electrónico legal, si el precio es de 8 euros, el beneficio para el autor será de 0,80 euros. Eso significa que cada lector que baje por la patilla esa novela de la red le estará robando a Javier, a mí, a quien se dedique a esto, entre 0,80 y 2 euros, según el soporte. Lo que significa que 5.000 lectores piratas, a cambio de libros gratis que quizás ni lean, habrán robado al autor entre 4.000 y 10.000 euros. Sin contar el daño hecho a editores y libreros, y a quienes para ellos trabajan. Porque no hablamos sólo de autores, sino de toda una compleja industria y de los miles de personas, empleados y sus familias, que viven de ella.

Algo semejante ocurre con músicos y cineastas. Por eso se desploma el mercado de la cultura, entre quienes la consumen menos y quienes no pagan por ella. Hay esfuerzos y gastos previos imposibles si la rentabilidad es poca. Fabricar cultura es un trabajo como cualquier otro, y exige una remuneración adecuada, sobre todo si ese trabajo es tu medio de vida. Además, un escritor o un artista suelen tener fecha de caducidad, como los yogures, y tal vez esa persona aún deba vivir muchos años de lo que ganó en un momento de éxito. Creer que la cultura es algo que los autores fabrican en ratos libres, por diversión y sin esfuerzo, es una estupidez en la que incurren muchos. Así que calculen lo que pasa cuando las ventas legales caen en picado. Y si eso sucede con autores superventas, que aún se las apañan, consideren lo que espera a los autores modestos. Quién podrá permitirse, de aquí a nada, dedicar dos años a crear algo sabiendo que después no cobrará por ello. Imaginen a un abogado, un arquitecto, un fontanero, a los que no pagaran sino tres de cada diez clientes. Si este trabajo lo quieres gratis, dirían, que lo haga tu puta madre.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

Noches armadas de Reyes. Pérez-Reverte me está armando. Literalmente.

Javier Marías

Pérez-Reverte me está armando. Literalmente. Me está llenando la casa de armas, y la cosa, poco a poco, me va trayendo consecuencias. Para que nadie se escandalice con el puritanismo habitual de esta época, aclararé que se trata de réplicas inofensivas, pero tan bien hechas que parecen de verdad. Desde hace siete años, adoptó la amable costumbre de regalarme algo cada Navidad, quizá a raíz de la consulta que hube de hacerle sobre el funcionamiento de una vieja pistola Llama, para una de mis novelas. Él, ya saben, anduvo una larga temporada como corresponsal bélico, y entiende de estas herramientas. De hecho, por las descripciones que he leído en entrevistas, su casa debe de parecer, a estas alturas, un anexo del Museo de la Guerra. Así que, como casi todo coleccionista, me va inculcando su afición a golpe de cuchillos –moneda siempre por medio– y pistolas. La primera pieza, con todo, fue sólo un complemento: un bonito y favorecedor casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Zululandia y en otros lugares, que se unió al salacot que ya tenía, heredado de mi padre. Como imaginarán, es imposible disponer de algo así sin caer en la tentación de ponérselo de vez en cuando. En una ocasión una periodista extranjera me pilló con el casco en la cabeza, le abrí la puerta sin acordarme de que me lo había encasquetado hacía un rato. “De expedición, veo”, no pudo resistirse a decirme. Luego vino una bayoneta de Kalashnikov, y a continuación un puñal Fairbairn-Sykes, inspirado en los de los gangsters chinos de los años 30 y que fue el utilizado por los comandos británicos de la Segunda Guerra Mundial. Y después otro, el de los marines americanos (los dos últimos de hoja pavonada, para que no reluzca en la oscuridad y delate al que los empuña). Y ahora llevamos tres Navidades con armas de fuego: primero un Colt, yo diría que el modelo de 1873, pero que Jacinto Antón no me haga caso. Le siguió una Webley & Scott de 1915, también británica, con su correa y todo, y que no desentona lo más mínimo con el casco colonial (llamémoslo así) que inició esta tradición.

No hace falta decir que le correspondo con alguna antigüedad, si la encuentro: un larguísimo catalejo que perteneció a un ballenero de Hull, un abrecartas forjado por un soldado de la Primera Guerra Mundial, pone “Yser”, así que debió de hacerlo alguien que detuvo a los alemanes en ese río, en octubre de 1914. Como ven, mis regalos son más civiles. Pero claro, a medida que se ha producido la escalada armamentística en mi piso, noto que Aurora, mujer alegre y encantadora que viene a trabajar tres mañanas por semana, me mira de vez en cuando con una mezcla de preocupación y lástima. Como es también muy discreta, nunca me ha dicho nada ni me ha preguntado por la paulatina proliferación, pero, según crece el arsenal aparente, debe de pensar: “¿Pero qué le está pasando a este hombre? Si antes era de lo más apacible”. En cuanto a Mercedes, asimismo encantadora y que trabaja conmigo otras tres mañanas, advierto que a veces lanza miradas aprensivas, primero a mí, luego a las armas expuestas sobre una mesa, luego a mí de nuevo, como si temiera que un día me voy a abalanzar sobre ellas y a organizar un estropicio. Y cuando viene la risueña Carme unos días, ella sí enterada de la procedencia, cada vez que descubre una nueva le entra un ataque de risa y no puede evitar burlarse: “Pero dónde vas con tanta pistola. Sólo te faltan unas cartucheras cruzadas y un sombrero en la nuca para parecer Pancho Villa”. En suma, me he convertido en motivo de preocupación, temor y befa para quienes me rodean. No quiero ni imaginarme cuál será el veredicto de los periodistas que por aquí aparecen. Concluirán que soy un fanático.

El Capitán Alatriste ha echado por tierra el poco respeto que pudieran tenerme mis colegas académicos

Este año ha tocado una Luger, la icónica pistola alemana de 1908, y a Arturo no se le ocurrió otra cosa que llevármela hace cuatro jueves a la Real Academia Española. Aprovechando el “recreo” –el intervalo entre sesiones, en el que nuestros colegas departen civilizadamente en la Sala de Pastas–, nos fuimos a un pasillo alejado para que me enseñara el funcionamiento. Así que allí estábamos los dos, jugando con la réplica de la Luger y probándola como críos (“¿Te imaginas que hubiéramos tenido una tan perfecta de niños?”, me decía Pérez-Reverte, y yo le contestaba: “Habríamos tenido que esconderla, nos la habrían confiscado”), cuando hubo un inesperado desplazamiento de venerables –bueno, la mayoría–, y nos pillaron con las manos en la masa, apuntando a los techos, amartillando y dándole una y otra vez al gatillo. Algunos nos miraron con reprobación (los más pacifistas), otros con severidad (filólogos y lingüistas sobre todo, varios no suelen estar para bromas), otros con sobresalto (los más aprensivos, debieron de creer que era de verdad la pistola y que podíamos soltar un tiro en la docta casa, profanándola), y unos pocos se acercaron a participar del juego. El Profesor Rico, para variar, nos soltó una impertinencia: “¿Leoncitos a mí?”, nos dijo. “Vaya par de macarras estáis hechos, tratando de amedrentar a las lumbreras”. En fin, no sólo ha fomentado el Capitán Alatriste la desconfianza de mis allegados en casa, no sólo ha conseguido que los periodistas me tengan por un maniaco, sino que ha echado por tierra el poco respeto que pudieran dispensarme mis colegas académicos, que ya me verán para siempre como a un pueril irresponsable, un inconsciente. Eso sí, las armas son todas preciosas.

Javier Marías, Cervantes y Dostoyevski, Contra el contagio universal (El País)

Luca Zidane, hijo mediano de Zinedine y el portero de Real Madrid en el equipo de los de sub 17, fue nombrado el mejor portero del turneo Al Kass Cup.

Aqui son las paradas de Zidane el el partido contra Manchester City.

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El amor es un sentimiento contranatural que une a dos desconocidos en una relación mezquina e insalubre, cuanto más intensa, tanto más efímera. (Gabriel García Márquez)

Me parece muy interesante lo que dice el autor y  desde un punto de vista estoy de acuerdo con él porque el amor es el más intenso sentimiento y las personas  que las amas pueden hacerte daño porque ellas son las más importantes de tu vida.

Desde otro punto de vista creo que el amor puede ponerte por las nubes como te puede aplastar.