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EL HOMBRE QUE VENDIO EL MUNDO .

Subimos por las escaleras escalera,
hablamos en muros y en telarañas.
Aunque yo no estuve allí, él dijo que yo era su amigo,
y para mi fue como una sorpresa.
Le hablé a sus ojos,
pues pensé que habia muerto hace mucho, mucho tiempo.
Oh no, yo no, yo nunca perdí el control,
estas cara a cara con el hombre que vendió el mundo.
Yo reí y estrché su mano,
e hice camino para regresar a casa.
Yo le busqué por tierras lejanas,
y estuve vagando desde hace años y años.
Yo estuve mirando fijamente a una mirada fija.
Andamos por millónes de colinas.
Nosotros debiamos haber muerto hace mucho, mucho tiempo.
¿ Quien sabe? yo no, nosotros nunca perdimos el control,
estas cara a cara con el hombre que vendió el mundo.

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esos putos rumanos

Google AdSense me censura este post avisándome de que su contenido es ofensivo. Lo entiendo perfectamente, sin embargo su contenido procede de otro que no me pertenece ni a mí ni a aquellos con quienes trabajo.

"Me cago en esos putos rumanos" es una canción española sobre los rumanos. Ha reunido un gran número de comentarios de protesta por parte de mis alumnos. He tenido que borrar o censurar los demasiado ofensivos. Los he dejado expresar su enfado porque así me lo han pedido ellos y para que aprendieran a defenderse de los insultos en castellano.

Enlazo un breve contexto a un artículo en El País con el título ofensivo completo pero que lleva por delante unos signos artográficos y una cifra que no entiendo lo que son "No paraban de gritar 'puto rumano".

Hoy quiero hablaros de algo,
y es de esa plaga que va en aumento,

Hoy quiero hablaros de algo,
y es de esa plaga que va en aumento,

son esos putos rumanos,
ohh que encima también trabajan los días de fiesta,
son esos putos rumanos
los que te miran en discotecas y si encima vas y les pegas,
ohh van y encima te denuncian ellos a ti

[ ESTRIBILLO ]

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

me cago en esos putos rumanos,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

Ehh esos que también van de chulos,
que trabajan en restaurantes me cago en su raza,
en sus muertos y en todo su país.

Ehh esos siempre llevan gorra
se la hago tragar entera
le meto una ostia así lo mando de vuelta a su país.

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

me cago en esos putos rumanos ,
hijos de puta .. rumanos,
voy a cortaros las manos hijos de puta…
puta

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Proceso de inserción del núcleo en el ovocito. | OHSU

Casi una decada despues de que el científico coreano.Un equipo de investigadores estadounidenses ha conseguido por fin el tan ansiado paso: obtener celulas madre embrionarias humanas a partir de una celula adulta mediante el proceso de trasferencia nuclear, lo que se podría denominar clonacion terapeutica.Porque ese es el principal objetivo de esta tecnica, la transferencia nuclear, que se hizo famosa en todo el mundo con la clonación de la oveja Dolly,hace mas que quince anos. Desde entonces, científicos de diferentes partes del planeta han podido clonar múltiples animales, como perros, camellos o vacas, pero con humanos se había fracasado siempre. Y no es que ahora se haya conseguido clonar una persona sino que la técnica de la clonación se ha aplicado para, a partir de un ovulo de una donante y una celula de la piel de un paciente, conseguir células madre embrionarias.

por Arturo Pérez-Reverte

El avión inclina un poco un ala y pierde altura, mientras la línea de la costa se advierte más allá de la ventanilla. Es un día luminoso y azul, aunque un fuerte mistral salpica el mar de borreguillos blancos y marca de oleaje la orilla lejana. Cierras el libro que has estado leyendo y observas el paisaje. Te gusta hacer eso cuando conoces la costa y las aguas próximas, reconociendo desde arriba lo que otras veces has navegado abajo: cabos, ensenadas, playas, puertos, se ofrecen a la vista como en un portulano o un mapa. Y una vez más no puedes menos que admirar a los hombres sabios y tenaces que, en siglos pasados, cuando no existían los satélites ni los aviones, consiguieron a base de compás, cañonazo, reloj, lápiz y papel, levantamientos cuyo trazado exacto, en buena parte de los casos, apenas se han visto modificados por las cartas náuticas modernas.

El avión desciende un poco más y las salpicaduras blancas se vuelven más visibles y precisas, hasta el punto de que puede apreciarse el movimiento de las grandes olas que hay allá abajo, la lenta ondulación del agua que el viento empuja en dirección paralela a la costa. Isobaras apretadas como sardinas en lata, piensas mientras por costumbre imaginas la intensidad del viento allá abajo. Beaufort fuerza 8, por lo menos. Eso significa temporal de 34 a 40 nudos, con el agravante de que el viento corre veloz, por un mar libre de obstáculos, desde muchos cientos de millas; y esa fuerza incide en la altura de las olas, que son majestuosamente alargadas y de cuyas crestas blancas, a medida que el avión sigue bajando, parecen desprenderse rociones de espuma.

El avión sigue virando despacio para enfilar la aproximación al aeropuerto, cuando adviertes algo allá abajo: un pequeño barco deja tras de sí una línea de espuma blanca y casi recta, muy visible aunque barrida pronto por las olas que corren hacia su popa. Es un velero, sin duda. Debe de tener entre doce y quince metros, y mantiene el rumbo hacia la costa, de la que lo separan todavía unas diez millas, ciñendo el viento. Eso puede suponer, con ese temporal y esa mar ondulada que lo mismo impulsa que frena, un mínimo de dos horas de navegación infernal, todavía. Por el rumbo que trae, es posible suponer que el velero lleva al menos catorce horas navegando, que al menos la mitad de ese tiempo lo ha hecho de noche, y que, en el mejor de los casos, el viento duro empezó a castigarlo un poco antes del alba.

Sabes lo que es, claro. Todo el que pasa algún tiempo en un barco lo sabe. Por eso, desde la cabina del avión, mirando la estela del velero que avanza obstinado en busca de refugio -esa tierra próxima que tú alcanzas a ver, pero él no-, sientes un estremecimiento de orgullo solidario. De admiración por ese hermano desamparado, cuya situación puedes imaginar. Observas que navega amurado a babor, consciente de la costa próxima, buscando la protección del puerto cercano, o de al menos una punta de tierra donde fondear a resguardo. Seguramente ciñe el viento con una trinquetilla y dos rizos en la mayor, dando fuertes machetazos en las olas, con su patrón amarrado en la bañera y atento al timón para no atravesarse a la mar, el tambucho cerrado y la tripulación trincada a las líneas de vida o abajo en la camareta, sentada en el suelo, la espalda apoyada en un mamparo, a mano el cubo de achicar por si el mareo juega malas pasadas. Puedes imaginar los rociones que saltan sobre su cubierta, la bandera aleteando a popa con violencia, el aullar de cuarenta nudos en la jarcia y el palo sobre el que el molinillo del anemómetro gira enloquecido. Las miradas entre inquietas y resignadas del patrón a los instrumentos de la bitácora para comprobar la posición, el abatimiento, las rachas del viento.

Que llegues a puerto, compañero, piensas conmovido mientras el solitario velero y su estela desaparecen bajo el ala del avión. Que aguante el barco y quienes lo tripulan. Y mientras miras el mar y la costa cercana, que desde abajo no se ve, piensas en todos los pequeños barquitos desamparados y valientes que ahora navegan acortando vela, ciñendo vientos duros sin otro socorro que su serenidad y su coraje. En busca de un sitio donde echar el ancla y descansar quienes, tras largas horas de pelea, puedan arrebatarle al mar ese derecho. Porque, aunque solemos olvidarlo cuando pisamos tierra firme o sopla brisa suave, navegar, como vivir -y poco va de una cosa a otra-, nunca fue un asunto fácil.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/

Dedican esta canción a los moldavos que viven en su casa y a los que se han alejado de ella por ese puto mundo en busca de trabajo o de quién sabe qué. Marchosa y un poco triste a la vez, canción italiana a la moldava o moldava a la italiana, no se sabe. Pues eso...

http://www.youtube.com/watch?v=M8_C2xSssmk

por Arturo Pérez-Reverte

Hace sol, es primavera y la cuesta Moyano está espléndida. Transcurre uno de esos días azules y luminosos de Madrid, que son paisaje perfecto para las casetas con sus tenderetes afuera, los compradores que curiosean, los montones de libros viejos y de segunda mano esperando que alguien los rescate del olvido para devolverles la libertad y la vida. Camino despacio, con ojos atentos y cautela de cazador. Pese a que miro más que toco, tengo ya los dedos polvorientos de muchos libros, las gafas para leer de cerca siempre a mano, a fin de comprobar un autor, un título, una fecha de edición. De mi hombro izquierdo cuelga la mochila donde llevo el botín de la jornada: una primera edición de las Memorias de César González Ruano, el Epistolario de Luisa de Carvajal y Mendoza, un libro sobre Gracián y la novela de David Divine, publicada en la antigua colección policíaca de la editorial Plaza, en que se basó la película homónima La sirena y el delfín; aquella buena historia de arqueólogos buceadores en Grecia, con Alan Ladd y Clifton Webb, que a todos los niños varones de mi generación dejó estupefactos al ver salir del agua, en las primeras secuencias, a Sophia Loren con la blusa gloriosamente mojada. Lo de la estupefacción incluye, por cierto, a Javier Marías; que en materia de señoras de cine, e incluso sin cine de por medio, suele ser muy poco británico.

Contemplo con melancolía una de mis novelas, puesta allí a la venta. Es una quinta edición deLa carta esférica, ajada por el uso; y verla me hace pensar, de nuevo, que una librería de viejo es, entre otras cosas interesantes, una buena cura de humildad para cualquiera. A alguien no le gustó tu libro, o una vez leído lo regaló a quien no llegó a apreciarlo como él; o tal vez las vueltas y revueltas de la vida, traslados, necesidades, fallecimientos, dieron con ese ejemplar, entre otros restos de naufragios, en el lugar donde ahora está. El precio es lo que más llama tu atención: seis euros, la tercera o cuarta parte de lo que cuesta en librerías. Junto a él hay otros -eso alivia un poco tu amor propio lastimado- todavía más baratos: tres euros, con oferta de dos por cinco euros. Y no son malos títulos. Con un vistazo rápido localizas cosas de John le Carré, una Regenta, el Gran Hotel de Vicky Baum, El Gatopardo y la estupenda novela náutico-aventurera El cazador de barcos. Echando cuentas, compruebas que por lo que cuestan un par de desayunos en una cafetería de Madrid, puedes irte de aquí con tres o cuatro buenos libros en el zurrón. O con más. Para que luego diga la peña que no lee porque los libros son caros. Que por eso prefiere babear ante la tele, pendiente del bañador de Falete.

Sin embargo, pese al día magnífico y los precios razonables, pocos frecuentan este lugar privilegiado. Por eso alegra la mañana que unos profesores de primaria -dos mujeres y un hombre, maestros que lo reconcilian a uno con la profesión más hermosa y útil del mundo- pastoreen por el lugar a una veintena de críos de seis o siete años. Van en doble fila, niños y niñas, cogidos de la mano. Supongo que vienen del Prado o el Reina Sofía, y que el autobús de vuelta al colegio aguarda junto a la verja del Retiro. Pero, en vez de pasar de largo calle arriba, los maestros se detienen a explicar a los niños qué lugar es éste, qué son libros de viejo, y cómo allí se pueden comprar obras muy baratas. Historias interesantes, apunta una maestra. Cosas que seguramente no encontraréis en casa ni en la tele.

Me quedo en las inmediaciones, atento a lo que dicen. La mayor parte de los pequeños cabroncetes miran distraídos a todos lados, se impacientan. Otros atienden muy serios. Acabada la explicación, los profesores conducen al grupo calle arriba, vigilando que no haya rezagados. La última caseta está especializada en historietas y cómics, y tiene expuestos álbumes de Tintín, de Astérix, de Mortadelo y Filemón. El grupo de niños se aleja con sus profes, pero dos de ellos se quedan atrás, atraídos por ese último puesto. Uno es rubio y otro mulato, o magrebí. Me paro junto a ellos, observándolos. Miran lo expuesto sin atreverse a tocarlo, pese a la sonrisa benévola del librero. En ese momento, al ver que se han quedado atrás, el maestro viene hacia ellos. Creo que va a reprenderlos, pero me equivoco. Se queda a poca distancia, paciente, sin meterles prisa. Tras un instante su mirada se encuentra con la mía y la del librero, y sonreímos los tres como intercambiando un signo masónico de solidaridad y esperanza. Y en ese momento, como si acabara de intuir lo que ocurre entre los tres adultos, el niño rubio pasa el brazo, en ademán de camaradería, sobre los hombros de su compañero.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/