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Jack Dempsey: Un campeón es alguien que se levanta cuando no puede

de www.elmundo.es (De la calle el ring en Gamonal)

  • PEDRO SIMÓN
  • Burgos

Jeffrey -16 años, 100 kilos y el padre preso- comenzó a venir al gimnasio el pasado mes de junio, pero al poco tiempo se esfumó. No fue porque no le gustara. Ni por el dinero (para él es gratis). Ni tampoco por la disciplina. Fue porque tuvo que ingresar durante siete meses y medio en el Centro de Menores Zambrana por una antigua pelea en la que le partió la nariz a un chaval. Hoy está de vuelta. Golpea al saco y sentencia: «Cuando terminas de entrenar eres otro hombre». Sentencia y golpea al saco: «En ningún sitio me controlo como aquí dentro».

Iván -19 años y un hermano entre rejas- llegó directamente desde el banco de la calle al entrenamiento, con dos amigos, como quien entra a un after hour, vacilando, «haciendo el tonto», por matar el rato. «En este barrio la calle es bebida, droga, porros, delincuencia, ya sabes... Chavales como yo que le hacen daño a la familia», se quita el bucal y emana vaho de la espalda como un volcán. Los dos amigos se acabaron yendo. Él se quedó. No falla nunca: si hoy tiene la nariz roja es porque se acaba de comer un jab de izquierda.

Hada fue a hacer guantes con una mochila de delitos. Llegó a estar federada, peleó dos veces, tenía unas piernas rapidísimas. Como esas plantas olvidadas que de repente son regadas, gracias al boxeo la chica resucitó. Y parecía otra: el padre daba las gracias continuamente y decía que era la primera vez que su hija llegaba cansada a casa. Hasta que le vino una causa pendiente y el propio entrenador fue a declarar a favor de ella ante la justicia.

-¿Qué les dijiste en la sala?

-Les dije que era un error, que no era el momento de encarcelar a una niña. Ahora no: cuando se llevaron a Hada para dentro la chica estaba saliendo. Ni consumía.

Esta es la crónica de un milagro en un cuadrilátero. Este es el retrato alentador de un rincón mordido del barrio de Gamonal. Esta es la historia triunfal de los hijos del KO: la de un insólito Club Deportivo de Boxeo que se llama Saltando Charcos.

Jack Dempsey -rey mundial de los pesos pesados entre 1919 y 1926- decía que «un campeón es alguien que se levanta cuando no puede».

Eso decía Dempsey. Pues bien, aquí tienen a ochenta y tantos.

(...)

Está Mohamed, que fue maltratado en casa, tiene un hermano enganchado y no comía a fin de mes. Está Waly, que empezó robando chocolatinas ligeras y luego fue subiendo de peso... Está un chico hiperactivo de 14 años que viene en autobús desde Briviesca (50 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta) a sacarse lo que tiene dentro. Está Carolina, que calla su historia detrás de unos guantes rosas. Está Gleb, un adolescente kazajo que no puede competir federado porque su padre no tiene regularizada la situación. Están varios pequeños del barrio, felices, sin mancha, que han venido a probar. No está Mor, un vendedor ambulante de 22 años que tenía la madre enferma y a la que alimentaba con los 60 euros que cobraba por cada pelea...

«En diciembre de 2015 empezamos con esta escuela de boxeo. Como no podemos controlar todos los riesgos que tienen las niñas y niños de este barrio, lo que hicimos fue centrarnos en los resilientes: esos que a pesar de crecer en un contexto desfavorecido tienen capacidad para salir adelante», señala Óscar Caballero, educador y coordinador de la asociación Saltando Charcos, que trabaja con críos y jóvenes en situación de riesgo.

«El club de boxeo nace como prevención de toxicomanías y de conductas delictivas y pretende la promoción de hábitos saludables. Valores como la disciplina entre los chicos, el esfuerzo, el compromiso. Nosotros podemos llevarnos a un grupo de chavales a una actividad de fin de semana, pero eso lo pueden alternar con el consumo. Con el deporte no», prosigue. «En este barrio es muy normal tener un familiar preso, el paro, gente colgada por los ERE, la drogodependencia... Les ofrecemos este deporte, les llamo, les digo: 'No nos falles, no salgas este sábado', se emocionan... Hay chavales que cuando encuentran algo que les motiva se transforman por completo...».

Y lo que les motiva está al alcance de la mano: imágenes de los campeones Kiko Martínez y Cristian Morales empapelando la pared. Recortes de prensa y fotos de ellos antes del cambio. Pósters de veladas en León, en Valladolid, en Gijón, en Béjar o en el fin del mundo, como ese folleto de la agencia de viajes con el que sueña un chico que nunca salió del barrio.

Tiene el gimnasio un aire de escuela y de monasterio budista, un ADN de astillero y de sala de billares, una atmósfera de bote salvavidas y de taller de artesanía.

Se lo hicieron ellos todo con sus propias manos, hartos de que nadie se la tendiera y porque no tenían ninguna subvención oficial. A lo peor no podían derribar el muro del silencio, pero sí tirar una pared de ladrillos.

«Y la tiramos», cuenta Óscar. «Y efectivamente lo hicimos nosotros todo: el tatami, el ring de 3,5 x 3,5, los sacos...».

Debe de ser cosa del espacio físico en el que tiene lugar el milagro: en efecto, este local transformado en gimnasio fue la primera guardería que levantaron los antiguos comités obreros de las fábricas de Gamonal.

(...)

Se llama Jesús Matilla, tiene la nariz como un ala delta, una melena a lo arapahoe, da la mano como Frazier manda, fue campeón de España de pesos ligeros en 1983, está sin empleo y es el entrenador de los chicos de Saltando Charcos.

Cuando la crisis cerró la fábrica de repuestos de automóvil en la que Jesús trabajaba, éste anduvo dos años en el paro, haciendo chapuzas y mirando de reojo a las 16 cuerdas.

Los dos entrenadores que probaron antes que él tiraron la toalla a las primeras de cambio.

Jesús Matilla -el Cus D'Amato del barrio- no.

«Yo es que he sido un poco como ellos, ¿me entiendes? Criado en la barriada de Bakimet. Mucha calle. Mucha cosa vista. Mucho golfeo... Hay chavales que cuando tienen un problema me llaman a mí antes que al padre. Yo siempre digo que estos chicos, cuando boxean, vencen dos veces: en el propio combate (si es que ganan) y a su propio problema. Llegar a casa, ver la droga, la delincuencia, pelear contra sí mismos... Hay casos extremos: tenemos a un chaval en tratamiento con metadona, que viene a ratos, estoy encima de él, le digo: 'Dale al saco', y le da. Y al final sale reventado, que es de lo que se trata. Estos chicos son unos supervivientes».

Superviviente es el argelino Waly, que dice que antes los fines de semana eran «peleas y beber» y ahora se sube a la báscula para ver si está en su peso: «El boxeo es educación, no meterse en problemas, porque uno que hace boxeo tiene que saber que puede hacer daño».

Superviviente es el burgalés Iván, que conoce la droga de cerca y va a empezar unos estudios de Grado Medio. «En este barrio los chavales dejan de estudiar, terminan en la calle, están por ahí, necesitan dinero y la manera más fácil de tenerlo es delinquiendo. Yo he visto mucho a mi hermano y sé lo que no tengo que hacer».

Superviviente es el español de origen dominicano Jeffrey, que acaba de salir del centro de menores y ha vuelto al club de boxeo -sueña- para ser como Deontay Wilder. «He estado internado y en libertad vigilada. Si no estuviera aquí estaría liándola. Tengo amigos que me dicen que no venga aquí, pero yo quiero hacerlo. Por suerte no consumo: tengo un tío alcohólico que no lo ha dejado, muchas veces le he tenido que recoger, y no quiero acabar como él».

Sólo en los años nucleares de la crisis, entre 2008 y 2013, el paro en el barrio de Gamonal creció un 140%.

Hay más fechas que citar.

En 1980, el periodista Alfredo Relaño escribía: «La crisis económica es la única medicina que puede aliviar el boxeo».

En 2016, la gente de Gamonal piensa que es justo al revés: es el boxeo el que puede rescatar a las víctimas de la crisis.

(...)

Kinshasa tuvo a Mohamed Ali.

El Madison Square Garden tuvo a Rocky Marciano.

El Campo del Gas tuvo a Fred Galiana.

Y en esta antigua guardería obrera de Gamonal reconvertida en club de boxeo han tenido a Mor.

No está Mor, un vendedor ambulante de 22 años que tenía la madre enferma y a la que alimentaba con los 60 euros que cobraba por cada pelea...

No hablamos de cómo desplegaba la zurda aquel chico espigado de menos de 60 kilos. No hablamos del senegalés que mejor se movía por el ring. Estas líneas no iban sobre el deporte.

O no sólo.

Hablamos de que Mor se fue con la cara intacta. Lejos del campo de minas de la barriada de La Inmaculada. Y de que ahora está «en San Sebastián», cuenta la leyenda. Estudiando «becado una ingeniería», añaden los chicos. «Con notas muy buenas», te rodean y se emocionan. En una maravillosa esquiva al destino que la calle y la vida le tenían preparado. Como Gleb. Como Iván. Como Waly. Buscando la sombra de uno mismo. Levantándose a la manera que decía Dempsey: cuando no puedes. Saltando charcos.

 

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About Robert Lozinski

Autor de Blog El Maestro® y editor de los contenidos. Nacido en Moldavia, república perteneciente hasta finales de los 80 del pasado siglo a la desaparecida Unión Soviética. Licenciado en Filología por la Universidad Estatal de Kishinau. Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Bucarest. Profesor de español en el Liceo Bilingüe “Miguel de Cervantes Saavedra” de Bucarest. Autor del Blog “La Ruleta Chechena" donde publica artículos y relatos. Su novela, "La ruleta chechena", fue premiada con “Francisco García Pavón de Narrativa, 2008”.

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